Opinión

Amistades darianas

(Por Juana Jústiz) Este 18 de enero Rubén Darío cumpliría 145 años. A propósito de su natalicio, les proponemos acercarnos a su verso a través de algunos amigos entrañables, con los que intercambió elogios a través de sus respectivas obras

Redacción Central |


(Por Juana Jústiz) Este 18 de enero Rubén Darío cumpliría 145 años. A propósito de su natalicio, les proponemos acercarnos a su verso a través de algunos amigos entrañables, con los que intercambió elogios a través de sus respectivas obras
» Nicaragua de fiesta: 145 años del natalicio de Rubén Darío

Rubén Darío, o mejor dicho, Félix Rubén García Sarmiento nació hace 145 años en la ciudad de Metapa, actual Ciudad Darío, sitio al que llegó su madre parturienta cuando se dirigía hacia Honduras para escapar de la violencia de su esposo. Criado por sus tíos abuelos Félix Ramírez y Bernarda Sarmiento, fue todo un niño prodigio de la poesía, pues, según confesó en su propia «Autobiografía», desde los diez años «ya componía versos, y que no cometí nunca una sola falta de ritmo».

Convulsa, con amores y desamores, vicios, la pérdida de seres queridos, incluidos algunos hijos, la vida de Darío semeja la existencia de los poetas románticos, donde no faltan tragedias y apasionamientos que les inspire una y otra vez. Solo que hoy no serán ni sus musas amadas, ni sus poemas autobiográficos el motivo de este escrito, sino sus amigos.

Numerosas fueron las personalidades que coincidieron en tiempo y espacio con el Príncipe de las Letras Castellanas, especialmente en su Nicaragua natal y en Francia y España, naciones donde el bardo se vínculo con grandes artistas que le dedicaron sus obras y éste les correspondió.

A diferencia del negado reconocimiento que en vida acompaña a importantes figuras de la Historia del Arte, Darío mereció las loas de sus semejantes, quienes supieron identificarse, amén de sus varias nacionalidades e influencias, con el verso encendido del nicaragüense y le reverenciaron por ello.

A continuación les proponemos algunos versos que Rubén Darío dedicara a amigos queridísimos y, a su vez, lo que sobre el poeta dejaron plasmado en papel algunos de sus talentosos admiradores.

Sobre el pintor, escritor y dramaturgo español Santiago Rusiñol:

«Comunicar con Rusiñol es una fiesta para el espíritu. Yo me he complacido con tales momentos, ya en su morada principesca de Sitges, ya en la corte madrileña, ya en la divina isla de Mallorca, en la múltiple Barcelona, en este París que él ama y que le ha sonreído».

Sobre Enrique R. Larreta, escritor argentino:

«Intelectualmente el autor de «La Gloria de D. Ramiro» está entre las pocas dominantes figuras de Hispanoamérica. Su libro es en su género, lo mejor que en asunto de novelas ha producido nuestra literatura neo mundial. Hágase algo superior y Larreta pasará a segundo término».

Sobre Jacinto Benavente, escritor, dramaturgo, guionista y director de cine español. Obtendría el Premio Nobel de Literatura en 1922:

«El verdadero poder de Benavente consiste en que es un poeta, en que posee la intra y supervisión del poeta, y en que todo a lo que toca le comunica la virtud mágica de su secreto».

Las valoraciones de Rubén Darío sobre los citados artistas de renombre, a quienes conoció en las tertulias organizadas por Valle Inclán y Benavente en el Café de Madrid, España, aparecen recogidas en el libro en prosa «Cabezas».

A propósito de Valle Inclán, fue uno de los autores que más apoyó a Darío. Seguidor de sus obras, amante desmedido de su personalidad y amigo sincero, el intelectual lo defendería de algunos insultos que le profesara su colega Miguel de Unamuno mediante una carta:

«(…) Es una realidad natural. Ustedes no han nacido para entenderse porque Rubén y usted son antípodas. Verá Usted: Rubén tiene todos los defectos de la carne: es glotón, bebedor, es mujeriego, es holgazán, etc. Pero posee todas las virtudes del espíritu; es bueno, es generoso, es sencillo, es humilde, etc. En cambio usted almacena todas las virtudes de la carne: es usted frugal, abstemio, casto e infatigable y tiene usted todos los vicios del espíritu: es usted soberbio, ególatra, avaro, rencoroso etc. Por eso cuando Rubén se muera y se le pudra la carne que es lo que tiene malo, le quedara el espíritu que es lo que tiene bueno ¡Y se salvará! Pero usted cuando se muera y se le pudra la carne que es lo que tiene bueno, le quedara el espíritu que es lo que tiene malo, ¡ y se condenará!».

Otros amigos muy estimados por el poeta nicaragüense, conocidos durante su estancia primero en Francia y luego en España, son Juan Ramón Jiménez, el autor de «Platero y yo», y Antonio Machado, quien escribiera el breve poemario «Soledades», entre otros títulos. Ambos autores son fieles exponentes de la llamada Generación del 98, grupo que rompió y renovó los cánones literarios existentes en la literatura española de entonces y al que estuvo vinculado el Padre del Modernismo desde su surgimiento en las tertulias del Café de Madrid, las que luego se disiparon por la Cervecería Inglesa, el Café de Fornos, el Café Lyon d´Or y el Café de Levante.

Jiménez le escribía con frecuencia a Darío y para iniciar y terminar sus cartas utilizaba las frases: «Queridísimo Maestro» y «Le quiere y le admira profundamente…», respectivamente. Por su parte, el autor de «Azul» le dedicó un sentido soneto:

¿Tienes, joven amigo, ceñida la coraza

para empezar, valiente, la divina pelea?

¿Has visto si resiste el metal de tu idea

la furia del mandoble y el peso de la maza?

¿Te sientes con la sangre de la celeste raza

que vida con los números pitagóricos crea?

¿Y, como el fuerte Herakles al león de Nemea,

a los sangrientos tigres del mal darías caza?

¿Te enternece el azul de una noche tranquila?

¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila

cuando el Angelus dice el alma de la tarde?…

¿Tu corazón las voces ocultas interpreta?

Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.

La belleza te cubra de luz y Dios te guarde.

Mientras, Antonio Machado, quien conoció al nica en París, gracias a sus colaboraciones con la editorial Garnier, a la que el español servía como traductor, ofrecería sus versos para expresar el dolor que le invadió por la muerte de su entrañable amigo el 6 de febrero de 1916, con apenas 49 años.

«A la muerte de Rubén Darío»

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,

¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?

Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,

corazón asombrado de la música astral,

¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno

y con las nuevas rosas triunfantes volverás?

¿Te han herido buscando la soñada Florida,

la fuente de la eterna juventud, capitán?

Que en esta lengua madre la clara historia quede;

corazones de todas las Españas, llorad.

Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,

esta nueva nos vino atravesando el mar.

Pongamos, españoles, en un severo mármol,

su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:

Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,

nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

también te puede interesar