Opinión

Estadísticas de paro en Alemania están manipuladas

Casi dos tercios de los trabajadores, que salen de las listas del desempleo, se ven obligados a trabajar por un sueldo de menos de 400 euros. Y más alarmante aún. Existen estudios que constatan un aumento del 350 por ciento en los últimos ocho años de las personas que ingresan en clínicas psiquiátricas por sobrecarga laboral

Redacción Central |

Por Günter Wallraff

Entre las muchas cartas que recibo, dice Wallraffii, hay numerosas de gente que narra su experiencia psiquiátrica. Narran que les han tratado mal, se les ha querido destruir, les han herido en el alma. Las más de las veces me veo superado y les remito a abogados, les indico direcciones de médicos u organizaciones de pacientes confiando así prestarles ayuda.

Una de ellas hablaba de Goddelau. Sólo el nombre me hizo revivir una experiencia propia y lejana, ya casi olvidada: Goddelau y mi experiencia psiquiátrica. Ocurrió hace ya más de 40 años.

En 1967 hice que me internaran en una clínica de Riedstadt-Goddelau, en el land de Hessen (Alemania) como supuesto alcohólico, quería experimentar in situ. De mi tiempo en ese «manicomio» versó uno de Mis 13 reportajes indeseados ya publicados.

La carta provenía de Reiner Feldmann. En el trabajo le habían exprimido hasta la entretela (ausgelaugt an Leib und Seele) y buscó en Goddelau ayuda y amparo. Se sentía descorazonado como empleado de una empresa de seguros, y como otros muchos compañeros ante la presión y exigencia en su trabajo, y con la espada de Damocles del despido como amenaza, comenzó a padecer depresiones y síntomas de falta de autoestima.

Cuando Reiner Feldmann comenzó a trabajar en 1981 en seguros Allianz tenía 31 años. Toda la vida, casi 30 años en la empresa. Este hombre robusto y fornido, de pelo canoso y barba recortada, fue un sindicalista activo. Narra con voz queda y reflexiva el inicio de sus problemas: «A comienzos de los noventa el trabajo fue poco a poco derivando hacia el ordenador, dice. Paralelamente se fue fusionando el trabajo técnico con el administrativo. Con este nueva reorganización mi trabajo como encargado técnico se multiplicó y condensó considerablemente», es como ellos llaman a este trabajo antes de dos y ahora de uno.

En el 2005 la multinacional Allianz obtuvo unos beneficios anuales de cuatro mil millones y medio de euros. Pero la dirección vislumbró que reduciendo un 16% la plantilla podían obtener unos 500 millones más. Trabajadores veteranos (aparece en el plan de reducción) a ser posible deben prejubilarse o ser eliminados escalonadamente mediante la reducción de la jornada laboral o por cese anticipado.

«No era lo suficientemente rápido con el ordenador», dice Reiner Feldmann. «Antes era yo quien dictaba, ahora me sentaba en la misma oficina delante del ordenador con dos mujeres jóvenes, mientras yo escribía una carta ellas escribían tres». «Los jefes le instan a que se prejubile. Él acepta, a pesar de la sustanciosa merma de sueldo que le supone. La reducción de jornada y el cese anticipado laboral.

Este cincuentayochoañero debe comenzar en mayo de 2008: dos años y medio de trabajo a pleno rendimiento por menor sueldo y luego dos años y medio facultativos con el mismo salario reducido para, finalmente, recibir una pensión recortada. En tiempos, afirma Reiner Feldmann, los candidatos a la jubilación obtenían trato privilegiado en el seguro. «Conmigo ocurrió al contrario. Tuve la impresión como si el director del departamento quisiera extraerme todo el jugo en los dos años y medio que me restaban.

La situación del personal fue empeorando y yo tuve que asumir trabajos extras».

