Nicaragua

Sandino, un hombre hecho de una sola pieza

El héroe nicaragüense ha inspirado a luchadores sociales de América Latina y otras partes del mundo por su cabal integridad

Augusto César Sandino
Augusto César Sandino |

Aurora Rondón |

Nicaragua victoriosa rinde hoy un merecido homenaje a su líder Augusto Calderón Sandino, un hombre hecho de una sola pieza que ha inspirado e inspira a luchadores de muchas partes del mundo por su cabal integridad.

Hecho de una sola pieza similar al duro acero o al granito, esa figura corpórea estaba tallada en los principios más sagrados del revolucionario: amor, lealtad, constancia, esperanza en un futuro digno para los pueblos a través de la lucha.

De esbelta figura a pesar de su pequeña talla, su conducta lo coloca como uno de los próceres de la lucha antimperialista, a la que se enfrentó gallardamente y ante la cual no flaqueó cuando el enemigo trató de aflojarlo con tentadoras ofertas.

En ninguna de sus imágenes -en la que generalmente viste modestamente y completa su atuendo con altas botas y un sombrero alón- se le ve sonriente, preocupado como andaba siempre, en resolver los más urgentes problemas en la sociedad que le tocó vivir.

Sin embargo, centenares de seguidores de su ejército comentaban que sonreía cuando dormía con prisa y soñaba en la victoria del pueblo y al día siguiente compartía con ellos las escenas vividas.

Otro aspecto que lo hacía muy querido entre sus combatientes era su hablar pausado y convincente, en el que lograba mediante el diálogo, sin ofender ni alzar la voz -si no era necesario- que sus interlocutores valorarán su opinión.

En 1912, Benjamín Zeledón enfrenta a los invasores y muere en combate el 4 de octubre, Sandino era entonces un joven de 17 años y se impresiona con la imagen del patriota que fue trasladado en una carreta por el pueblo, luego de haberse enfrentado a la invasión, lo que muestra otra de sus virtudes, la sensibilidad.

Aquella escena y sus posteriores labores cerca de Costa Rica, en Honduras y Guatemala donde trabaja en las plantaciones de la United Fruit Company, así como su labor posterior en empresas petroleras de México, templaron aún más su carácter, pero nunca lo convirtieron en un hombre cruel.

De regreso en Nicaragua y ante el desembarco de tropas de Estados Unidos, Sandino consigue armas y municiones con ayuda de prostitutas del puerto, a las que trataba con todo respeto, pese a que esa actividad femenina siempre fue criticada.

Sandino mantuvo su actitud de líder revolucionario y logró reunir a campesinos, artesanos y profesionales urbanos con los que forma el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, al que la poeta chilena Gabriela Mistral llamara «pequeño ejército loco».

La lucha contra las tropas de ocupación, se extendió durante seis años, pero finalmente Estados Unidos abandonó Nicaragua, al no poder controlar el movimiento guerrillero, liderado con tesón e inteligencia por un líder natural quien pese a carecer de instrucción escolar, acometió una tarea gigantesca que en ningún momento lo amilanó.

En mayo de 1927 contrae matrimonio con Blanca Aráuz a la que colmaba de atenciones siempre que sus actividades combativas lo permitían y además intercambia correspondencia con el general José María Moncada sobre el armisticio propuesto por el delegado del presidente norteamericano en Nicaragua, quien ofrecía dos opciones.

Los vencedores podían optar por la convocatoria a elecciones presidenciales, bajo la vigilancia de los marines estadounidenses, o hacer frente a las fuerzas de ocupación que de inmediato entrarían en combate con los «rebeldes liberales».

Moncada y todos los subordinados y las tropas bajo su mando aceptaban la rendición. Pero el «General de hombres libres», Augusto C. Sandino, mantuvo su intransigencia ante las propuestas norteamericanas.

Sandino, protagonista de la lucha popular y antimperialista continuó junto a las masas populares que se levantaban para defender el honor nacional, mientras las clases explotadoras se entregaban al invasor.

Al frente de aquellas rebeliones colectivas, integradas por columnas de campesinos descalzos, iba montado sobre su cabalgadura el más digno hijo de Nicaragua: Augusto C. Sandino, genio del combate popular y símbolo de la resistencia tradicional del continente contra el imperialismo yanqui.

Prestigiosos investigadores afirman que la gesta de Sandino, un modesto campesino autodidacta que nunca tuvo formación militar profesional, es un legado para quienes hoy siguen pensando que «otro mundo es posible».

Por todo ello, el guatemalteco Miguel Angel Asturias, Premio Nobel de Literatura 1967, demanda que en las plazas, en las Universidades y en todas partes, se enseñe la obra de ese general de América, que fue Sandino, un hombre hecho de una sola pieza y de igual estirpe que Simón Bolívar, Francisco de Miranda, José Martí y el Che Guevara.

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