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Maltrato animal: lucro más que tradición

La mayoría de los entrenamientos a los que son sometidos los ejemplares se basan en el dolor y las privaciones. Tales prácticas con criaturas salvajes suponen peligros adicionales

Tauromaquia
El toro yace casi sin vida a los pies de sus cobardes torturadores |

Redacción Central |

En nuestra época es innoble contemplar a los animales con placer mientras son vejados o se debaten entre la vida y la muerte en actos concertados con fines recreativos.

Con frecuencia el motivo real de quienes apoyan espectáculos como los circos con animales, la tauromaquia y lidias de perros o gallos no es la celosa conservación de antiguas tradiciones, sino la búsqueda de los ingresos procedentes de esas actividades altamente lucrativas.

El entrenamiento de los perros de pelea incluye encierros, colgaduras sostenidos por sus dientes, golpes y carreras atados a bicicletas.

Los gallos son adiestrados bajo gran estrés para potenciar su rivalidad, que en condiciones normales los lleva a peleas de pocos minutos.

El tiro al pichón es otra distracción en la que el ave, proyectada al vuelo desde una jaula, tiene escasa posibilidad de salvarse, bajo el fuego divertido de un jugador. En el mejor caso, la víctima sufre solo un tiro de gracia pero está claro que todos no aciertan a la primera. Muchas padecen malheridas largamente antes de ser buscadas para el remate.

También sufre el toro con su lomo herido a base de banderillas clavadas antes de una muerte tan inútil como dolorosa.

Sin embargo, es más difícil entender la agonía animal en un circo, que tiene un trasfondo brutal no siempre reconocido.

La reacción a los duros entrenamientos puede llevarlos a la repetición de los mismos actos con pocas variaciones que se manifiesta en los felinos con una deambulación repetitiva, en los elefantes y osos por un constante balanceo de la cabeza o en los primates con un exceso de limpieza.

Muchos circos mantienen en sus números jirafas, que por su estructura anatómica no deben viajar tan a menudo, o a hipopótamos que necesitan condiciones imposibles de brindar en ambientes móviles, pues requieren ser tapados completamente por el agua estancada. Tigres, osos y elefantes no tienen mejor suerte en esos establecimientos.

A menudo, solo con oír una palabra del adiestrador los animales reaccionarán al relacionarla con la agresión a la que son sometidos durante los entrenamientos junto a esa palabra.

“Sería hipócrita pensar que la doma puede darse sin cierto grado de violencia”, reconoció el domador Perre Robert Levy.

Pero las criaturas salvajes, aunque aparenten calma, suponen un grave riesgo potencial para el público e incluso se registran algunas reacciones imprevistas que han originado la muerte de personas y de otros animales.

En 2004 Roy Horn, del mágico Acto de Sigfried & Roy, fue atacado por uno de los tigres blancos del espectáculo que iba atado con una correa y súbitamente lo agredió en el escenario ante más de mil 500 personas. Horn sufrió graves heridas y gran pérdida de sangre.

Un año después, elefantes del circo Tarzán Zerbini pisotearon a su entrenador hasta matarlo. En 2007 un pitón de 18 pies salió de su cerca en un circo itinerante de Rusia y estranguló fatalmente a una empleada.

Tres leones escaparon del circo en la ciudad colombiana de Armenia Quindío en 2009 y ocasionaron daños en una casa y la muerte a un perro.

Los animales marinos en cautiverio no escapan al montaje de exhibiciones en las que se saca partido al hambre y su total dependencia de los entrenadores para conseguir alimento. Se usa lo que la industria llama “recompensa positiva”.

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