Internacionales

Se cumplen 13 años del ataque del 11 de septiembre

Acontecimiento atroz explicado por versiones oficiales llenas de falsedades

Torres Gemelas del Word Trade Center
Atentados terroristas contra el Word Trade Center | EFE

Gaby Ramos |

Se cumplen 13 años desde aquel martes 11 de septiembre de 2001 cuando se ejecutó el más fatídico atentado terrorista  suicida de Estados Unidos y el mundo, que dejó un saldo de más de tres mil personas fallecidas e innumerables víctimas desaparecidas y heridas.

Hay muchas versiones, cientos o quizás miles de artículos publicados, numerosos cuestionamientos, valoraciones de la teoría de la conspiración. Lo cierto es que hay también muchas dudas y muchas mentiras que, sucintamente, trataremos de resumir.

La versión oficial que ofreció el gobierno de George W. Bush, en pocas palabras, afirmó que varios terroristas de la red Al Qaeda, dirigida por Osama Bin Laden, secuestraron cuatro aviones que mantuvieron en su poder durante dos horas volando en el espacio aéreo de Estados Unidos y luego los estrellaron contra el World Trade Center y el Pentágono. Como resultado del impacto se derrumbaron las torres gemelas y fue averiada la parte baja del edificio del Pentágono.

Pero las afirmaciones centrales de la versión dominante sobre lo que pasó en la acción criminal tiene muchas falsedades, hasta el punto que se han encontrado 145 mentiras e inexactitudes en uno de los informes oficiales sobre los atentados.

El Bin Laden que es o no es

Es significativo, por ejemplo, que a pocas horas de los atentados se supiera con tanta claridad, y sin realizar ninguna investigación independiente, que el organizador de los atentados fuera el magnate de Arabia Saudita Osama Bin Laden y una pretendida red terrorista bautizada como Al Qaeda.

Bin Laden fue preparado y financiado por la CIA desde los tiempos de los muhadines en Afganistán y el 10 de septiembre de 2001, el día anterior a los atentados, como está debidamente probado, estaba hospitalizado en un centro médico de la CIA en Rawalpindi, una ciudad de Pakistán, reponiéndose de un problema renal.

El propio Bin Laden rechazó de inmediato la autoría de dichos ataques en un comunicado a la cadena de televisión Al Jazeera.

Luego, se encontró en la ciudad afgana de Jalalabad un vídeo donde confirmaba su culpabilidad. Los partidarios de la teoría del auto-atentado afirman que dicho vídeo es un montaje, y aseguran que la persona  que sale en el mismo no es Osama Bin Laden, y exponen las siguientes razones: en primer lugar, el carente parecido físico del hombre del vídeo con Bin Laden; en segundo lugar, el hecho de que llevase un anillo de oro, lo cual está prohibido por el Islam; y en tercer lugar, que escribiera una nota con la mano derecha cuando en realidad Bin Laden era zurdo.

Otro hecho adicional que cuestiona la responsabilidad del millonario saudita radica en afirmar que desde unas cavernas de Afganistán, sin ningún medio de comunicación y sin poder disponer de grandes cantidades de dinero, urdió, financió y preparó durante años los atentados del 11S y estos se realizaron de una forma tan elemental, cuando unos piratas secuestraron cuatro aviones y lo hicieron usando los cuchillos y los tenedores del propio servicio de cafetería de las aeronaves. Todo este cuento es algo insostenible en estos tiempos de control tecnológico y financiero casi absoluto.

No menos patético resulta constatar que el mismo día de los atentados se estableció con precisión la identidad de los responsables y además se descubrió que esos individuos habían preparado las acciones terroristas, en propio suelo de Estados Unidos, durante varios meses.

¿Cómo es posible que se les identifique fácil y rápidamente luego de los atentados pero nunca  se les detectó cuando vivían en Estados Unidos, donde se matricularon en cursos de aviación?

La historia de la caída de las Torres Gemelas

Tal vez las imágenes más vistas en la historia de la humanidad corresponden al momento en que se estrellaban los aviones contra las torres del WTC y poco después empezaron a caer, como si fueran de juguete, las gigantescas construcciones, una tras otra con diferencia de pocos minutos.

La primera duda de innumerables especialistas, que consideran ha sido  engañada la opinión pública,  es que no ha sido la primera vez en la historia que algún avión se ha estrellado contra edificios y éstos no se han derrumbado, aunque sí se han incendiado en la zona del impacto.

Como es lógico, un terrible choque, como el de grandes aviones, tiene que afectar esas construcciones, pero no a tal punto de derribarlas como si fueran castillos de naipes.

Numerosas investigaciones  han probado que la demolición no fue producida por el choque, sino por una deflagración preparada de antemano y que se hizo coincidir con el impacto de los dos aviones.

Equipos de arquitectos, ingenieros y expertos en explosivos averiguaron lo que sucedió y en diversos estudios concluyeron  que era físicamente imposible que las torres se fueran al piso como resultado del choque, porque las temperaturas que se produjeron tras el impacto no alcanzaron el nivel necesario para fundir o debilitar las estructuras de acero que sostenían los edificios, y porque, salvo las demoliciones controladas, nunca antes ni después se había visto una caída libre en la que los pisos inferiores, con todo su peso en hormigón y acero, no ofrecieran  ninguna resistencia a los superiores.

