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La pacífica Suiza estremece a Europa

Restricciones a la inmigración europea adoptadas por un referéndum suizo ponen en peligro sus relaciones con la Unión Europea

Mirada al Mundo
Mirada al Mundo | La Voz del Sandinismo

Joaquín R. Hernández |

Pasan los años, y Suiza no aparece en el universo noticioso mundial.  La pequeña nación europea es considerada el símbolo mismo de la estabilidad.  Ha sido neutral en guerras que han destrozado países enteros en su entorno.  Los paisajes de sus campos son idílicos y los tranquilos Alpes suizos hacen pensar en reposadas estaciones de esquí.

Salvo la actividad de las numerosas organizaciones internacionales que radican en sus ciudades principales, especialmente en Ginebra, centro diplomático, o Zürich, centro financiero, solo sabemos de sus bancos, de sus relojes, de su industria farmacéutica, o consumimos productos Nestlé.  Y nada más.

Por eso la prensa mundial se ha sobresaltado al saber que Suiza, a consecuencia de un referéndum, ha decidido enfrentarse violentamente  a la Unión Europea, a la que no pertenece, al regular drásticamente la inmigración de trabajadores del continente –generalmente europeos orientales, de antiguos países socialistas:  el tercer mundo de Europa– hacia su territorio e instaurar un sistema de admisión por cuotas.

A la medida restrictiva se añaden limitaciones a la reagrupación familiar de los extranjeros y su acceso a los servicios sociales.  En la opción a cualquier trabajo, entre un aspirante suizo y un inmigrante, prevalecerá el primero.

Las medidas invalidan el acuerdo de 2002 entre Suiza y la UE sobre la libre circulación de personas, principio que es condición sine qua non para la construcción de todo el sistema europeo, basado en la comunidad de mercado.

También se arriesga a que Bruselas, es decir, los altos mandos de la Unión Europea, adopten represalias de envergadura: todos los convenios entre Suiza y la Unión se encuentran intervinculados, y el que ahora se ve puesto en crisis por la decisión suiza, es uno de los nudos que, de desatarse, haría desmoronarse el tramado de acuerdos mutuos.

Una economía fuerte

La economía suiza es una de las más desarrolladas del mundo y según la conocida revista Forbes hace al país el noveno más rico del mundo.   En Suiza, según el diario local Bilan, ser pobre es tener ingresos por menos de 1 950 euros al mes: en España esta cifra es de 613 euros mensuales.  Su renta per cápita es de 58 120 euros. La de España es de 23 300 euros.

El 70 por ciento de su producto anual proviene del sector de los servicios.  En él intervienen de manera especial sus bancos y sus entidades especializadas en la administración de fortunas, amparadas por una rigurosa legislación que protege el secreto bancario, y que convierte al país en una especie de caja fuerte del mundo.

Su industria le sigue en el aporte, en especial las grandes empresas farmacéuticas y los gigantes de la relojería. La omnipresente Nestlé, con asiento en la ciudad de Vevey, es líder en la industria agroalimentaria mundial.

Finalmente, la agricultura y la ganadería aportan solo un 1 por ciento al PIB: su producción es demasiado cara, y subsiste gracias a las subvenciones estatales.

A pesar de  un crecimiento de la inflación cercano a cero durante varios años, Suiza es un país caro, muy caro.  Un artículo consultado informa que el alquiler de un piso de 80 metros cuadrados en Suiza es de entre 1 550 y 1 875 euros. En España, este mismo apartamento costaría al arrendatario 557 euros.

Al alto estándar de vida lo acompaña un desempleo muy reducido.  Y el suizo no teme al trabajo. Su jornada laboral efectiva es de 42 horas semanales, la mayor en el contexto europeo después de Inglaterra.

De ahí que sea difícil comprender por qué el 50,3 por ciento de los votantes en el referéndum, hayan aprobado estas riesgosas medidas restrictivas.

Una difícil explicación

Las explicaciones pueden ser varias.

Los votantes opinan que los trabajadores de otros países de la Unión Europea pueden obstaculizar el acceso  al trabajo de los obreros suizos. “Dicen que la llegada de extranjeros ha hecho subir el precio de los alquileres, ha bajado los salarios y ha supuesto mayor presión para los sistemas de salud y educación”, explica un despacho de la BBC.

Otra explicación señalaría la preocupación ante la posibilidad de una pérdida de la identidad suiza.  Lo cual es al menos curioso: el pequeño país tiene claramente dividida su población y su territorio en tres áreas culturales: la francófona, la de signo italiano, y la alemana.

La reacción de Europa a la medida  –tomada además en mal momento, en el preámbulo de unas elecciones de la Unión Europea amenazadas por fuerzas y corrientes antiunionistas–  tendrá también su componente de hipocresía. 

En este momento, y por motivos parecidos, el gobierno de David Cameron establecerá un cupo anual de 75 mil inmigrantes comunitarios, la canciller Ángela Merkel ha redoblado la vigilancia para evitar que los inmigrantes accedan fraudulentamente a las prestaciones sociales, en Italia una ley de la época Berlusconi endurece la entrada y facilita la expulsión de los inmigrantes ilegales, y en Francia la derecha aboga por restringir a la inmigración los derechos a la nacionalidad mientras la izquierda va cediendo lentamente a sus exigencias.

Todo lo cual alienta las esperanzas de la ultraderecha europea, también actuante en el referéndum suizo, por pescar en este río revuelto, en el que no faltan tampoco las motivaciones xenófobas y racistas.

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