Nicaragua

La sonrisa de Brenda Rocha, en narración de Julio Cortázar

En el libro "Nicaragua tan violentamente dulce", escrito por Julio Cortázar, el capítulo Nicaragua desde adentro (IV) habla de Brenda Rocha

Brenda Isabel Rocha Chacón, Presidenta del Consejo Supremo Electoral(CSE)
Brenda Isabel Rocha Chacón, Presidenta del Consejo Supremo Electoral(CSE) |

LA VOZ DEL SANDINISMO |

El libro «Nicaragua tan violentamente dulce», escrito por Julio Cortázar, recoge referencias a Brenda Rocha en su capítulo IV denominado Nicaragua desde adentro.

NICARAGUA DESDE ADENTRO (IV)

Hace dos noches estuve en una de las salas de mujeres del hospital Dávila Bolaños, de Managua, para visitar a una jovencita de quince años, estudiante del segundo año de secundaria. La reconocí en seguida entre las muchas enfermas, porque su foto se está publicando diariamente en los periódicos nicaragüenses, y su cara no es de las que puedan olvidarse o confundirse. Todo el mundo habla de su sonrisa, que estaba como siempre en sus labios cuando me acerqué a su cama. Todo el mundo habla de Brenda Rocha con una mezcla de amor y de admiración, pero a la par de esos sentimientos se percibe el horror y sobre todo la cólera frente a las razones por las cuales esta niña está en una cama de hospital. Desde hace unos días a Brenda le falta el brazo derecho, amputado a cinco centímetros del hombro.

En una de las zonas de más difícil acceso en el país, la región de los yacimientos minerales de Siuna, La Rosita y Bonanza, hay un pueblecito llamado Salto Grande que, como todos los lugares aislados del interior, se ve frecuentemente amenazado por las bandas de los ex guardias somocistas que, valiéndose de la ayuda en armas que reciben del exterior, se dedican a asaltar y asesinar a los campesinos, a robar y saquear las comunidades y a hostigar a los milicianos sandinistas que defienden a los pobladores. Junto con un pequeño grupo de compañeros procedentes de Bonanza, Brenda Rocha tenía a su cargo la protección de Salto Grande. A los quince años, después de haber trabajado como alfabetizadora e ingresado a las Juventudes Sandinistas, Brenda se había sumado a las milicias; como ella misma lo dice con toda naturalidad, su tarea era la de hacer frente a cualquier ataque, y el 24 de julio pasado estaba montando guardia con sus compañeros cuando una banda muy superior en número y armamento descendió por las lomas y atacó el poblado.

En la batalla que siguió, siete milicianos hallaron la muerte, seis hombres y una mujer; Brenda, gravemente alcanzada por balas que le destrozaron el brazo, siguió disparando con la mano izquierda hasta que la pérdida de sangre la obligó a cesar el fuego cuando ya los somocistas invadían el poblado. Tendida boca abajo, fingió estar muerta, y los asaltantes que temían la llegada de refuerzos sandinistas se retiraron sin tocarla; los pobladores la atendieron en un primer momento, hasta que pudo ser transportada a Managua donde fue preciso amputarle el brazo. Los médicos afirman que a fin de mes estará en condiciones de ser trasladada a la Unión Soviética, y allí la cirugía más avanzada le instalará una prótesis; para Brenda esto significa volver a estar en condiciones para reanudar su trabajo, de seguir cumpliendo con sus obligaciones de miliciana.

Mientras estaba a su lado, recibiendo su mirada que parece rechazar dulcemente toda piedad e incluso toda admiración, me dije que los nicaragüenses conocen la muerte de tan cerca después de años y años de lucha sin cuartel, que sus sentimientos frente a Brenda no se limitan a la alegría de que haya escapado por un mero azar al destino que abatió a sus compañeros de combate. Tanto en Brenda como en todos los que la sienten hoy como una hija, una hermana o una novia, lo que cuenta es aceptar lo sucedido como parte del trabajo revolucionario y verlo como prueba de una imbatible determinación. Creo que por eso su sonrisa, de la que todos hablan, se ha grabado en las memorias y en los corazones con tanta fuerza como si fuera una consigna de lucha, una bandera o una canción revolucionaria.

Uno de los amigos que me acompañaba esa noche en el hospital, me dijo que Brenda se sonreía como los ángeles de Giotto. Es cierto, pero yo la siento todavía más cerca de la inolvidable sonrisa del ángel de la catedral de Reims, que desde lo alto nos contempla con una expresión llena de travesura y de gracia, casi de complicidad. Ese ángel parece comprenderlo todo, y precisamente por eso está más cerca de nosotros que aquellos que se distancian envueltos en una pureza abstracta. El rostro de Brenda Rocha es el rostro de un ángel, pero nada podría ser más hermosamente humano que ese rostro que vio la muerte y el horror de frente, y sin embargo no está marcado por el sufrimiento o la cólera. De pronto sé con toda claridad por qué Brenda es hoy un símbolo entrañable para los nicas: ella es como Nicaragua, ella es Nicaragua. Sus quince años son la juventud de los tres años de la revolución; su coraje y su serenidad son los que día a día veo en quienes esperan a pie firme a los enemigos de fuera y de dentro; el muñón de su brazo es la cuota de sangre que ha pagado y sigue pagando este pueblo enamorado de la luz y la libertad y la alegría. Sí, la sonrisa de Brenda es también la sonrisa de Nicaragua, que se reconoce en ella y la hace suya.

Managua, agosto de 1982.

mem

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