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Así se destruye un país: el caso Libia

En 2011 la nación africana ocupó titulares por una “guerra civil” que involucró a la OTAN y sus aliados para derrocar al gobierno socialista de entonces y llevar la “democracia”. Desde entonces la situación de Libia es muy inestable

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Protestas en Libia |

Alejandro Guevara |

¿Recordás la guerra de Libia en 2011? Es probable que hasta el momento en que leas estas líneas la respuesta sea negativa. Libia ha desaparecido del mapa. Luego de estar durante meses en la primera plana de todos los medios, no se habla de esa nación africana.

Acaso la principal razón es que es un país en caos total, donde el gobierno no puede gobernar, y porque las grandes corporaciones mediáticas esperan que el mundo se olvide de Libia mientras las multinacionales petroleras agotan sus reservas de crudo con fiereza.

Sí, la guerra en Libia, conducida para la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) con Estados Unidos a la cabeza, destrozó por completo a una nación que gozaba de un gobierno legítimo y con una aceptación mayoritaria.

Tres podrían ser los factores que desencadenaron ese conflicto. Por un lado los intereses petrolíferos de muchas potencias occidentales, las luchas tribales internas que nunca han sido zanjadas, y el enfrentamiento entre el panarabismo socialista practicado por el Gobierno de Muamar el Gadafi, y el islamismo tradicional.

Finalmente, en clave internacional, constituyó un enfrentamiento entre los países gobernados por movimientos progresistas, como Siria y Argelia, y las petromonarquías del golfo Pérsico junto a las potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia).

Libia, desde 1912, fue un país “artificial”, creado por los colonialistas italianos que pretendieron unificar las regiones de Tripolitania y Cirenaica, entre Túnez y Egipto con una invasión en 1912.

En 1951, las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial decidieron otorgar finalmente la independencia a Libia, situando en su trono al rey Idris I. Este nuevo estatus, en la práctica, permitió a los europeos mantener un poder de facto en el nuevo país.

Esta situación se mantuvo hasta 1969, año de la Revolución Libia, donde Muamar el Gadafi fue elegido como su nuevo líder. Inició así un estado que se conoció como la Yamahiriya, el cual convirtió a Libia en el país africano con mayor esperanza de vida y con la renta per cápita más alta, según cifras oficiales de la Organización de Naciones Unidas.

De la rebelión a la invasión

El 16 de febrero de 2011 marcó un parteaguas en la historia libia. Un grupo de manifestantes se congregaron convocados a través de Facebook para protestar por la detención del abogado Fethi Tarbel en Bengasi, la segunda ciudad del país, y principal capital de la región de la Cirenaica.

El incidente se saldó con varios muertos y heridos, lo cual provocó una rebelión interna de los cirenaicos contra el gobierno.

En los días siguientes a la protesta, los manifestantes invadieron Bengasi y tomaron el control del cuartel general de la ciudad y de su depósito de armas. Inmediatamente, muchos altos mandos del Ejército libio pasaron a las filas rebeldes, bando al que también se suman los islamistas moderados y radicales —incluyendo la facción de Al-Qaeda en Libia—, relató un periodista español en su blog Política Crítica.

Los rebeldes entonces trataron de extender la sublevación a las ciudades del oeste del país —la zona Tripolitana— pero esta región era mayoritariamente leal a Gadafi, así como sus dos principales tribus, Magahira y Qadaffa, por lo que los insurgentes fueron contenidos, y el Gobierno logró conservar su capital, Trípoli. También consiguieron mantener el conjunto de la zona Tripolitana, donde solamente la ciudad de Misurata cae en manos de los rebeldes.

A inicios de marzo el gobierno lanzó una contraofensiva para contener la rebelión. Gaddafi envió a sus mejores unidades terrestres, con cobertura marítima y aérea y contando con el apoyo de las tribus leales tripolitanas. Mal equipados, los rebeldes ya no eran rival para las bien pertrechadas y mejor organizadas tropas gubernamentales y comenzaron a perder la mayoría de ciudades que habían conquistado en los primeros días de la rebelión, iniciando su repliegue desesperado hacia Bengasi, el núcleo de la revuelta.

Una a una, cayeron las ciudades de Ras Naluf, Brega y Ajdabiya, y con la conquista de esta última —a tan solo 80 kilómetros de Bengasi— quedó abierto el camino hacia el bastión de los rebeldes.

En este punto los rebeldes habían ya formado el Consejo Nacional de Transición (CNT), como Gobierno provisional insurgente, liderado por Mahmud Jibril, un antiguo ministro de la rama más liberal y opuesta al socialismo de la Yamahiriya.

Las tropas gubernamentales atacaron Bengasi, pero el CNT, durante semanas, había negociado con la OTAN para obtener su apoyo. El brazo armado del imperio tenía la oportunidad de entrar en el conflicto amparado en llevar la democracia y salvaguardar a los libios. Es aquí cuando inició una fuerte campaña contra Gadafi en aras de transformar la opinión mayoritaria de las naciones involucradas para que se realizara una invasión a Libia.

