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Armas nucleares, una tenebrosa historia

La brutalidad de la Segunda Guerra Mundial, precedida de casuales descubrimientos científicos, no solo dejó decenas de millones de muertos, sino que dio paso a las más terribles armas conocidas: las atómicas

Explosión atómica
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Alejandro Guevara |

Si el físico húngaro Leó Szilárd no se hubiera interesado por la reacción en cadena mediante neutrones, el mundo que conocemos no estaría hoy al borde de la extinción.

Se lee catastrófica la afirmación anterior, pero es la realidad. Debido a los estudios de Szilárd fue posible desarrollar en los años 40 del pasado siglo la más terrible de todas las armas: la bomba atómica.

Con este reportaje La Voz del Sandinismo inicia un acercamiento a estos dispositivos de muerte. Trataremos de responder a interrogantes acerca de cómo surgieron, cuál ha sido su destino y situación actual, así como los peligros que corremos en un mundo cuyo futuro podría residir en unos códigos de lanzamiento, de ahí la necesidad de concientizar la batalla por el desarme nuclear.

Huida y descubrimiento

Martes 12 de septiembre de 1933. Szilárd se encuentra en Estados Unidos. Había llegado un tiempo antes huyendo del nazismo que comenzaba a amenazar a los judíos en Alemania.

A seis años de que se iniciase el peor conflicto bélico conocido, la Segunda Guerra Mundial, el físico húngaro descubre algo singular: es posible liberar grandes cantidades de energía mediante reacciones neutrónicas en cadena.

Szilárd profundiza en su descubrimiento y el 4 de julio de 1934 solicita la patente para una reacción en cadena neutrónica que describía el concepto esencial de masa crítica. Según la física, la masa crítica es la cantidad mínima de material necesario para que se mantenga una reacción nuclear en cadena. En otras palabras, Szilárd acababa de patentar la bomba atómica.

Fuentes de la época indican que el físico no quería que se desarrollara la bomba, de ahí que la patentase, pero su trabajo en el proyecto Manhattan, el cual creó las primeras de estas armas, indica lo contrario.

En febrero de 1936, Szilárd regaló su terrible invención al Almirantazgo Británico. Así, Reino Unido accedía a una fuente de conocimiento antes inexplorada. Un poco al sur de esa nación las nubes de guerra comenzaban a ponerse grises.

Llegamos entonces a noviembre de 1938, cuando la física alemana Lise Meitner logró identificar trazas de bario en una muestra de uranio. La presencia de este elemento sólo se pudo explicar asumiendo que se había producido una fisión nuclear. Meitner era también judía y ya se planteaba abandonar Alemania, lo que haría poco después. Así, el descubrimiento se lo adjudicó el químico Otto Hahn, quien ganase el Premio Nobel de la especialidad en 1944 por esta causa.

Estalla en 1939 la Segunda Guerra Mundial y Europa se convierte en un gran cementerio en medio del caos bélico.

Fue por estas fechas cuando, ante la evidencia de lo que podía ocurrir, todos los países que conocían del tema decretaron secreto todo lo relacionado con la fisión nuclear y la bomba atómica. Al ocurrir esto, se crearon dos programas distintos: uno anglonorteamericano y otro alemán.

Alemania lo intenta pero…

En Alemania sabían también los nazis de Adolf Hitler que el uso del uranio era vital para lograr la más potente bomba de la historia. Pero acaso quiso la providencia que no dispusieran de este elemento de forma ilimitada, tal y como sucedía en Estados Unidos.

Este fue uno de sus grandes problemas. El segundo, que los científicos alemanes estaban muy especializados y orientados a lo práctico. Esto les impidió entender el proyecto de investigación en toda su extensión.

Tampoco había un solo acelerador de partículas en el país al empezar la guerra. Sólo se obtuvo uno al conquistar París, pero luego lo perdieron cuando los aliados los echaron.

Se puede añadir que el programa nuclear alemán dividió sus esfuerzos entre al menos tres departamentos, hasta el punto que se tenían que turnar el uranio disponible.

Finalmente, desde el punto de vista científico los alemanes nunca descifraron cómo hacer que se produjera una bomba atómica eficaz de forma práctica.

Además, comandos británicos y la resistencia noruega destruyeron la planta de producción de agua pesada de Vemork y los envíos de la misma, lo que retrasó el programa.

Entre Londres y Nuevo México

Albert Einstein envió una carta en 1939 al presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, en el que le explicaba cómo funcionaría una bomba atómica. Diez días después de recibir la misiva, Roosevelt convocó el primer Comité de Consejeros sobre el uranio, por entonces un elemento poco explorado.

Pero no tuvo Estados Unidos mucha confianza en el proyecto, de ahí que los principales avances se realizasen en el Reino Unido en cuanto al enriquecimiento de uranio, paso primordial para poner en marcha una bomba atómica.

En 1941, en Estados Unidos, Philip Abelson construyó un sistema de enriquecimiento practicable (por difusión termal líquida), y el 26 de febrero Seaborg y Wahl descubrieron el plutonio, otro elemento capaz de desencadenar reacciones masivas de energía.

A principios de marzo de 1941, los científicos anglonorteamericanos ya sabían de qué masa habría de ser la masa crítica postulada por Szilard. Y en julio, el plutonio se demostró como un material fisible mucho mejor que el uranio.

El 3 de septiembre de 1941, Winston Churchill y los jefes de Estado Mayor se pusieron de acuerdo para construir una bomba atómica. En diciembre, después de meses de pesadillas burocráticas, el proyecto fue transferido a Estados Unidos.

En enero de 1942, los trabajos con grafito de otro científico, Enrico Fermi, fueron declarados secretos. El ejército estadounidense comenzó a organizar entonces el proyecto Manhattan, que nunca se ubicó en esa localidad neoyorquina, sino en Los Álamos, Nuevo México.

Dicho programa fue dirigido por el físico Julius Robert Oppenheimer desde lo civil, mientras el general Leslie Richard Groves se encargó de la parte militar. Sería el único que lograría su terrible cometido.

Allí se completó la primera bomba atómica funcional, que se probaría el 16 de julio de 1945, poco menos de un mes antes del bombardeo a la ciudad japonesa de Hirsohima, uno de los dos lugares del mundo que ha vivido la catástrofe nuclear.

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