Opinión

Una Cumbre coja, sin Cuba y Puerto Rico

Ortega se expresó sin titubeo alguno a favor de la autodeterminación e independencia de Puerto Rico como parte integral que es de la América Latina. Sus actuaciones posteriores siempre honraron en la acción lo que en ese momento verbalizó, no importa los costos diplomáticos. Los principios no se someten a la lógica del cálculo de costos. Lo justo no tiene precio"

Redacción Central |

Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas, reciben flores y balas en el mismo corazón.

Lola Rodríguez de Tió

Al mes de la liberación de Nicaragua de la tiranía somocista en julio de 1979, fui enviado por Claridad para realizar un amplio reportaje sobre la Revolución Sandinista. Apenas llegado a Managua, asistí a una conferencia de prensa cuyo motivo era la visita al país del líder político panameño Omar Torrijos. Junto a Torrijos, se encontraba Daniel Ortega, entonces miembro de la Junta que gobernaba provisionalmente sobre el país. Al final del encuentro periodístico, pregunté cuál era la posición de los gobiernos de ambos sobre el caso colonial de Puerto Rico. Torrijos rápidamente quiso esquivar la pregunta, alegando que no quería tener problemas adicionales con los «johnnies». Sin embargo, Ortega se expresó sin titubeo alguno a favor de la autodeterminación e independencia de Puerto Rico como parte integral que es de la América Latina. Sus actuaciones posteriores siempre honraron en la acción lo que en ese momento verbalizó, no importa los costos diplomáticos. Los principios no se someten a la lógica del cálculo de costos. Lo justo no tiene precio.

Eran los tiempos en que Cuba había logrado enunciar, en el marco de la Primera Conferencia Internacional de Solidaridad con la Independencia de Puerto Rico, celebrada en 1975 en La Habana, lo que se conoció en ese entonces como la Doctrina Dorticós, en alusión al presidente cubano Osvaldo Dorticós, quien tuvo a su cargo el mensaje de clausura de la Conferencia. Según dicha Doctrina, Puerto Rico es una parte integral de la América Latina y, por ende, cualquier intento por anexar la isla antillana a Estados Unidos constituiría una violación a la integridad territorial de esta América nuestra. La única vía descolonizadora respetuosa del carácter latinoamericano y caribeño de Puerto Rico sería, pues, aquella que culminase en su soberanía plena en la independencia. El entonces Secretario de Estado de Washington, Henry Kissinger rompió el hasta entonces tradicional mutismo de la diplomacia estadounidense sobre Puerto Rico, para rechazar la Doctrina enunciada desde La Habana como una intromisión en los asuntos internos de Estados Unidos. La pretensión de Kissinger no tuvo eco y la causa a favor de la descolonización de la Isla se encaminó irreversiblemente hacia su internacionalización.

No pude dejar de recordar aquel primer encuentro mío con Ortega, cuando en estos días conocí de su ejemplarmente solidaria intervención ante la Quinta Cumbre de las Américas, celebrada en Trinidad y Tobago. Apenas unas horas después de que una delegación representativa del movimiento de liberación nacional de Puerto Rico fuera detenida y maltratada en el Aeropuerto Internacional de Puerto España, y uno de sus integrantes deportado a instancias del Servicio Secreto de Estados Unidos y la INTERPOL, el hoy presidente nicaragüense hizo honor a su compromiso solidario inquebrantable tanto con Cuba como Puerto Rico.

«A esta cumbre me niego a llamarle Cumbre de las Américas. Hay dos grandes ausentes: Cuba y Puerto Rico», señaló Ortega.

¿Cuál es el pecado que se alega haber cometido Cuba para haberle excluido? Su heroica y firme lucha a favor de su independencia y la independencia de los demás pueblos, dijo.

«A Cuba se le excluye. Cuba, cuyo delito ha sido prestar solidaridad sin condiciones a nuestros pueblos, y por eso se le sanciona, se le castiga, se le excluye y por eso no me siento cómodo en esta cumbre, no puedo sentirme cómodo, siento vergüenza de estar participando en esta cumbre con la ausencia de Cuba», expresó el mandatario nicaragüense.

