Nicaragua

La Historia: primeras chispas independentistas

En 1811 y 1812 una serie de sublevaciones e insubordinaciones acontecidas en territorio nicaragüense enviaron una clara señal a la metrópoli española: esta tierra estaba decidida a ser libre

Bandera de la República de Nicaragua
Bandera de la República de Nicaragua |

Alejandro Guevara |

La chispa de la independencia en nuestra tierra, encendidas por la resistencia indígena desde la llegada de los colonizadores, comenzó a tomar forma de llamarada liberadora en el pensamiento de los nativos a inicios del siglo XIX.

Eran muchas las contradicciones acumuladas durante cientos de años, y se hacían irreconciliables las diferencias metrópoli-colonia. En la Capitanía General de Guatemala algo iba mal.

América Latina, en general, estaba en medio de una coyuntura política, económica y social de luchas independentistas en varias naciones de América del Sur, junto a los movimientos revolucionarios de Chiapas y El Salvador.

En este último territorio, el 5 de noviembre de 1811 se alzó en armas un movimiento dirigido por los sacerdotes José Matías Delgado, Nicolás Aguilar, Juan Manuel Rodríguez y Manuel José Arce, apoyados por las poblaciones de Metapán, Zacatecoluca, Usulután y Chalatenango.

A pesar de que este levantamiento fue sofocado completamente el 3 de diciembre por las fuerzas militares de Guatemala, se constituyó en un ejemplo de lucha libertaria.

Al respecto, el historiador José Dolores Gámez en su obra Historia de Nicaragua señala que “la chispa estaba encendida en Centroamérica; y aunque se apagó en San Salvador, fue para arder con más fuerza en otros puntos”.

Esos puntos serían León, Masaya, Granada y Rivas. Allí, durante los años 1811 y 1812 se dieron una serie de alzamientos motivados por las ansias de libertad, debido a profundas contradicciones políticas y económicas.

Independencia, un proceso de concientización política

Para comprender mejor la situación que originó estas reacciones, es bueno recordar que en los primeros años del siglo XIX las autoridades de la Audiencia de Guatemala habían elevado los tributos a aborígenes y pobladores criollos, lo que tuvo como resultado una crisis política y económica sin precedentes.

Aunque algunos huyeron de la crisis a las montañas, la gran mayoría no tuvo otra salida más que la sublevación. Tenían que liberarse de ese yugo.

En León, el 13 de diciembre el pueblo se sublevó y exigió al cabildo abierto que se realizaba en la sede del Ayuntamiento la destitución de las autoridades españolas. Planteó además la eliminación de impuestos, la supresión de monopolios, la abolición de la esclavitud y la libertad de prisioneros.

Ante esta situación, el intendente José Salvador renunció a su cargo y depositó el mando en el Ayuntamiento. Con la mediación del obispo Nicolás García Jerez, un español monárquico radical, las autoridades españolas mediatizaron la lucha y exhortaron a los sublevados a la obediencia a cambio del cumplimiento de sus demandas, para lograr así mantener el mando provincial. El 14 de diciembre se organizó una Junta Gobernativa presidida por el obispo García Jerez, quien asumió todas las funciones que le correspondían al Intendente Gobernador, incluida la Comandancia de las Armas.

La táctica utilizada por las autoridades españolas resultó en una victoria momentánea, ya que continuaron manteniendo su poder.

Pero de forma paralela los movimientos populares continuaron teniendo como núcleo beligerante a los indígenas de Sutiava, encabezados por Juan Modesto Hernández y los curas Benito Migueleña y Tomás Ruiz.

La figura del obispo García Jerez fue determinante para influir en los sublevados, ya que gozaba de respeto. Sin embargo, en enero de 1812 los leoneses lo desconocen como Gobernador, cuando se dieron cuenta que el obispo representaba los intereses de la Monarquía y del capitán general de Guatemala, José Bustamante y Guerra.

El obispo, impotente para gobernar, solicitó una fuerza de 600 hombres con un jefe militar. Los colonialistas enviaron un batallón formado en San Miguel, bajo las órdenes del teniente coronel Alonso Saldos y del sargento mayor Alejandro Carrascosa. Desde entonces el control de España sobre la tierra de León comenzó su fin.

