Curiosidades

Pararrayos humano

Un estadounidense recibió siete descargas y ninguna lo “partió”

Roy Cleveland Sullivan
Roy Cleveland Sullivan, el pararrayos humano |

Ariel Flores |

Es común oír metafóricamente que a alguien lo “partió un rayo” en el caso de que le haya ocurrido una desgracia, ya sea material o espiritual. Lo que no es nada frecuente es que a una persona lo alcance una centella y no lo parta, literalmente hablando.

Sin embargo, existe un hecho insólito, recogido en su momento en el libro Guinness de los récords, de un ser que con toda justeza recibió el mote de “el pararrayos humano”, pues en siete ocasiones recibió descargas eléctricas atmosféricas y siempre sobrevivió.

Cuenta ese tomo que tal fue lo acontecido con el estadounidense Roy Cleveland Sullivan, nacido el 7 de febrero de 1912, quien durante 36 de sus 71 años de vida se desempeñó como guarda forestal en el parque nacional de Shenandoah, en el estado de Virginia.

Su fantástica odisea comenzó en 1942, cuando se encontraba en una torre de observación, y solo perdió la uña del dedo gordo de un pie.

En 1969 le tocó el turno cuando conducía su camioneta por un camino montañoso. Al recobrar la conciencia, perdida por el golpe eléctrico, comprobó que no tenía cejas.

Al año siguiente su hombro izquierdo resultó chamuscado y en 1972 el rayo le provocó un incendio en su cabello, el cual apagó al volcarse un balde de agua.

Sullivan tuvo nuevas quemaduras en el cabello (una vez más ardió) y las piernas en 1973, tras ser expulsado de su vehículo por el impacto del rayo.

En 1976 tuvo heridas en un tobillo y en 1977 las quemaduras fueron en el pecho y el estómago, mas esta vez tuvo que ingresar a un hospital para recuperarse.

Con un aval tan drástico, difícilmente el pararrayos humano hubiera podido encontrar compañera para pasar sus días, una empresa demasiado arriesgada para cualquier mujer.

Pero sí, Sullivan estuvo casado y… ¿qué pasó? Su pareja fue alcanzada también una vez por una centella, mientras se encontraba en el traspatio de su hogar en compañía del marido, quien la ayudaba en una tarea doméstica.

El pobre hombre tuvo posteriormente una desgracia mayor que la de las descargas eléctricas. Un amor no correspondido provocó lo que no había logrado ninguno de los rayos de marras, pues al no poder resistir el despecho Sullivan se suicidó el 28 de septiembre de 1983 de un disparo de escopeta.

Resulta indiscutible que por este hombre el relámpago sentía una particular atracción, aunque nunca pudo explicarse la razón de su adversidad.

Más aún si se tiene en cuenta que la oportunidad promedio de humanos golpeados por ese fenómeno atmosférico, lo cual varía según la ubicación geográfica y los hábitos personales, fue estimada en uno cada 600 mil.

Evidentemente, Sullivan era una excepción.

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