Insomnio, problemas estomacales, mareos, malestar general… fueron síntomas que comenzó a padecer Feldmann. Pero él aguanta. Una circular interna del sustituto de su jefe de departamento de entonces, que culebrea entre el personal, describe la dramática situación por la que se atraviesa. Se habla del «gran desasosiego entre los compañeros y los intentos por recabar ayuda mediante «contratación temporal y/o recurriendo a horas extras en los trabajadores de jornada reducida». Razón: «Habrían aumentado las quejas de nuestros clientes y de los siniestrados» por la tardanza en la tramitación de sus solicitudes.

Todo ello conlleva un clima de tensión y tirantez en el trabajo, a lo que hay que sumar problemas con los hijos, con los vecinos y tensiones en el matrimonio…, que pronto sobrepasan y minan su capacidad de resistencia. Reiner Feldmann teme haberse sobrepasado en la financiación de la casa, comprada con su mujer en el 2007. A ello se suma que han acogido en su casa a la madre de su mujer, que padece demencia y necesita las 24 horas atención y cuidados.

Reiner Feldmann enmudece ante la montaña de problemas a los que se enfrenta. Él comienza a deprimirse y su mujer a preocuparse cada vez más por la suerte del marido.

Coge la baja, se aísla, comienza a beber, no se ve capaz de aguantar hasta la prejubilación, teme caer en las redes del Hartz-IViii, arrastrando así a toda la familia al precipicio.

A inicios de febrero de 2008 se dirige a la clínica psiquiátrica de su región, al hospital Philipp de Riedstadt-Goddelau, una instalación espaciosa, con numerosos edificios y sita en un inmenso parque.

En la primera visita, a la que acuda para recibir ayuda, Feldmann se da media vuelta y huye: «Se me asigna una cama en un cuarto lleno de inmundicia. Repleto de ropas sucias, revistas, pañuelos usados, ropa interior de otro paciente… Ante lo que el médico correspondiente sólo sabe encogerse de hombros y decirme que no es para tanto, que lo importante es que en la planta no hay pacientes violentos. Me negué a quedarme a pesar de no encontrarme bien».

Yo, dice el periodista Günter Wallraff, conozco muy bien esta reacción de no aceptar ayuda así en semejantes condiciones. Cuando en 1967 logré que me ingresaran en Goddelau tuve que sobreponerme como nunca antes. Tuve realmente miedo de desaparecer sin rastro en el absurdo de este centro. Todos los pacientes, esquizofrénicos, alcohólicos, dementes y epilépticos fueron alojados en un mismo departamento, siendo enfermedades muy distintas.

Los pacientes eran una y otra vez atados en dormitorios de gran capacidad, a pesar de que la reforma psiquiátrica de los años 70 abogaba por eliminar los grandes dormitorios masivos y abogaban por un tratamiento individualizado. Entiendo perfectamente que Reiner Feldmann optara por darse media vuelta.

Dos semanas más tarde, a finales de febrero y por consejo de su médico, Feldmann llevó a cabo su segundo intento. Apoyado por su mujer visita de nuevo la clínica. Esta vez se queda: su mujer lee el informe de recepción del 25 de febrero de 2008: Su marido sufre depresión por la exagerada «carga de trabajo», también siente una preocupación «injustificada» por la compra de la casa y su financiación, a ello hay que añadir la preocupación y agobio por la mudanza a la nueva casa y por la suegra, que vive con ellos, y necesita atención y cuidado por su demencia senil. Y ese conjunto de circunstancias conduce a que a su marido no le resulte fácil ni grato el acontecer diario.

El médico acogerte, el Dr. H., que trabaja en la planta 9/4 en la que entre otros son tratados los enfermos depresivos, descubre en su «diagnóstico psíquico» a vuela pluma, sin más conversación con la esposa ni con el enfermo, «manía depauperativa». Un diagnóstico peligroso, ya que a uno catalogado como maníaco cualquiera de sus actuaciones va a conllevar el sesgo enfermizo de no acoplamiento con la realidad.

