Nicaragua

La Historia: Nicaragua, una tierra de resistencia

La independencia alcanzada en Centroamérica en 1821 fue el resultado de un proceso de lucha contra el colonialismo iniciado desde la llegada de las huestes conquistadoras por nuestros pueblos originarios, dispuestos a defender la libertad y la justicia

Bandera de Nicaragua
Bandera de Nicaragua |

Alejandro Guevara |

La independencia alcanzada en Centroamérica el 15 de septiembre de 1821 de la metrópoli española fue el resultado de un largo proceso, en el cual muchos factores influyeron para este paso definitorio en el camino a la emancipación.

La trayectoria comenzó a allanarse desde el inicio de la conquista, con la resistencia de nuestros ancestros, los pueblos originarios de lo que se conocería luego en Europa como la Provincia de Nicaragua.

Los indígenas, cruelmente avasallados por los colonialistas, nunca cejaron en su empeño de mantener su libertad y hacer prevalecer la justicia.

Así, durante los siglos XVI al XVIII, en el territorio de esta tierra de lagos y volcanes no fueron pocos los episodios heroicos protagonizados por aquellos a los que les fue arrebatada la paz en la que convivían hasta la llegada de las carabelas españolas.

Lucha armada, sublevaciones, impago de tributos y otras formas de resistencia empleó nuestro pueblo para hacerle saber a los invasores que la coexistencia no era posible. Fue, además, la natural respuesta a un ejercicio de dominación extremadamente cruel.
Se ha querido hacer creer, por quienes contaron la historia, que el período colonial en Nicaragua fue una época de paz total, cuando realmente lo que aconteció fue un choque de civilizaciones donde una se impuso a la otra por medio del acero, la pólvora y el fuego.

Durante los 27 años que duró la conquista de Nicaragua (1523-1550) se dio el mayor período de violencia y crueldad por parte de los invasores españoles. Pero no cesaría nunca.

En esa época Europa se encontraba en un proceso de modernización de sus ejércitos como estructuras profesionales. Sin embargo, al llamado nuevo mundo vinieron personas de dudosa reputación en su mayoría, aventureros sin esperanza o resquemores, que por lograr riquezas pagarían el precio que fuera necesario.

Pero el pueblo proto-nicaragüense no se iba a dar por vencido. Muy pronto los conquistadores comprenderían que la libertad no tiene precio.

De los chorotegas a los miskitos, siempre la resistencia

En fecha tan temprana como el 2 de octubre de 1528, Pedrarias Dávila, Gobernador y Capitán General de Nicaragua nombrado por la corona real un año antes, escribía en un informe: “En algunos lugares cercanos a las ciudades de León y Granada hay cierta gobernación de caciques que se llaman chorotegas que hasta ahora nunca han querido servir a los cristianos y que además de no querer servir se han alzado y muerto muchos cristianos y enviándoles a desafiar a ciertos requerimientos, no han querido cumplir”.

Así de tenaces en su resistencia fueron nuestros pueblos originarios. Las huestes conquistadoras, no obstante, se impusieron mediante la muerte y la tortura. Esto sumiría a Nicaragua en un período de terror extraordinario y una crueldad indescriptible.

Por eso, la resistencia tomó la forma de una ofensiva generalizada contra el opresor. Y aunque Dávila y sus sucesores decidieron hundir en el horror a la población de Nicaragua, no se dieron por vencidos sus pobladores.

La experiencia adquirida por los indígenas en las primeras derrotas militares de la guerra de resistencia les permitió cambiar sus concepciones del objetivo de la lucha. Ahora esta era uno de los medios principales de respuesta a la opresión que, además, se complementó con la utilización de diversas formas de lucha: la sublevación, el motín, el sabotaje, las emboscadas, el ataque a los pueblos, la huida, el no pago de tributos, la negativa de concebir hijos por las indias, entre otras.

En sus ofensivas, los indígenas usaban el grito, los tambores y los cantos para infundir pavor al enemigo, se pintaban y tatuaban sus cuerpos y caras con el propósito de darse un terrible aspecto, parecer más feroces y eliminar los malos agüeros. Antes de partir al combate consultaban los oráculos, practicaban danzas rituales, incluso bebían sangre de algunos animales impulsados por el deseo de apropiarse de su fuerza, astucia o valor. En opinión de Gonzalo Fernández de Oviedo, sobre los indios sutiavas se señala que: Son los más crueles y los más feroces, pero también los más inteligentes y valerosos de cuantos indios he conocido en la América.

Entre las sublevaciones más conocidas de la época colonia, destaca la del partido de Sutiava en 1681. Motivados por el decreto que estableció mayores impuestos e impuso trabajos de mayor rigor, los nativos se sublevaron por varios días, desconociendo a las autoridades colonialistas que solicitaron la intervención de los religiosos para apaciguar a los sublevados.

Otra sublevación importante fue la de Sébaco, en 1693. La estratégica ubicación de este territorio ubicado al centro de la Provincia de Nicaragua lo convertía en una línea de avanzada para los conquistadores. Estos se hallaban empantanados en una lucha contra caribes y misquitos. Los colonialistas decidieron reclutar a aborígenes de Sébaco, los cuales no compartían la idea de masacrar a sus hermanos.

El rechazo se convirtió en rebelión y los aborígenes aniquilaron el fuerte. No obstante, no pudieron resistir la contraofensiva y la respuesta de las huestes conquistadoras fue de más represión.

Este ciclo de violencia desatado desde el siglo XVI no traía paz a la nación, entonces Provincia colonial.

Así, a inicios del siglo XVIII, se produjo la sublevación del pueblo de Sutiava y otros barrios indígenas como el Laborío, donde a principios de septiembre de 1725 aprovecharon las contradicciones internas de los españoles, producto de sus ambiciones de poder y riqueza.

El motivo inmediato fue la medida de confiscación de sus cosechas de maíz y otros productos, las que autoridades españolas justificaron por la crisis económica. Los sublevados resistieron por mes y medio.

Otra de las manifestaciones de la rebeldía de los aborígenes nicaragüenses fue la del jefe indígena Yarrince, de la tribu de los boacos, que había consentido reducirse a condición que cesase la persecución del pueblo caribe y no se le sometiera a trabajos forzados.

Al ser incumplida la promesa, Yarrince dejó a un lado su martirio y se sublevó en 1777, para generalizar la ofensiva caribe hacia los valles de Chontales y Matagalpa. El cacique fue hecho prisionero y posteriormente asesinado. Pero su ejemplo inspiró a otros a continuar la lucha por una tierra libre de opresión.

Desde mediados del siglo XVII, la lucha entre españoles y misquitos se había incrementado. La ofensiva misquita generalizada por el ataque a los poblados españoles coincidió con el apoyo inglés, que le permitió su expansión como etnia dominante en la región. Los misquitos jamás fueron sometidos por los conquistadores españoles.

A pesar de la superioridad militar española desde que pisaron esta tierra, la rebeldía de los pueblos originarios se convirtió luego en el empuje hacia la total emancipación de la región centroamericana.

Aunque en su mayoría fueron aplastadas las sublevaciones a golpe de sangre y fuego, la tenaz resistencia de los indígenas nicaragüenses demostró que la tierra donde uno nace se defiende hasta alcanzar la libertad plena. Fue una lección que las generaciones venideras aprenderían bien.

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