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La Asamblea Constituyente de Egipto: desprecio y contrarrevolución

La redacción de una nueva Constitución para Egipto enfrenta a todas las fuerzas que aspiran al poder y pone en peligro los objetivos que algunos persiguieron al manifestarse en la Plaza Tahrir

Redacción Central |

La redacción de una nueva Constitución para Egipto enfrenta a todas las fuerzas que aspiran al poder y pone en peligro los objetivos que algunos persiguieron al manifestarse en la Plaza Tahrir

Paul Sedra
Jadaliyya.com

La Constitución ha ocupado en una semana el centro del escenario de la tensa transición política de Egipto. El martes, el Tribunal Administrativo de El Cairo remitió la cuestión de la legalidad de la Asamblea Constituyente al Tribunal Constitucional Supremo (TCS) y no se espera que éste tome una decisión, por lo menos, hasta dentro de dos meses. Los defensores de la Asamblea vieron en la decisión del Tribunal Administrativo de reconocer a la entidad que está redactando la Constitución una ocasión para poder concluir los trabajos emprendidos durante los últimos cuatro meses.

Desde que la Asamblea publicó un borrador parcial de la Constitución propuesta el 10 de octubre de 2012, ha estado sometida a continuos ataques por parte de las fuerzas de casi todos los grupos políticos. Entre los ataques más furibundos estuvo el que encabezó el profesor de la Universidad HelwanSherifYunis, quien en el título de su ahora citadísimo artículo ya anunciaba de lo que iba: «Fascismo en nuestra nueva Constitución».

En mi opinión, tan inquietante como las deficiencias hábilmente expuestas por Yunis es el procedimiento que la Asamblea Constituyente ha adoptado para valorar, al parecer, la reacción de los egipcios ante su trabajo. El EgyptIndependent, citando al director del centro para las relaciones con los medios de la Asamblea, Reda AbdelAziz, ha informado que dicha entidad iba a montar una «campaña de concientización sobre la Constitución» con un presupuesto de 60.000 libras egipcias. Un informe posterior del Ahram Online subía la cifra para la campaña, denominada «Conoce Tu Constitución», a 100.000 libras egipcias, citando al miembro de la Asamblea Constituyente AmrAbdelHadi.

Las dificultades económicas a que Egipto se enfrenta son bien conocidas. Pero pensar que los miembros de la Asamblea consideran que su trabajo merece tan poca publicidad es, sin embargo, bastante desconcertante. Después de todo, ¿cuánto espacio de propaganda o tiempo de emisión van a proporcionar las irrisorias 100.000 libras egipcias? Si esa cifra es en efecto exacta, la Asamblea gastará apenas la décima parte de una piastra, es decir, 1,2 milésimas por egipcio, para despertar su conciencia acerca de la Constitución. Esa cifra representa apenas 0,02 céntimos de dólar por egipcio.

Me temo que la magra suma presupuestada para hacer conocer la Constitución no nos dice tanto del escaso aprecio que los miembros de la Asamblea tienen sobre su trabajo como de su ínfima valoración del pueblo egipcio. Igual ocurrió bajo la dictadura militar, una elite reducida se apropió del poder político en Egipto para imponer a millones de seres, a quienes esa elite despreciaba con cierto disimulo, los cambios que la beneficiaban. ¿Cómo puede uno explicar la ausencia del más mínimo parecido con una consulta pública durante el proceso de redacción? ¿Acaso Egipto ha exhumado para la Asamblea a una casta de reyes-filósofos que pueden adivinar la voluntad del pueblo egipcio con tan solo la fuerza de su pensamiento?

El tono desdeñoso pone de manifiesto una carga de desprecio en una institución que la revolución ha propiciado, pero que, como Manal al-Tibi explicaba elocuentemente en su carta de dimisión de la Asamblea, está finalmente sirviendo de forma perversa a los objetivos de la contrarrevolución: «Al final, el proceso va a servir para crear una Constitución apoyada en los mismos fundamentos que el régimen que la revolución logró derrocar, cambiando tan solo de personas».

Todo esto es para decir que, por encima de todo, ese proceso importa. Si Egipto hubiera en efecto exhumado una casta de reyes-filósofos que elaboraran una Constitución que reflejara a la perfección la voluntad de todos los egipcios, eso constituiría asimismo una traición a la revolución. Egipto no necesita una Constitución hecha meramente para el pueblo y del pueblo, sino hecha por el pueblo. En vez de fomentar y supervisar un debate público sustancial acerca del futuro que Egipto necesita tan desesperadamente, la Asamblea Constituyente ha decidido llevar a cabo sus deliberaciones a puerta cerrada, sin contacto alguno con los egipcios.

En efecto, hasta hace muy poco, los únicos detalles sustanciales sobre el documento que emanaban de la Asamblea llegaban en forma de rumores. En ese sentido, la Asamblea emuló una vez más la política del viejo régimen, cuyo cuidadoso control de la información llevaba a la proliferación de rumores sobre todo tipo de cuestiones, desde las subvenciones a la sucesión, rumores que demasiado a menudo dividían a la oposición desde dentro y disipaban el potencial para la protesta. En un aspecto importante, los rumores son la antítesis de la revolución desde el momento que reflejan una falta de transparencia en las labores de gobierno.

Al cubrir la información sobre la Asamblea Constituyente, los medios se han centrado tanto en los conflictos entre islamistas declarados y laicos declarados acerca del carácter de la «segunda república» que la Constitución ha pasado desapercibida. De nuevo, esto parece una desviación de lo que está realmente en juego en este proceso de redacción de una Constitución: ¿Cómo puede surgir un sistema democrático y pluralista del gobierno de una Asamblea que se sitúa por encima en vez de entre los egipcios?

Paul Sedra es profesor adjunto de Historia en la Universidad SimonFraser , y editor de los temas de Oriente Medio en el periódico HistoryCompass.

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