Opinión

La transacción de Obama

Se asiste a la configuración de una dinámica perversa e indeseable: a efecto de defender medidas sensatas y procedentes en lo interno, el gobierno de Obama se muestra dispuesto a realizar, en lo externo, importantes concesiones a los halcones de Washington y a los integrantes del complejo militar-industrial

Barack Obama
Barack Obama | daylife

Redacción Central |

La presidencia de Barack Obama anunció el lunes su decisión de prolongar un año más el embargo comercial que Washington mantiene contra Cuba desde hace más de cuatro décadas, por considerarlo asunto «de interés nacional».

Mientras esta información era dada a conocer desde Washington, el propio Obama defendía, ante banqueros y legisladores congregados en Wall Street, su plan para reestructurar el sistema financiero estadounidense -que establecería, entre otras cosas, mayor vigilancia y control de los mercados y el otorgamiento de más facultades a la Reserva Federal de ese país-, justo al cumplirse un año de la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers, suceso que desencadenó descalabros financieros en todo el mundo y es considerado uno de los detonadores de la actual crisis económica internacional.

La determinación de mantener el bloqueo comercial a Cuba no sólo da continuidad a una política que ha congregado el rechazo de prácticamente toda la comunidad internacional y significado un castigo injustificable y estéril para los habitantes de la isla: también pone de manifiesto un retroceso lamentable en los intentos -tenues, pero visibles- del mandatario estadounidense por redimensionar la proyección de su país hacia el resto del mundo, especialmente hacia la nación caribeña, y que lo había llevado, en meses anteriores, a suprimir las restricciones a los viajes y las remesas de cubano-estadounidenses a la isla, eliminar las limitantes para proveer flujo de telecomunicaciones a Cuba y dar su aprobación para «dejar sin efecto» la expulsión a ese país de la Organización de Estados Americanos.

Detrás de estas inconsistencias puede vislumbrarse un proceso de negociaciones orientadas a moderar los aspectos más avanzados de las propuestas de política exterior de Obama, como forma de obtener respaldo para políticas cuya aprobación es prioritaria para el presente gobierno, como la mencionada reforma al sistema financiero estadounidense y el proyecto de ley de salud, el cual permitiría proveer cobertura básica a casi todos los estadounidenses.

Dichas reformas, no obstante su pertinencia y necesidad, enfrentan la oposición de un sector considerable de la opinión pública del vecino país, en buena medida a consecuencia de las campañas de desprestigio urdidas por el Partido Republicano y los sectores más reaccionarios de esa sociedad. Una muestra de este rechazo tuvo lugar el domingo pasado en Washington, donde miles de personas protestaron en contra del supuesto «socialismo» del mandatario.

Se asiste, pues, a la configuración de una dinámica perversa e indeseable: a efecto de defender medidas sensatas y procedentes en lo interno, el gobierno de Obama se muestra dispuesto a realizar, en lo externo, importantes concesiones a los halcones de Washington y a los integrantes del complejo militar-industrial, quienes -cabe recordarlo- ostentan enorme poder político y económico en la nación vecina y generan los impulsos hegemónicos y colonialistas de Estados Unidos a escala internacional.

En esa misma lógica parecen inscribirse las manifestaciones de respaldo del político afroestadounidense a las bases militares que su país pretende operar en territorio colombiano, así como su decidido impulso a perpetuar la guerra que Washington y sus aliados occidentales mantienen desde hace casi ocho años en Afganistán, la cual ha arrojado saldos desastrosos en términos humanos y materiales, y amenaza con convertirse en una trampa para el gobierno de Obama.

Significativamente, ayer mismo se difundió un mensaje en que el líder de la organización Al Qaeda, Osama Bin Laden, asegura que el ocupante de la Casa Blanca «es un hombre sin poder que no será capaz de terminar la guerra, como lo ha prometido», y convoca a las milicias islámicas a continuar la «guerra de desgaste» contra las tropas estadounidenses.

Los elementos de juicio mencionados abren, en suma, una perspectiva deplorable, pues el mandatario estadounidense -quien ha asumido el «cambio» como bandera- tiene la oportunidad de avanzar hacia conquistas legítimas y plausibles en los terrenos económico y social, pero ha aceptado intentarlo a costa de sacrificar postulados valiosos de su plataforma política y al precio de continuar la política hegemónica, imperial e injerencista de Washington.

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