Pero además de manía el médico descubre en Reiner Feldmann también alcoholismo. «Como sudo y tiemblo de miedo ante Goddelau», dice Feldmann, el médico «lo interpreta como indicio de dependencia de alcohol». La mujer de Feldmann remarca y reitera al médico, en la conversación de recepción, que «su marido no es alcohólico, si bien reconoce que en las últimas semanas ha bebido en demasía. La prueba es que desde que viven juntos en casa la ingesta ha remitido».

A pesar de todo en cuanto su mujer abandona la clínica hace que le trasladen a Feldmann a la planta de dependientes, regresando de nuevo a los seis días al departamento de enfermos depresivos. El médico de planta, 17 días después del ingreso, ordena que se le haga una tomografía de la cabeza computadorizada en la unidad de radiología de la ciudad de Darmstadt, que en estos casos coopera con la clínica. Por regla general el Instituto, para valorar los resultados y dictaminar el diagnóstico oficial, necesita cierto tiempo. Pero en este caso ya al día siguiente el médico de planta, el Sr. H., informa a Reiner Feldmann y posteriormente a su mujer que la CT (tomografía computadorizada) muestra una clara «atrofia cerebral como consecuencia de la ingesta de alcohol y el inicio de una demencia progresiva». «El médico de planta me aconsejó en esta conversación, dice la mujer de Feldmann, que hiciera que le inhabilitaran, que le declararan incapaz jurídicamente».

También esto mismo, dice Wallraff, le propusieron a mi esposa cuando yo quise abandonar Goddelau voluntariamente. El médico quería retenerme allí, en su opinión yo padecería cierta tendencia al suicidio. Mi esposa me sacó con ayuda de un abogado amigo. ¡Qué fácil lo hubieran tenido si mis parientes hubieran querido desprenderse de mí! ¿Cuántas veces ocurre esto hoy día?

Reiner Feldmann tuvo suerte. Su mujer le apoya y no permite que se le inhabilite, al contrario se preocupa y le infunde coraje. Los médicos aconsejan que no se le deje pasear solo y le hacen ver con nitidez que la demencia es incurable.

El sobresalto es inmenso y Feldmann se derrumba. Se ve el resto de su vida privado de recuerdos, viviendo con mente en blanco. Se intensifica su angustia y sofoca sus ganas de vivir, pierde motivación para colaborar en las ofertas de trabajo y ejercicio terapéutico que se le ofrece en la planta de depresivos.

Una noche emprende un largo paseo por el bosque. La clínica alarma a la policía. Reiner Feldmann ve rondar el coche policial y vuelve en él a destino. En el informe médico se anota que el paciente estaba totalmente desorientado. Reiner Feldmann se enfada: «Dice que él, el supuesto atolondrado, fue quien condujo a la policía sin problema alguno por aquel intrincado y embarullado terrero hasta el edificio de la clínica.

Ningún médico se preocupó de él a su regreso, y él sencillamente se fue a dormir.

Pero, debido a este hecho, el médico de planta traslada a Reiner Feldmann al departamento cerrado de los dementes (9/2). El traslado supone para Reiner un nuevo golpe. Se ve rodeado de gente mayor indefensa, confundida, desorientada, torpe. Y al poco de su ingreso en este departamento se le administran distintos medicamentos. Su mujer está muy afectada, apenas puede creer la decisión de los médicos.

Y en esta planta comienza la espeluznante cárcel personal de un hombre enfermo depresivo, ocasionado por su excesivo trabajo y por problemas privados. Reiner está convencido de que su vida se ha acabado. La planta de los dementes la pinta del modo siguiente: en el desayuno la mayoría de los pacientes son alimentados, algunos se pasan las horas sentados y otros vagan durante el día por la planta. Una paciente, que con frecuencia quería desvestirse, fue maniatada por el personal. Gran parte porta pañales. En las puertas cuelgan grandes números. Muchos, que en la planta se sentían solos, por la noche llamaban a sus hijos».