La chispa encendida por los leoneses se expandió a Masaya. En la noche del 29 de noviembre de 1811, algunos indígenas descontentos intentaron despojar del mando al subdelegado y entregárselo a don Gabriel O’Horán, criollo importante natural de Mérida, México, quien se pronunció contra los peninsulares, pero fue reducido a prisión y enviado a Granada.

Debido a que los pobladores le debían muchos favores y lo apreciaban, su situación de prisionero motivó que los indios se insurreccionaran en Monimbó y Diriega, el 15 de diciembre, cuando atacaron las casas de justicia y apresaron a los jueces.

El 2 de enero de 1812 nuevamente se sublevaron los indios contra los españoles que habían huido de Granada. Este ataque fue protagonizado en su mayoría por los indígenas y tuvo una mayor fuerza contra los funcionarios españoles, a quienes acusaban de exigir impuestos ya abolidos y ocultar órdenes que favorecían a la población autóctona. La conciencia política nicaragüense comenzaba a tomar forma.

Granada, algo más que un dolor de cabeza

Mientras León y Masaya expresaban con firmeza su descontento con la metrópoli, en la ciudad de Granada el 22 de diciembre de 1811 el pueblo pidió la renuncia de todos los empleados españoles. El 1 de enero de 1812 se nombraron las nuevas autoridades del Ayuntamiento en sustitución de los españoles. El 8 de enero los sublevados granadinos tomaron por sorpresa el fuerte de San Carlos, donde apresaron a los jefes militares españoles.

La situación, descontrolada para España, exigió que el capitán general, Bustamante y Guerra enviase una fuerza de más de mil hombres en auxilio de los intereses peninsulares.

El 20 de abril las tropas reales llegaron a Masaya y enviaron comunicación a Granada que si no deponían las armas la ciudad sería atacada.

¡Y por supuesto que no se rindieron! El Comandante de Armas, coronel Miguel Lacayo, organizó la defensa con sus tropas. El 22 de abril se desarrollaron los combates de los patriotas granadinos contra el batallón al mando del teniente José María Palomar. El 25 de abril se firmó un convenio de paz por medio del cual los granadinos se comprometían a someterse a la autoridad real a cambio del compromiso asumido por el sargento mayor Pedro Gutiérrez que no se tomaría ningún acto ofensivo contra los insurrectos.
Pero Bustamante y Guerra no cumplió su parte del trato y ordenó castigar a los sublevados.

Así, los principales jefes del movimiento fueron apresados y sus bienes confiscados. Durante casi dos años, varios patriotas fueron sentenciados a ser pasados por las armas y a presidio perpetuo en Guatemala.

Empero, en Granada se formó el temple de varios Héroes Nacionales que brillarían luego en la historia militar de Nicaragua: José Dolores Estrada y Cleto Ordóñez.

Rivas y el camino de la llama independentista

Era de noche ya el 23 de diciembre de 2011, cuando criollos y nativos armados demandaron en las calles y plazas de la Villa de Rivas la destitución de los empleados y funcionarios españoles. Asimismo, llamaron al teniente retirado don Félix Hurtado para que los acaudillase y le pidieron al cura don Rafael de la Fuente aceptar el cargo de presidente de la Junta Gubernativa que quedó instalada al día siguiente, cuando acordó aprobar el pliego de peticiones presentado por el pueblo.

Se aprobó la disminución de los tributos de los indios, la derogación de los mandamientos y repartimientos (tributos), así como la abolición de la esclavitud.

El capitán general del Reino de Guatemala, Bustamante y Guerra, había ordenado el envío de un batallón desde Cartago bajo el mando del coronel Juan Francisco Bonilla, con la misión de reducir el levantamiento de Rivas. Los insurrectos rivenses solicitaron apoyo a la Junta de Granada para el suministro de armas y municiones. Y aunque al final fueron vencidos, comenzaron a marcar un camino.

Y es que en 1811 y 1812 la chispa independentista comenzó a formar una llama liberadora. Los nativos de esta tierra, los que amaban este paisaje, buscaban sus libertades políticas, económicas y sociales.

El espíritu permanente de rebeldía, que se remonta a los tiempos de los chorotegas, boacos y miskitos, pronto rendiría sus frutos definitivos.

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