Internacionales

Tres incógnitas –hoy— en Oriente Medio

En el mundo de las incógnitas, tres interrogantes se plantean hoy en Oriente Medio sobre la situación futura de tres naciones: Egipto, Iraq y Siria

Redacción Central |

En el mundo de las incógnitas, tres interrogantes se plantean hoy en Oriente Medio sobre la situación futura de tres naciones: Egipto, Iraq y Siria

Joaquín R. Hernández
Especial para La Voz del Sandinismo

En el mundo de las incógnitas, tres interrogantes se plantean hoy en Oriente Medio

La primera: qué puede hacer un presidente en Egipto.

La pregunta no es tan tonta como puede parecer.

Abocados los electores a una segunda vuelta en la elección de un presidente, la definición de las funciones de este cargo está aún pendientes de la redacción de una nueva Constitución que defina dónde radicará el verdadero poder en el milenario país árabe.

La constitución anterior, fuertemente presidencialista, fue suspendida por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas tras la caída de Hosni Mubarak. Entonces se decidió que el Parlamento escogiera una asamblea constituyente.

Pero nadie esperaba que el susodicho Parlamento, después de las elecciones parlamentarias, estuviera dominado mayoritariamente por partidos islámicos, en especial los Hermanos Musulmanes. Una corte gubernamental suspendió el proceso de selección de la Asamblea por considerarlo no representativo del espectro social egipcio. Es decir, por la posibilidad de que inclinara su composición del lado islamista.
Es decir, impedir nada que sonara desagradable a los oídos de los sectores que no alcanzaron mayoría en las elecciones parlamentarias ni a los militares.

Ahora, luego de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, con un casi empate entre el candidato de los Hermanos Musulmanes (25% de los votos), Mohamed Morsi, y quien representaría al sector militar, Ahmed Shafiq (23,6%), antiguo primer ministro de Mubarak, la definición de la forma de gobierno, y por lo tanto, del alcance de los poderes presidenciales y parlamentarios, permanece en un absoluto limbo.

¿Cómo se resolverá? No es difícil presagiarlo: de vencer el candidato más cercano a los militares, la opción presidencialista, quizás no tan marcada como en la época de Mubarak, se impondría.

De vencer los Hermanos Musulmanes, no perderían la oportunidad de conceder al Parlamento un papel de mucho peso, donde desde hace tiempo, aun en la ilegalidad, han tenido una fuerte presencia y ahora una considerable mayoría.

La segunda incógnita: quién sucederá al ayatollahSayedAli al-Sistani, hoy enfermo de cuidado, como líder supremo chiíta en Iraq.

Al-Sistani, nacido en Irán, cursó estudios islámicos en Najaf, Iraq, desde 1951 (Najaf, junto con Qoms, en Irán, es uno de los centros teológicos fundamentales del chiísmo). En los años posteriores vio crecer extraordinariamente su influencia religiosa, en especial luego de la muerte de Mohammed Sadeq al-Sadr. Su mezquita fue clausurada por el gobierno de Saddam Hussein y reabierta tras la invasión estadounidense.

Pero en el islam es difícil trazar la línea divisoria entre la influencia religiosa y la política. Al-Sistani fue decisivo en la conciliación entre las divididas fuerzas chiítas ante las primeras elecciones parlamentarias, a las que unió en la llamada Alianza Unida Iraquí –conocida como «la lista Sistani»—y propició su presencia mayoritaria en el parlamento y en el gobierno iraquí.

Ante su enfermedad, que le ha hecho viajar a Europa para recibir tratamiento, han comenzado a barajarse nombres para su sucesión. El más prominente es, sin duda, MahmoudHashemiShahroumi, nacido en Najaf, quien vivió durante mucho tiempo en Irán.

Hombre cercano al líder supremo iraní, AlíKhamenei, el ayatollahShahroumi ha figurado de hecho en importantes órganos de dirección iraníes.

Cien ayatollahs jóvenes decidirán la sucesión de al-Sistani, pero no parece haber otra opción. De ser escogido Shahroumi, los lazos entre Irán e Iraq, hoy decisivos, se fortalecerán aún más.

¿Qué lealtad pesará más entonces en Iraq: aquella que lo vincula con Estados Unidos, de cuya intervención militar surgió un gobierno de amplia base chiíta, o la que dicta la comunidad confesional e histórica entre el chiísmo en Irán y en Iraq?

La tercera y más urgente interrogante: quién está interesado en el éxito del Plan Annan para la solución de la terrible situación existente hoy en Siria.

El Plan Annan tiene como finalidad detener la guerra interna en Siria y evitar los ya abundantes derramamientos de sangre, por la vía de la conciliación nacional.

Pero hasta ahora parece un plan huérfano de varios de sus padres originales. Occidente (es decir, Estados Unidos y sus aliados), uno de sus principales promotores, está repitiendo –profusamente acompañado de su poderosa prensa– el esquema libio: comenzar por una campaña de fines humanitarios para, por el camino, cambiar de objetivo y proponerse el cambio de régimen.

De ahí que parezca más que sospechosa la agitación en torno a las acciones que ocasionaron en el poblado de Houla 110 muertos, entre ellos 49 niños. Aunque en una guerra pueden producirse acciones letales indeseadas, la reacción occidental es más que sospechosa. Automáticamente, los países comprometidos en la oposición al gobierno del partido Baath, y otros con la política exterior de Estados Unidos, expulsaron a los embajadores sirios respectivos.

El listado es llamativo: Australia y Turquía declararon persona non grata a todo el equipo diplomático sirio en Camberra y Ankara; Francia, España, Canadá, Bélgica, Holanda, ¡Suiza!, Bulgaria y el Reino Unido expulsaron al embajador, y Japón, hasta el momento poco interesado en este dilema, hizo lo mismo.
El jefe de los 280 observadores de Naciones Unidas en el país árabe señaló la gravedad de la acción, pero no se atrevió a designar un culpable.

Rusia, China e Iraq ratificaron su oposición a una intervención militar.

Parecen ser estos países, y el propio gobierno del presidente Bachar el Assad, los únicos realmente interesados en el éxito de la gestión de Annan. Su fracaso, en el cálculo occidental y en el de sus aliados de la región, sería la puerta abierta para que Rusia y China se presentaran nuevamente en el Consejo de Seguridad y enfrentaran, ahora bajo la nueva presión de la iniciativa pacífica fallida, un nuevo intento de resolución que legitimaría una intervención militar.

¿Sería el triunfo del respeto a los derechos humanos? Por supuesto que no. De derrocar al gobierno del Partido Baath, los países occidentales, y en especial Estados Unidos y sus aliados, se quitarían de encima otro de los gobiernos que durante décadas han enfrentado sus pretensiones hegemónicas sobre la rica región y han servido de retaguardia a los luchadores contra la ignominia sionista.

también te puede interesar