Sobre Puerto Rico, denunció que siguiese sometida a las políticas colonialistas de Washington y puntualizó: «Llegará el día, a como ya está aconteciendo, donde ya se ha incorporado a Cuba en el Grupo de Río, donde estamos trabajando para construir una gran alianza, una gran unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños, llegará el día en que ahí también en esa gran alianza estará el pueblo de Puerto Rico, tengo la convicción y la seguridad que ese día llegará».

Ambos casos, el de Cuba y Puerto Rico, pretendieron ser secuestrados y acallados por el gobierno estadounidense. A pesar de todas las maniobras para no tener que responder por la exclusión de Cuba y su política ilegal de bloqueo de hace casi cinco décadas, la presencia de Cuba logró imponerse mediante las intervenciones de varios de los mandatarios latinoamericanos y unas audaces declaraciones del presidente cubano Raúl Castro Ruz hechas desde Venezuela a la conclusión de la más reciente Cumbre del ALBA (Alternativa Bolivariana de los Pueblos). Cuba está dispuesta a poner todos los temas sobre la mesa en cualquier proceso de negociación para la normalización de sus relaciones con Estados Unidos, pero en «igualdad de condiciones» y con pleno respeto al derecho de autodeterminación y la soberanía nacional del pueblo cubano, dijo el mandatario cubano. Al presidente Barack Obama no le quedó otra alternativa que responder que su país deseaba un nuevo comienzo con Cuba, aunque seguidamente envenenó la esperanzadora declaración suya con la ya manoseada manifestación de condiciones previas con las que el gobierno de La Habana debe cumplir para que Washington elimine su criminal bloqueo.

Sobre las ya trilladas precondiciones a Cuba, el presidente venezolano Hugo Chávez Frías se encargó de recordarle a Obama que de la misma forma en que él le pide tiempo y paciencia a los demás jefes de gobierno en la región para que ponga en marcha acciones concretas en la dirección de la nueva relación que ha dicho querer tener con el resto de los países del hemisferio, también debía él tener la misma comprensión hacia Cuba. «Miren, yo que conozco bastante a Cuba, en Cuba hay cambios interesantes, no le pidamos lo imposible. Lo mismo que decía Obama, que él no puede cambiar de un día para otro. Pero Cuba está ahí. Hay un proceso en marcha…Pero, aquí todos queremos a Cuba, todos aquí somos amigos de Cuba y aspiramos que Estados Unidos lo sea también», puntualizó Chávez en su mensaje ante la Cumbre.

Y es que Obama, como recién estrenado gobernante en Washington, aún depende «de una maquinaria del viejo imperio que está viva», nos recordó Chávez en su mensaje y subrayaba: «Hay que frenarla. Desmontarla». Sólo así se puede potenciar lo que el propio Chávez llamó la suramericanización, en los cambios, de Norteamérica.

Aparte de Cuba, la otra prueba de fuego de la voluntad de cambio de Washington bajo la presidencia de Obama es Puerto Rico. La violenta acción represiva desatada en el Aeropuerto Internacional de Puerto España contra la delegación de independentistas puertorriqueños que acudían a la alternativa Cumbre de los Pueblos, es indicativo de cuánta fuerza aún tiene la «maquinaria del viejo imperio» y cuán rodeado sigue el presidente por sus cuadros y políticas. Bajo la anterior administración de George W. Bush, dicha maquinaria procedió a la criminalización de facto de la causa independentista puertorriqueña y la más burda intromisión en las elecciones coloniales celebradas en noviembre pasado, la cual ha puesto en entredicho la legitimidad de sus resultados. El gran beneficiado de la intervención federal estadounidense fue el hoy gobernador, de tendencia anexionista, furibundo neoliberal y militante del Partido Republicano de Estados Unidos, Luis Fortuño, el mismo que declaró en estos días que no le importaba el hecho de que Puerto Rico no estuviese representado en los procesos de integración que, como la recién celebrada Cumbre, se llevan a cabo en la región. Decía, como todo buen colonizado, que se siente bien representado por el presidente estadounidense.

Si en algo ha servido esta Cumbre ha sido para dejar planteado la impertinencia de subsiguientes ausencias de Cuba y Puerto Rico, las dos vergüenzas de la política imperial pasada hacia América Latina que el gobierno de Obama debe corregir de inmediato. Hasta que eso no ocurra, las venas de la América nuestra siguen abiertas y el primer presidente afronorteamericano en la historia política de Estados Unidos se arriesga a hacer suya la culpa del colonizador.

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El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño «Claridad».

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