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Historia del árbol de Navidad

El árbol de Navidad tradicional se realiza con un abeto

Navidad Nicaragua
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LA VOZ DEL SANDINISMO |

A muy pocas personas conocerá que no le guste un bonito y decorado árbol de Navidad. Con sus adornos navideños, sus bolas, luces o caramelos colgando, ¿verdad? Por no hablar de los más pequeños de la casa, que se quedan asombrados por su belleza y disfrutan engalanándolo cada mes de diciembre. Pero no siempre ha sido como lo conocemos hoy en día, ni tampoco ha tenido el mismo significado.

Independientemente de las pequeñas diferencias que puedan existir entre países actualmente, el origen del árbol de la Navidad es común. El árbol de Navidad tradicional se realiza con un abeto.

Muy relacionado con las costumbres paganas del norte de Europa (sobre todo en Alemania), hace siglos el abeto debió su prestigio a su hipotética capacidad para atraer los rayos.

En la Antigüedad se pensaba que el rayo era de procedencia divina: recuérdese la figura del dios de la mitología griega Zeus, que portaba un rayo en su mano. Por tanto, todo aquello que lo atrajera debía ser sagrado.

La tradición precristiana alemana del Lichtenbaum se vincula a los ritos de la luz del rayo. Otra circunstancia adicional convirtió al abeto en árbol mágico: las tradiciones germanas y sus leyendas cuentan que este árbol es hábitat de los elfos que moran en su tronco.

Los elfos, como espíritus del bosque que eran, podían interferir en la vida de la gente. Por ese motivo, los leñadores ponían sumo cuidado al aprovisionarse de leña para no desgajar sus ramas ni hacerles daño: molestar a un elfo se pagaba con la vida, leyenda que no sólo ponía a salvo a este árbol, sino que le concedía una dimensión particular.

Es sabido que su uso como árbol navideño es una continuación del que tuvo originariamente entre los germanos, el roble, árbol que para ellos también era sagrado y en torno al cual se celebraban ritos. Una coincidencia extraordinaria unió los destinos y significados de ambos árboles: cuando en el siglo VIII san Bonifacio, que predicó el cristianismo a aquellos pueblos taló un roble, éste al caer aplastó muchos arbustos, y al haberse salvado un pequeño abeto el santo dijo: “He ahí el árbol del Señor; llamadlo desde ahora árbol del Niño Jesús” (Ecce arbor Domini; vocate illum abies Yhesu).

La costumbre del abeto se hizo muy popular, y ya en la Edad Media europea era una práctica frecuente el caracterizar con él la Navidad. En el siglo XVI estaba tan extendida la costumbre que un edicto alsaciano de 1560 mandó que nadie tuviera más de un árbol y que éste no excediera los ocho pies de altura.

Al principio de la existencia del árbol de Navidad, se colgaban de sus ramas rosas de papel, dulces, pan de oro, manzanas y golosinas de azúcar. Parece que el religioso agustino Martín Lutero, promotor de la Reforma protestante en Alemania, añadió las velas.

Por otra parte, de procedencia supersticiosa antigua, las luces encendidas representan las almas de los antepasados muertos. En un texto del XVII que aún hoy se conserva, escrito por un clérigo alemán llamado Dannhauer, se puede leer: “Por estos días se dispone en las casas de familias cristianas unos árboles donde se fijan objetos que lucen y juguetillos que atraen y gustan a los niños, que sabiéndolo se avalanzan sobre ellos el día de Navidad”.

Se desconoce de dónde vino esta costumbre, pero es posible que fuese por la intención de encaminar a los más pequeños hacia el árbol de Nuestro Señor. Aquella práctica gozó pronto del favor general, y en el XVIII el árbol de Cristo, el Christbaum de los germanos, había arraigado en casi toda Europa. Este árbol peregrino, como se le llamaba en la España cervantina, gozaba de buena reputación; pero a pesar de su utilización cristiana nunca se olvidó su dimensión mágica: hábitat de los espíritus encantados más que encantadores, pues a menudo se divertían gastando a los hombres bromas pesadas.

Mel/Bga

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