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Grandes del deporte mundial

Greg Louganis abrazó la perfección

Greg Louganis
Greg Louganis |

Ariel Flores |

Demasiado se ha escrito de Gregory “Greg” Louganis y la mayoría de las opiniones coinciden en llamarlo el ornamentalista perfecto en sus ejecuciones.

Quienes lo vieron, sobre todo al encumbrarse en el olimpo, llegaron a decir que sus saltos desde la plataforma o el trampolín tenían visos de algo sobrenatural, pues burlaba la ley de la gravedad y, tras sus piruetas endemoniadas, el agua cortada por su cuerpo casi ni se inmutaba.

Poseía una combinación ideal en su anatomía para ligar fuerza y flexibilidad, a lo cual unía armoniosamente mucho talento.

Nadie duda es que el estadounidense fue quizás el mejor entre los especialistas de saltos ornamentales, por encima incluso del gran italiano Klaus Dibiasi.

Aún es incierto dónde nació, pero la mayoría de las biografías ubican su origen -29 de enero de 1960- en la ciudad californiana de San Diego, aunque otras aseguran que vino al mundo en el archipiélago de Samoa, en el Pacífico.

Tal vez por aquello de que su padre era samoano y su madre sueca, quienes, adolescentes ambos, entregaron al pequeño en adopción al matrimonio de origen griego formado por Peter y Frances Louganis.

Para Greg fue el deporte un verdadero bálsamo, que en la pubertad le hizo enderezar el camino después de una infancia complicada, en la cual se mezclaron sus problemas de salud (dislexia y asma) con la adicción al tabaco (nueve años) y la marihuana (12).

Su primer éxito llegó a los 11 años de edad –dos después de balancearse por primera vez en los trampolines- con una puntuación máxima en las olimpiadas infantiles de Colorado Springs. Lo ayudó la práctica del ballet y la gimnasia, cuyos movimientos combinó.

Apenas un lustro después se encumbró. Integró la escuadra olímpica a los Juegos de Montreal-1976 y no hizo quedar mal a quienes confiaron en él, al ganar el título en plataforma, aunque quedó sexto en trampolín.

Estuvo ausente en Moscú-1980, como todo deportista norteamericano, y reapareció en Los Angeles-1984 para alzarse con el oro en el trampolín, con una abrumadora ventaja de 92,10 puntos sobre el chino Tan Liangde, el plateado de entonces. También ganó en el estrado fijo.

Entonces su entrenador, Ron O´Brien, pronunció una frase célebre: “Creo que en ningún deporte nadie se ha acercado tanto a la perfección como Louganis”, e incluso descartó a luminarias como el atleta Carl Lewis.

Greg ganó en 1985 el Premio Sullivan al mejor deportista nacional y en 1987 acumulaba 19 victorias consecutivas en competencias, aval con el cual al año siguiente concurrió a la olimpiada de Seúl, donde fue el protagonista de un episodio al mismo tiempo trágico y heroico.

Ronda clasificatoria en trampolín. El estadounidense cumple el noveno salto. Un fallo, su cabeza golpea el tablón. Al agua desmayado, rescatado e inconsciente por 20 minutos. Media hora más y salió vendado para concluir la etapa.

Con 24 horas de descanso concurrió a la final. El chino Xiong Li, de 14 años –la mitad de los de Greg-, lo presionaba peligrosamente con ventaja mínima.

El campeón defensor toma el reto. Ejecuta un medio mortal hacia atrás, sin detenerse a pensar que dos saltadores habían muerto antes en la historia de ese ejercicio. Su perfección le dio la puntuación indispensable para la victoria y el oro olímpico.

También lo consiguió en plataforma, único ornamentalista en conseguir el doble en dos Juegos estivales.

Por el valor demostrado y la contribución al deporte con su ejemplo, recibió en la urbe coreana el premio del Comité Olímpico Internacional al concursante que mejor expresó el espíritu olímpico.

Al regreso tomó el camino del retiro, con un palmarés que incluía cinco coronas en campeonatos del orbe, seis en Juegos Panamericanos y 47 de Estados Unidos.

En 1994 asombró desagradablemente al mundo con la revelación de un bien guardado secreto: la sangre vertida en la piscina de Seúl estaba infectada con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH).

Ya Greg sabía de su contagio con el VIH antes de la competencia. Solo unos pocos conocían la verdad oculta. A escondidas engullía cada cuatro horas su antirretroviral AZT en medio de los Juegos.

Actuó irresponsablemente. Pudo infectar a quienes limpiaron su herida, o al médico que lo atendió, o incluso a otros competidores, ajenos a su padecimiento. Todos dieron negativo en exámenes posteriores.

Y el mundo que lo mimó, también lo perdonó.

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