Cultura

Curiosidades de la Managua de nuestros abuelos

De entre nuestros narradores, el escritor Juan Aburto se destaca

Casa Blanca. Foto Postal, Guillermo Alaniz, Managua 1913. Archivo Histórico IHNCA
Casa Blanca. Foto Postal, Guillermo Alaniz, Managua 1913. Archivo Histórico IHNCA |

Manuel Segovia |

De entre nuestros narradores  Juan Aburto se destaca. Es uno de los que dejaron para el futuro deliciosas estampas de la vida en la Managua de principios del siglo XX. Los héroes y antihéroes de sus relatos se mezclan en el folclor, más provinciano que urbano, de la ciudad que comenzaba a modernizarse.

Banqueros, gerentes, habitantes comunes, personajes vocingleros y pintorescos se desparraman en sus relatos, que describen las costumbres, juegos infantiles, tertulias literarias y hasta encuentros de béisbol y platos de la cocina típica de la época.

Nació en Managua en mayo de 1918. Este admirable cronista de la ciudad que lo vio nacer, fue miembro activo de varios círculos literarios y mentor de jóvenes escritores y pintores.

Representó con dignidad y orgullo a nuestra Patria en eventos culturales internacionales. Se mantuvo siempre trabajando. Y precisamente en el trabajo lo sorprendió la muerte, en medio del Encuentro de Narradores Latinoamericanos de 1988, en la capital mexicana.

Quiero que disfruten conmigo la lectura de uno de los pasajes de su libro “Managua en la memoria” publicado por la Editorial Vanguardia, de la Alcaldía de Managua, en 1989. Y seguro que volveremos con otros, para el bien de nuestra cultura.

MANAGUA EN LA MEMORIA, por Juan Aburto.

“En los años de las décadas de los 20 y los 30, las costumbres de la Managua de entonces eran sumamente arraigadas y mostraban vivamente los usos del tiempo de la Colonia y de un pasado indígena reciente. Las mansiones eran vastas, de adobes con rejas de madera; corredores con maceteras col¬gando y jardines extensos o patio de árboles grandes con palmípedas del lago domesticadas y jaulas de chichitotes y zenzontles. El zaguán destinábase a recibir las cargas de la hacienda familiar, que cada mañana volcábanse con ruido de naranjas, de piñas y de plátanos desparramándose por el piso.

Zanates y clarineros, palomas y güises volaban desde los patios a los tejados, que en la cumbrera remataban con una pequeña tinajita llena de agua bendita para atraer a los buenos espíritus y alejar a los rayos en los días de tormenta. En las casas principales había piano o violines, y desde las 8 de la mañana se dejaban oír las escalas o ejercicios de sol-feo que practicaban las niñas mayores. Las muchachas, antes de esas clases, peinábanse el pelo largo con burillo, y se hacían el lazo con una ancha cinta de color. La afición local por la música manifestábase en las barriadas con serenatas y conciertos de mandolinas y dos guitarras, y se tiraban cohetes por la tarde mientras barrían el frente de las casas y hacían quema de la basura en las esquinas, en un ambiente constante de fiesta popular. Se vendía buñuelos o atol a la sombra de los árboles de cati¬vo, en mesitas adornadas con papelillo pegado. Los médicos hacían sus visitas en cochecitos de un caballo, y eran jinetes los vendedores que al amanecer repartían el pan. Las cantinas famosas de la barriada oriental de Managua tenían nombres napoleónicos famosos: «Waterloo», «Austerlitz», «Marengo», «La Isla de Elba».

Entre la lluvia bañábanse las turbas de muchachos desnudos en las avenidas ruidosas que bajaban como ríos enfangados desde las Sierras de Santo Domingo, y cuando las correntadas no permitían el paso de los transeúntes, éstos eran traslada¬dos «a tuto» de una acera a otra por 5 «bollos» el viaje. En los arenales húmedos después de los aguaceros los muchachos todavía desnudos hacían castillos, construían diques y bus¬caban centavos y baratijas entre los charcos.”

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