Si eso no era posible, entonces algo diferente provocó el derrumbe y eso fue una explosión.

Comentaron los expertos que para ello se utilizó un explosivo llamado nanotermita que si se combina con algún oxidante puede cortar el acero en segundos, como si se tratara de mantequilla caliente.

Residuos de ese explosivo fueron encontrados en el polvo cercano al lugar donde estaban las torres. Además, la nanotermita produce un color similar al que se desprendió en el momento del choque contra la torre 2. Una cuestión complementaria indica que ese explosivo tan sofisticado sólo puede ser manejado en Estados Unidos por sectores ligados al complejo militar.

Como lo subrayó el científico danés Niels Harrit, quien comprobó sin ninguna duda que en los atentados se empleo nanotermita: “Esta sustancia ha sido únicamente preparada con contratos militares, en Estados Unidos y probablemente en los principales países aliados. Es una investigación militar secreta y seguramente no fue preparada en una cueva de Afganistán”.

Como si todo esto fuera poco, lo más contundente e inexplicable en la versión oficial está relacionado con el hecho indiscutible de que, en realidad, no fueron dos sino tres los edificios que se cayeron en el complejo del WTC.

A las 5 y 30 de la tarde del 11S, o sea, nueve horas después de la caída libre de las dos torres principales, se derrumbó la llamada Torre 7, situada a escasos 100 metros de la Torre Norte, aunque contra ella no se estrelló ningún avión.

¿Por qué esa misteriosa Torre 7, de unos 47 pisos, se fue a tierra si no recibió impacto alguno? ¿Por qué se cayó muchas horas después del choque de los dos aviones y de manera similar, como si fuera producto de una demolición?

Es obvio que este suceso no puede ser explicado en el contexto de la “teoría oficial” del 11S y por eso se procede a ocultarlo y por ello nadie habla de esa incomoda Torre 7.

Pero la afirmación que no se sostiene de ninguna manera es el ataque del avión estrellado contra el Pentágono, porque resulta imposible que en este caso hayan dejado de operar las leyes físicas al suponer que el choque fue de tal magnitud que todo se pulverizó hasta desaparecer por completo.

Lo raro del caso estriba en que cuando se produce un accidente de avión, como ahora se vio con el derribado en Ucrania, es que en cientos de metros quedan desperdigados restos del fuselaje, de los asientos y de las maletas de los viajeros.

Del pretendido avión estrellado contra el Pentágono no quedaron restos ni huellas de ningún tipo, ni partes de los cuerpos de la tripulación o de los pasajeros. No quedo nada, ni vidrio, ni caucho, ni los metales de los que se hacen los aviones, ni los motores, ni las cajas negras, las que, según la versión oficial, se fundieron.

Al mismo tiempo, diversas pruebas fotográficas, imágenes y testimonios comprueban que es físicamente imposible que un avión se hubiera estrellado contra el Pentágono, porque cómo explicar que un Boeing de 100 toneladas de peso, de 38 metros de largo y 13,60 de alto a una velocidad de 800 kilómetros por hora se clavara contra el piso y sólo provocara un orificio de unos 5 metros de lado a lado y el césped que se encontraba a la entrada del edificio quedara completamente intacto.

Esto no quiere decir, desde luego, que el Pentágono no hubiera sido impactado, claro que lo fue, pero no por un avión, sino por un misil, como lo prueba el tamaño del orificio de entrada y el tipo de daños que produjo, ya que atravesó por lo menos seis muros de hormigón.

Otra teoría que no se sostiene es la del cuarto avión secuestrado, el vuelo 93 de United Airlines que se estrelló en Pensilvania por la acción decidida de los pasajeros. La pretendida prueba de esta aseveración son varias llamadas telefónicas hechas desde los teléfonos celulares que portaban los ocupantes del avión quienes contaban a sus familiares en tierra lo que estaba aconteciendo en su terrible odisea aérea.

Esas llamadas se hicieron cuando el avión volaba a 10 mil metros de altitud. Como parte de un pésimo guión hollywoodense el invento está muy bien, el único problema es que es falso de principio a fin, porque sencillamente en 2001 las técnicas de telefonía celular por entonces existentes no permitían que se realizaran comunicaciones a esa altura.

La historia oficial es la historia oficial, aunque 13 años después, además del dolor de las familias por la personas muertas y  desaparecidas y del daño físico de los heridos, comienza a ofrecer el deterioro y padecimiento en decenas de miles de ciudadanos inocentes que estuvieron involucrados de alguna manera en los fatídicos hechos y que han sido y son víctimas de intensos dolores de cabeza, abortos, cambios en el cerebro, aumento de la sensibilidad general al miedo, problemas pulmonares, manifestaciones cancerígenas en una magnitud anormal.

Y ni hablar de lo que vino después en la guerra contra 60 o más rincones del mundo, ni la prédica vigente de “estás con nosotros o estás contra nosotros”.

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