Reiner Feldmann cataloga las circunstancias en su entorno como una pesadilla: se encuentra fuera de lugar y teme tener que permanecer allí sin poder salir.

Aquí se encuentran los desesperados, los rendidos y él, que hasta hace poco era un empleado de una gran multinacional de seguros, un técnico especialista y ponente de valoración de daños en casos especiales. ¿Tan rápidamente se ha vuelto demente y enfermo incurable?

Dice su mujer que únicamente le transmitió esperanza una cuidadora mayor de la clínica. «Me susurraba: Con toda seguridad su marido no padece demencia. Espere, se hará evidente». Esta cuidadora y un psicólogo fueron los únicos que hallaron tiempo para hablar con ella e intentaron meterse en el paciente a fin de saber qué era lo que padecía y sentía.

Ya en el departamento de alcohólicos Reiner Feldmann fue sometido a un tratamiento medicamentoso intensísimo y duro; durante los tres meses siguientes prosiguió en las diversas plantas del hospital tomando más de una docena de pastillas diariamente. Casi ningún médico habló con él, dice Feldmann, «sólo pastillas». La planta cerrada para dementes fue el acabose: «El tratamiento medicamentoso se inició sin demora, sin mi consentimiento. Un día me negué a tomar aquellas 15 pastillas». El parte facultativo dice a este respecto: «Hoy por la mañana se observó que ha escupido los medicamentos prescritos y los ha escondido en el bolsillo. Preguntado por su comportamiento, el señor Feldmann no ha dado una respuesta pertinente». ¿Cuál hubiera sido pertinente?

«¿No quiero dejarme envenenar por ustedes?». Los médicos hubieran concluido: «¡La respuesta típica de un enfermo maníaco, paranoico, que no contacta con la realidad!». Dice Wallraff: Yo mismo viví en su día algo parecido y lo tengo anotado en mi diario: «Me siento como el típico loco que se siente el único normal entre locos de atar». Y alguna vez asoma la duda de quizá ser uno de aquellos maniáticos que viven al margen de la realidad.

Al final Reiner Feldmann termina desconfiando incluso de su mujer, teme que quiera desentenderse definitivamente de él en esta planta. Conozco, dice Wallraff, este sentimiento de «estar loco inducidamente»: el ser tratado por el personal sanitario, bajo el influjo de otros enfermos, como un incurable hace que las fuerzas mermen y uno termine desmoronándose. Reiner Feldmann se muestra roto, desesperado, desesperanzado.

Resulta difícil saber hasta donde se debe a la potente ingesta de psicofármacos. En cualquier caso se conocen los efectos secundarios graves y muy graves de todas estas pastillas, que se le suministraron: tavor, haldol, quilonum, zyprexa, pipamperon, reminyl. Según estudios de USA y estimaciones de la Sociedad Alemana de Psiquiatría Social la prescripción, a menudo muy concentrada, de antipsicóticos es una de las causas de por qué la esperanza de vida de los enfermos psíquicos resulta de 20 a 25 años menor que la esperanza de vida normal.

Por ahora no existen trabajos de gran valor informativo sobre la importancia de los diagnósticos erróneos, pero están en marcha.

Dos semanas tras su ingreso en la estación cerrada de dementes llega la valoración oficial del estudio del CT. El servicio de radiología de Darmstadt, que ha llevado a cabo la prueba, emite un diagnóstico que nada tiene que ver con el de los médicos de la clínica, explica que la tomografía computadorizada no muestra ningún cambio anómalo. Por tanto: nada de demencia ni de atrofia cerebral. En el informe facultativo del 4 de abril de 2008 se anota: «no se da atrofia cerebral». Y «no existe indicio de demencia, no se le suministre reminyl».

