Opinión

Libertad de expresión y terrorismo mediático

Se pretende hacer creer que la libertad de expresión es irrestricta, que no puede tocarse ni con el pétalo de una rosa y que, la mejor ley para regularla es la que no existe

Redacción Central |

Pobre libertad de expresión! ¡Cuantas mentiras se dicen en tu nombre!

¿A quién pertenece la libertad de expresión?

El tema cobra vital importancia en este tiempo en que se teje una campaña mediática premeditada y firmemente dirigida a crear confusión sobre los valores éticos y morales que sirven de base fundamental a la libre expresión y se desfigura con mentiras, sofismas y subterfugios todo lo concerniente al valor verdadero de esa libertad.

Se pretende hacer creer que la libertad de expresión es irrestricta, que no puede tocarse ni con el pétalo de una rosa y que, la mejor ley para regularla es la que no existe.

Sin embargo, querido lector, todas las libertades tienen el límite que les impone el respeto a la libertad y el derecho ajeno. No puede negarse que la libertad de expresión es fundamental para la consecución y vida de otras libertades, pero de esto a que sea absoluta y que se convierta en libertinaje hay mucho que decir y objetar.

De alguna manera hacia referencia a esto el Benemérito de Las Américas, Benito Juárez, al decir que «el respeto al derecho ajeno es la paz». No puede existir una libertad que pase sobre el respeto a las otras libertades. No es libertad aquella que se emplea para vulnerar los derechos humanos. No es libertad de expresión aquella que a través de sofismas, trata de enajenar la mente de los hombres para convertirlos en zombíes manipulados por dogmas políticos, sociales, comerciales y religiosos.

Por esas y por múltiples razones la libertad de expresión no puede ser coto libre de caza para los empresarios mediáticos de la Carretera Norte, ni puede estar regulada por «la ley de la selva» como ellos pretenden.

Estos los ricos empresarios de la prensa escrita y sus subsidiarias de la televisión, siguiendo directrices de la Sociedad Interamericana de Prensa SIP, -entidad patronal que los agrupa- se proclaman dueños y defensores absolutos de la libertad de expresión y se arrogan el derecho de andar dictaminando quien o quienes violan esa libertad.

Esa actitud es de fariseos, puesto que jamás han dicho esta boca es mía para condenar las violaciones a la libre expresión y a la libertad de conciencia que se cometen en sus antros mediáticos, de la que son victimas los periodistas que están a su servicio, a los que, con el mayor descaro, tratan de utilizar como mampuesta en la guerra terrorista de sus intereses políticos y comerciales.

Manipulando otro sofisma, intentan hacer creer que cualquiera mala mirada a los dueños de medios es una amenaza para los periodistas y a la libre expresión. Sin embargo, una cosa es el periodismo profesional ético y otra la actitud de prostituir la noticia al convertirla en mercancía para consolidar fines políticos o una gran cuenta bancaria.

Al degradar así la noticia, al hacerla perder su naturaleza de estar al servicio de toda la sociedad y no en provecho de alguien, los dueños de medios han alterado la definición, los métodos y los fines del verdadero periodismo.

Aquí el anhelado periodismo con rostro humano se trastoca por otro periodismo con cara de dólar, mercantilista, manipulado, politiquero, corrupto, falso, frívolo, materialista, dogmático, deshumanizado.

Resulta pues indigno e indignante que estos señores perfumados, miembros del Club Exclusivo de la SIP, se arroguen la función de censores de gobierno y periódicos del continente americano, papel que les ha servido como punta de lanza -coludidos con los gobiernos gringos- para asonadas y atentados criminales contra gobiernos constitucionales de Latino América.

Sobre este aspecto resultan incontables las muertes y daños de estos empresarios trogloditas anticomunistas que se revuelven como gusanos contra la idea que un día se les pida cuentas a través leyes que pongan fin a sus afanes terroristas y a la intención manifiesta y latente de vender nuestra patria y convertirla en una colonia gringa.

¿Que otro tipo de periodismo podrían harían esto «señoritingos» si se les priva de hacer el periodismo terrorista, apocalíptico que practican, o si se quedan sin los recursos de la injuria, la calumnia el rumor, la levantina, la deslegitimación, la manipulación, el libelo y la mentira persistente?

Sin duda, una ley de medios de comunicación resulta una necesidad ante tanta corrupción de estos medios de comunicación, y a estas alturas es falso el argumento de que la mejor ley es la que no se emite. El ser humano tiene la capacidad y la sabiduría suficientes para hacer leyes al respecto, y es una vergüenza humana que nuestra ciudadanía siga padeciendo tanto mal como el le causan estos comerciantes de la noticia y de la comunicación social.

Estoy seguro que si Jesús volviera a andar por este mundo, volvería a sacar a latigazos del templo de la opinión pública nacional, a estos sumos sacerdotes de la hipocresía y la doble moral, convertidos en mercachifles de la comunicación, artífices del engaño, de la injusticia y la mentira.

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