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Jim Thorpe: el despojo al mejor

En los Juegos Olímpicos de Estocolmo-1912, el estadounidense James "Jim" Francis Thorpe ganó dos medallas de oro en pentatlón y decatlón, proeza que le anularon durante ocho décadas por cuestiones racistas

El atleta más maravilloso en el mundo, Jim Thorpe
El atleta más maravilloso en el mundo, Jim Thorpe | The Daily Beast

LA VOZ DEL SANDINISMO |

Sus palabras desde el lecho donde pasaba los últimos momentos de su vida se repetían incesantemente, casi ininteligibles: «Mis medallas, devuélvanme mis medallas».

Aquellas frases podían parecer los desvaríos de un ser agonizante, no así para quienes conocían su historia.

Él estaba plenamente en sus cabales, y hasta el postrer instante estuvo clamando por que se enmendara la injusticia cometida 40 años atrás, cuando mentes racistas de su país lo despojaron de los galardones más preciados para todo deportista: las preseas olímpicas ganadas.

En las olimpiadas de Berlín-1936 y Los Angeles-1984 los estadounidenses Jesse Owens y Carl Lewis obtuvieron cuatro medallas de oro cada uno, algo único en el atletismo universal. Durante los Juegos de Estocolmo-1912, su compatriota James «Jim» Francis Thorpe (su nombre en inglés) sólo ganó dos, pero su actuación devino hazaña de todos los tiempos por haberlas alcanzado en los eventos más difíciles, pentatlón y decatlón.

Es decir, para obtener esos resultados tuvo que disputar 15 pruebas, en cuya mayoría salió airoso por abrumadora ventaja. Además, tomó parte en las justas individuales de saltos de altura y longitud, con honrosos cuarto y séptimo lugares, respectivamente.

Thorpe se sentía satisfecho, realizado, y su sano orgullo se acrecentó aún más cuando el Rey Gustavo de Suecia le manifestó: «Señor, usted es el más grande atleta del mundo».

Pero Jim había cometido un pecado imperdonable por partida doble. Primero, nació indio (sioux); segundo, su esposa era blanca. Muy pronto comenzó a pagar sus «culpas».

La Amateur Athletic Union, después de una minuciosa y malintencionada búsqueda, encontró la justificación para su felonía.

A principios de 1913 comunicó al Comité Olímpico Internacional (COI) que Thorpe jugó para un equipo de béisbol de las Ligas Menores en la temporada 1909-1910, cuando cobró la irrisoria suma de 70 dólares mensuales dado lo precario de su situación económica. Así, consiguió la descalificación del atleta alegando profesionalismo.

En hermoso gesto, los ocupantes de los segundos peldaños olímpicos en pentatlón y decatlón, el noruego Ferdinand Bie y el sueco Hugo Wieslander, rechazaron las medallas de oro del norteamericano. «Son de Jim, es el mejor», coincidieron.

Thorpe fue alevosamente traicionado por la nación a la que dedicó sus glorias deportivas apenas unos meses antes. Quedó decepcionado, pero no vencido, y durante el resto de sus días peleó por la devolución de los galardones.

Siguió en el béisbol, ya completamente profesional, en el cual se mantuvo por ocho años. También, fue un brillante jugador del llamado fútbol americano. Antes había practicado baloncesto, hockey sobre hielo, natación, boxeo, tenis y tiro con arco

En lo adelante, sin embargo, no sólo lo persiguió el dolor por la gloria arrebatada, sino que cayó en una desesperada escasez de recursos monetarios.

Cuentan que durante la celebración en Los Angeles de los Juegos Olímpicos de 1932, Jim deambulaba por los alrededores del estadio Coliseum sin poder acceder por falta de dinero suficiente para pagar la entrada. Alguien lo reconoció y fue llevado a la tribuna de honor, donde recibió una ovación de la concurrencia.

A pesar de todo, tuvo una última satisfacción. Tres años antes de su deceso, una encuesta periodística en su país lo nominó el deportista más completo de la primera mitad del siglo XX, relegando a planos inferiores a ídolos como el pelotero George Herman «Babe» Ruth y el boxeador Jack Dempsey.

El sioux Wa To Chuk (Sendero Luminoso), nieto del legendario jefe Águila Negra, nacido en 1888 en la reserva india de Shawnee, Oklahoma, murió en 1953 sumido en la miseria y la amargura, aunque recordado por toda la afición de un mundo que un día lo proclamó el más grande entre los grandes.

Sus hermanos de sangre erigieron un monumento para inmortalizar su hazaña y no cayera en el olvido el despojo del cual fue víctima: «A James Thorpe, el más extraordinario atleta del mundo y que más injustamente se le negó la gloria de sus triunfos».

En 1982, el COI decidió de manera póstuma devolverle las medallas y volver a incluir sus marcas en los registros olímpicos.

¡Cuánto tardó en hacerse justicia!

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