Reiner Feldmann y su mujer se enteran del diagnóstico, que cataloga la actual terapia en el hospital Philipp como un tratamiento totalmente erróneo, por casualidad. Al visitar a su marido se cruza con la médico de planta, que le mira y le dice que no existe atrofia cerebral, que está bien. Al señor Reiner Feldmann no se le comunica nada, ni mucho menos se le ofrece disculpa por el diagnóstico erróneo ni por la terapia resultante. Por fin el 10 de abril reacciona la clínica, Feldmann es liberado del departamento cerrado de dementes y trasladado a un departamento abierto para enfermos depresivos, 14 días después de recibir el diagnóstico analítico del CT de Darmstadt.

Por lo que volvía a la vida y renacía en él la esperanza. El parte facultativo anota un día después: «Ayer mostró el señor Feldmann formas de comportamiento totalmente sorprendentes y nuevas. Sentado en la sala de estar hizo gimnasia con una cinta de goma, participó correctamente en la solución de crucigramas, sus gestos fueron expresivos, se interesó por su entorno». Tras seis semanas Feldmann es dado de alta.

Cuatro meses después el antes paciente constata ante su Seguro de Enfermedad, ante el hospital Philipp y su responsable, el Instituto de Previsión de Hessen, que él, merced a un fallo en el diagnóstico –interpretación equivocada del CT- ha sido tratado erróneamente durante semanas con medicamentos nocivos de importancia y encerrado en una planta. Y exige indemnización por los daños padecidos por valor de 7.500€, cantidad ya conseguida por otros pacientes con diagnósticos erróneos parecidos.

Reiner Feldmann reclama indemnización ante la Fiscalía general del Estado en Frankfurt a inicios de marzo. Cinco semanas después es rechazada. De la fundamentación del rechazo se deduce lo detenidamente que el fiscal superior ha leído el informe facultativo: «En la planta 9/4, escribe el funcionario, se llevó a cabo una tomografía computadorizada con el resultado de atrofia cerebral».

La investigación llevada a cabo no en el hospital Philipp –aquí no se llevo a cabo la tomografía- sino en el servicio de radiología de Darmstadt dio como resultado concreto que no se daba tal atrofia cerebral.

Reiner Feldmann, por razones de coste, renunció a seguir una disputa jurídica. Al estigmatizado de nuevo por la Fiscalía le queda todavía recorrer el camino emprendido a finales de 2009 ante la Oficina dictaminadora y el centro de arbitraje del Colegio Médico de Hessen. El Colegio Médico solicita a la clínica que se pronuncie, hay intercambio de correspondencia y un tira y afloja de ambas partes. Tras más o menos 9 meses Reiner Feldmann registra su primer pequeño éxito.

En julio de 2010 la dirección médica del hospital Philipp, después de que Reiner le aclara a dirección que me ha informado a mí, Günter Wallraff, sobre el caso: «Estimado señor Feldmann, tras nueva revisión crítica de nuestros informes médicos se constata que «el diagnóstico formulado de una dependencia alcohólica a inicios de su estancia no se puede mantener con definitiva seguridad. Por lo que lo siento si la mención de este diagnóstico provisional le ha acarreado disgusto». No hay reacción por parte de la clínica a mi ruego de que se posicione ante el caso. Fuera de este escrito lapidario no se obtiene otra respuesta.

No se asume responsabilidad por el error. Los diagnósticos erróneos con las correspondientes consecuencias equivocadas del tratamiento no se han admitido en el hospital Philipp, esto se convierte en salmodia de clínica ante la Oficina de peritaje y arbitraje del Colegio de Médicos de Hessen. Allí se sigue batallando contra la solicitud de Reiner Feldmann. La clínica se aferra a que Reiner Feldmann es y sigue siendo –independientemente del escrito del director de la clínica- un alcohólico demente. En la postura del médico responsable de planta, el doctor H., frente al Colegio de Médicos se dice que Feldmann fue trasladado con toda justeza a la planta de gerontología psiquiátrica.

La Comisión de peritaje y arbitraje está enmarcada en el Colegio de Médicos, en la Asociación profesional de médicos, es decir, en sentido lato es parte en la disputa y controversia, concretamente de la médica.

