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Cameron insta a Escocia a evitar un divorcio doloroso

Los escoceses tienen una gran desconfianza hacia  los conservadores británicos

Primer ministro británico, David Cameron
Primer ministro británico, David Cameron |

Redacción Central |

El primer ministro británico, David Cameron, aprovechó su última visita a Escocia antes del referéndum para advertir  que la independencia que se decide este jueves «no es una separación de prueba, sino un divorcio doloroso» para el que «no hay marcha atrás».

En la línea de su discurso de la semana pasada, cuando apeló a «no mezclar lo temporal con lo permanente», el premier subrayó que lo que se juega no es una decisión cortoplacista, por lo que no puede estar sujeta al voto protesta ante el desencanto con las políticas de Londres.

El dirigente conservador rebatió las críticas del Partido Nacional Escocés (SNP, por sus siglas en inglés) que lo acusan de «alarmismo» y aseguró que «advertir de las consecuencias» de romper una unión que data de 1707 «no es alarmar, es advertir a un amigo». «No quiero que se les venda a los escoceses un sueño que después desaparezca», mantuvo.

La separación, según Cameron, significa perder la libra que Edimburgo emplea actualmente como parte de Reino Unido, dividir un Ejército «construido durante décadas», instaurar fronteras internacionales, vetar a los escoceses el uso de la vasta red de embajadas que la diplomacia británica tiene repartida por el mundo, trasladar la mitad de las hipotecas de los ciudadanos a entidades extranjeras y una excesiva exposición del dinero del contribuyente al sector financiero en caso de colapso.

Consciente de que su intervención tenía el riesgo de exacerbar el rechazo que la Administración conservadora genera en un alto porcentaje del electorado escocés, Cameron intentó mantener un tono de empatía que reconocía las aspiraciones soberanistas y para ello reivindicó el «gran proyecto sin precedentes» de transferencia de competencias en materia de impuestos, gasto y partidas de bienestar, entre otras, como la prueba de que el aparato de Westminster está dispuesto a atender a las ambiciones de autogobierno de Edimburgo.

La gran desconfianza hacia el Partido Conservador británico, los llamados Tories, ha marcado un gran sentimiento nacionalista en Escocia, a tal grado que en las elecciones, en 2010, que llevaron a un gobierno conservador en todo Reino Unido, los tories consiguieron solamente uno de los 59 escaños en Escocia.

La pérdida de apoyo conservador en Escocia se remonta a 1979, cuando Margaret Thatcher ganó las elecciones generales y comenzó 18 años de gobiernos conservadores que hicieron reformas económicas, que si bien redujeron el Estado y fomentaron el florecimiento de empresas privadas, tuvieron consecuencias negativas como la pérdida de empleos en astilleros y la industria minera.

Los efectos fueron especialmente graves en Escocia, justo cuando llegaban los ingresos del gas y el petróleo del mar del Norte. Los independentistas alegan que el dinero se malgastó pagando el coste social de las políticas conservadoras como subsidios de desempleo y rebajas fiscales a los ricos.

Thatcher, por ejemplo, probó en Escocia un impuesto que cobraba lo mismo a todos al margen de sus ingresos, antes de trasladarlo a Inglaterra y Gales al año siguiente. Muchos escoceses se sintieron molestos por ser los primeros elegidos. La llamada “dama de hierro” fue derrocada por su propio partido en 1990, y el impuesto se abandonó con rapidez.

Luego, al crecer el deseo de independencia política en Escocia, los conservadores perdieron más apoyo en la zona al rechazar la devolución de poderes cuando el gobierno conservador de John Major, que sustituyó a Thatcher como primer ministro, se opuso a crear un organismo legislativo escocés. El Parlamento escocés abrió en 1999 bajo el gobierno laborista de Blair, con un gran apoyo popular en la región.

Ahora, el primer ministro de Reino Unido, el líder liberal demócrata, Nick Clegg, y el líder laborista, Ed Miliband, se han comprometido a devolver poderes a Escocia, si finalmente se impone el no en el referéndum sobre la independencia.

Por eso en su discurso del lunes, Cameron subrayó que la independencia no es la solución, ya que el «cambio más rápido, seguro y justo pasa por permanecer juntos», una opción que permite tener «lo mejor de los dos mundos». Así, evidenció el giro estratégico registrado en las pasadas semanas de campaña hacia una mayor valoración de las identidades particulares que integran el «país de cuatro naciones» que es Reino Unido (Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia),  y recalcó que la votación del jueves «no es sobre si hay una nación orgullosa y fuerte, sino dos visiones que colisionan».

Mientras tanto, hay una gran cantidad de análisis donde se señala que si el próximo 18 de septiembre Escocia vota en el referendo a favor de su independencia, su escisión de Reino Unido podría crear un precedente incitando a otras poblaciones europeas a dar pasos semejantes.

En la misma Escocia existen regiones que podrían proclamar su independencia. Las tres islas, Shetland, Orcadas y Western Isles podrían celebrar su propio referendo en el caso de que Escocia vote a favor de su independencia, proceso al que se oponen.

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