Esta convergencia de intereses geopolíticos y geoestratégicos entre los países de la OTAN y las ricas monarquías árabes, unida al apoyo de los nuevos Gobiernos en países como Túnez o Egipto, donde la Primavera Árabe estaba en pleno auge, le dieron al CNT toda una cobertura internacional inesperada.

El 17 de marzo de 2011, con el respaldo de la Liga Árabe, la Organización de la Conferencia Islámica y el Grupo de Cooperación del Golfo, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó, gracias a las abstenciones de Rusia y China, la Resolución 1973, que complementó la ya existente Resolución 197. Bajo el argumento legal de la responsabilidad de proteger al pueblo libio, decretó una zona de exclusión aérea que, de facto, dio luz verde a la OTAN para iniciar los bombardeos sobre las posiciones gadafistas, en una operación que la organización atlántica denominó Protector Unificado.

Esta vez, Estados Unidos optó por no cargar con el peso principal de las acciones bélicas y se mantuvo en una segunda línea, pues el presidente Barack Obama no deseó bajo ningún concepto un nuevo fracaso como el del ejecutivo de George W. Bush en Irak ocho años antes.

Así, las principales acciones militares las llevaron a cabo Francia y Reino Unido. España, país también miembro de la OTAN, decidió sumarse decisivamente a la intervención militar en apoyo de los rebeldes libios y comenzaron a escucharse en el Gobierno, en el Parlamento y en los medios de comunicación españoles los primeros discursos belicistas contra la Libia de Gadafi.

Una vez aprobada la resolución, la OTAN inició inmediatamente los bombardeos sobre las principales ciudades en poder de Gadafi, incluyendo Trípoli, donde hasta parte del palacio presidencial quedó en ruinas.

Estos bombardeos, que tuvieron lugar diaria y sistemáticamente durante los siguientes meses, poco a poco van diezmando a las fuerzas gadafistas, hasta que, finalmente, el 20 de agosto se produjo la ofensiva final rebelde sobre Trípoli con la cobertura aérea de la OTAN, y en pocos días, la capital fue conquistada por el CNT, escenificada mediáticamente con la toma del palacio presidencial Bab-al-Aziziya y de la histórica Plaza Verde de Trípoli.

Tras la conquista, se dio por concluida la guerra y se pensó que Gadafi huyó del país para siempre.

Sin embargo, durante dos meses el líder resistió con sus últimos partidarios en su ciudad natal, donde gozó de una fidelidad prácticamente unánime. Los rebeldes lentamente prosiguieron su avance y tras conquistar Sabha y Bani Wallid con grandes esfuerzos, tomaron finalmente el último bastión gadafista, Sirte, que fue prácticamente arrasado por los bombardeos de la OTAN, en un ataque que provocó una crisis humanitaria peor que la de Bengasi a comienzos de marzo.

Gadafi, al contrario de lo que se pensaba, se mantuvo en suelo libio para luchar hasta el final y el día de la caída de Sirte, el 20 de octubre, fue capturado y ejecutado en directo por los rebeldes del CNT, donde los islamistas vinculados a Al Qaeda eran mayoritarios.

En esta ocasión, la organización terrorista que fue punta de lanza para la invasión del Medio Oriente en la búsqueda de Osama bin Laden, pareció no preocupar ni a Estados Unidos ni al resto de países occidentales.

Caos tras la postguerra

La situación en Libia empeoró de forma dramática tras el asesinato de Gadafi.

En términos de seguridad, la existencia de milicias armadas impide la estabilización del país, sumido en una crisis humanitaria. Se perdieron los elevados índices de desarrollo humano del anterior Gobierno, y la ausencia de seguridad en la frontera fue aprovechada para el tráfico de personas y el trasiego de armas de los que se abastecen grupos terroristas como el Estado Islámico

Los partidarios del gobierno impuesto por el CNT se dividieron del nuevo Ejecutivo electo en las elecciones de junio de 2014, lo cual demuestra profundas diferencias políticas que no se zanjaron con la muerte de Gadafi como quisieron hacer creer en ese entonces.

Durante meses ambos se negaron a reconocerse, hasta que recientemente firmaron un acuerdo de “unidad” el cual está por dar resultados todavía.

Además, se produjeron ataques aéreos sobre Trípoli detrás de los cuales parece que se encontrarían Egipto y Emiratos Árabes Unidos, países que supuestamente apoyarían al general renegado Jalifa Hafter, por lo que el conflicto podría volver a internacionalizarse.

Estos hechos invitan a reflexionar que los rebeldes del CNT no luchaban por la paz, la libertad y la democracia. De hecho, son los mismos miembros de este bando «demócrata» y vencedor en la guerra los que, tras exterminar a los partidarios de Gadafi e iniciar una progresiva islamización en un país que era virtualmente laico durante la era del exlíder, llevan nuevamente a los libios a un baño de sangre.

Mientras, el petróleo fue privatizado por compañías europeas, las que no requieren de mecanismos aduaneros y extraen el crudo con total impunidad.

Así fue como la OTAN y sus aliados destruyeron un país que les era adverso. Así es como el poder militar imperial opera sin medir las consecuencias para los pueblos.
ros/ale

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