Nicaragua

San Jacinto, un viaje a las raíces patrias

El sitio histórico evoca en los visitantes la heroica jornada del 14 de septiembre de 1856

Famosa escena de Andrés Castro derribando a un invasor filibustero con una pedrada durante la Batalla de San Jacinto.
Famosa escena de Andrés Castro derribando a un invasor filibustero con una pedrada durante la Batalla de San Jacinto. | Wikipedia

Redacción Central |

Llegar a la vieja casona de gruesas paredes de barro y techo de tejas de la Hacienda San Jacinto, en el Departamento de Managua, es regresar en el tiempo y admirarse del entorno en que se desarrolló la batalla que lleva ese nombre, una de las más gloriosas gestas libertarias nicaragüenses contra el filibusterismo esclavista de Estados Unidos.

Eran menos de 200 criollos mal armados, de ellos 60 flecheros de Yusul, Matagalpa, del Ejército de Septentrión, bajo el mando del coronel José Dolores Estrada Vado, contra 300 mercenarios, ese 14 de septiembre de 1856.

El combate es la única batalla en el mundo que se ganó por una estampida de caballos, pues el ataque a retaguardia ordenado por Estrada causó un tropel de potros que provocó la huida de los filibusteros al creer que llegaban refuerzos para los nicaragüenses.

Aunque ya en el museo la mente se ensancha al momento en que los guías muestran unas cuantas armas de la época a los visitantes, sean éstos jóvenes estudiantes o turistas nacionales o extranjeros.

Los nicaragüenses disponían de algunos fusiles obsoletos, y los invasores portaban unos modernos y eficaces revólveres Colt. Es decir, la ventaja numérica y la capacidad militar la tenían los filibusteros.

En la Casa también se puede encontrar el mural pintado en 1964 por el Maestro chileno Luis Vergara Ahumada, donde se plasma el sangriento enfrentamiento, en primer plano la famosa escena de Andrés Castro derribando de una pedrada a un invasor.

Una sala exhibe retratos y bustos de los patriotas, y objetos propios del quehacer de una hacienda ganadera a mediados del siglo XIX.

En este punto, la hacienda misma es un verdadero atractivo: sus altas paredes, de casi un metro de grosor, su techo de tejas a dos aguas, su color calizo, sus columnas de madera, y sus puertas y ventanas, no hacen más que transportarlo a uno a aquella época cuando todo era parte de la cotidianidad y no una reliquia del pasado.

también te puede interesar