No es por tanto un procedimiento que garantice neutralidad y objetividad. De ahí que las Asociaciones de pacientes soliciten un arbitraje independiente cuando haya que valorar las consecuencias de errores médicos.

La Federación Nacional de afectados por el tratamiento psiquiátrico sigue luchando 35 años después de la reforma de la psiquiatría por la dignidad de las personas en los centros psiquiátricos y por la independencia de los centros de evaluación de las reclamaciones. Ésta es la exigencia central para quebrar la estructura de maquillaje o incluso de encubrimiento de errores. Y en esta rama médica no son tan extraños y raros los diagnósticos erróneos y el tratamiento equivocado. Un profesor de psicología clínica, que no quiere que se mencione su nombre, calcula en más de un 20% los pacientes con diagnóstico equivocado por errónea valoración de las radiografías.

El ahorro en sanidad está a menudo reñido con un tratamiento y un diagnóstico individual, sobre todo en casos límite. Y también el creciente número de hospitalizaciones forzosas en psiquiatría ha agravado aún más la situación. El ministerio de Justicia precisa que entre 1992 y 2008 han pasado de 41.000 a 144.000 las hospitalizaciones forzosas, es decir más de un 350%. ¿Está realmente nuestra sociedad tan enferma? ¿O tras estos números se esconden a veces casos dudosos como el del comerciante en objetos de arte de Munich, a quien el entonces director de la clínica psiquiátrica de Munich, «prácticamente sin examen» (Süddeutsche Zeitung del 21 de agosto de 2008), le declaró enfermo psíquico. Y para eludir la hospitalización forzosa, con la colaboración de su esposa, voló a Suiza. El profesor, que le trataba, fue en febrero de 2010, tras disputa jurídica de más de 10 años, condenado por el tribunal supremo de Munich a pagar 15.000€ como indemnización.

Prescindiendo de este tipo de diagnósticos erróneos y petulantes no hay duda de que las clínicas psiquiátricas necesitan una mejor dotación de personal y financiera. Sólo una asistencia seria y esmerada del paciente sienta la base para comprender la enfermedad psicológica y poder brindar respuesta adecuada. Se da en las clínicas escasez de personal, de recursos y de dedicación.

En la Colección de trabajos históricos de la Federación del Bienestar de Hessen, responsable del hospital Philipp, apareció en 2004 un volumen de varios autores de 500 páginas con el título «Servicio de Cuidados del hospital Philipp». En la penúltima de las 38 aportaciones (Psiquiatría desde el punto de vista de un pariente) escribe la madre de una paciente: «Mediante la reforma de la sanidad todo ha empeorado, a menudo sólo hay suministro de medicamentos, porque toda conversación, cualquier terapia personal cuesta dinero, algo que no existe para esa persona. Los problemas en el tratamiento del enfermo psíquico siguen siendo grandes, quizá hoy mayores que ayer».

A pesar de todo Reiner Feldmann logró dar nuevamente el paso a una vida normal. Cuando abandonó la clínica no regresó a su antiguo trabajo. Tuvo que seguir luchando durante un tiempo contra sus pesadillas, especialmente contra las vivencias padecidas en el departamento de dementes.

Pero pronto comenzó a relacionarse con la gente, participó en una iniciativa ciudadana en pro de la vivificación y revitalización del casco viejo de su pueblo, juntándose con frecuencia con amigos. Las depresiones fueron disminuyendo a medida que se fue involucrando e injertándose en la vida. En medio de todo ha tenido suerte aun cuando, para que se le reconozca haber sido víctima de una diagnóstico equivocado y de una terapia errónea, va a tener que seguir luchando. Su mujer fue puente de conexión con el exterior. ¿Cuánta gente, que sufre bajo parecidas condiciones de trabajo y enferman psíquicamente, no tiene esa suerte? ¿Es tu caso?

(Redacción Central La Voz del Sandinismo/Rebelión)

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