Cultura

Monarcas, manías y rarezas

Muchos de estos personajes tuvieron vidas plagadas de excentricidades debido a su poder

Monarcas, manías y rarezas
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B. García |

Luis IX, el único rey francés que ha sido canonizado, ordenó quemar con un hierro incandescente la lengua de quienes juraran en nombre de Dios.

 

Las esposas infieles de los sultanes turcos eran metidas en sacos con piedras y arrojadas al vacío desde los muros de palacio.

 

Algunos científicos sugieren que las debilidades mentales de ciertos emperadores romanos, como Nerón y Calígula, podían haber sido agravadas por la ingestión del plomo residual procedente de las soldaduras de platos y vasos.

 

Cayo Julio César Germánico Calígula comenzó a reinar ganándose la aprobación del pueblo con amnistías y fiestas, pero poco después mandó matar a su coheredero Tiberio Gemelo y a Macrón, que le había impulsado al trono; violó a una de sus hermanas, con la que mantuvo posteriormente relaciones incestuosas, mientras a las otras las convirtió en prostitutas; nombró cónsul a su caballo “Incitatus” y obligaba a mujeres casadas de su corte a mantener relaciones sexuales con él y después iniciaba en nombre del marido los trámites de divorcio por adulterio.

 

Para cumplir el mandato que impedía la ejecución de mujeres vírgenes, Tiberio ordenó que antes fuesen violadas por el verdugo.

 

La reina de Babilonia Semiramis tenía 50 esclavas que se dedicaban exclusivamente a los cuidados de su belleza.

 

Para disimular su notoria calvicie, la esposa de Carlos I, Isabel de Baviera se hacía un peinado que remataba en un larguísimo cono del que colgaban finísimas gasas. El peinado hizo furor entre las nobles damas del siglo XIV, de manera que el cono era más alto cuanto más aristócrata era la cabeza que lo llevaba.

 

Enrique I de Castilla murió en 1217 de un golpe en la cabeza con una piedra, arrojada por unos niños que estaban jugando.

 

El duque de Wellington (1769 – 1852) era adicto al opio, que ingería para recuperarse de las resacas.

 

Pirro, rey de Epiro, falleció en el sitio de Argos por una teja lanzada por una anciana desde una azotea, en el año 272.

 

Luis el Gordo (1081-1137) prohibió que los cerdos circularan libremente por las calles de París. Esta decisión se debe a que su hijo murió al caerse del caballo por culpa de uno de estos animales.

Catalina envenenó las páginas de un libro que regaló a Enrique IV, para que este muriera al pasar las mismas mojando el dedo en saliva. Sin embargo, se equivocó ya que su propio hijo, Carlos IX, fue quien lo hizo y murió.

 

En cierta ocasión, Mohamed II, para descubrir cuál de sus pajes se había comido unos melones que había reservado, mandó que se les abriera el estómago en vivo y de uno en uno. Al llegar al decimocuarto, apareció el culpable.

 

Se dice que la amante de Luis XV, Jeanne Antoinette Poison, marquesa de Pompadour, gastó durante su vida más de seis millones de francos en perfumes.

 

Cuando murió Juan II de Portugal, en 1495, se prohibió que los ciudadanos se afeitaran durante seis meses.

 

Jahangir, gran mongol de la India (1569-1627), tenía un harén que estaba compuesto por 300 esposas, 5.000 mujeres sirvientes y un millar de jovencitos que satisfacían todos sus caprichos.

 

Tras la ejecución de Luis XVI, todos sus sirvientes, la florista y su leal montero se quitaron la vida.

 

Carlomagno, hijo de Pepino el Breve, fundó el considerado Imperio Romano de Occidente, pero fue incapaz de aprender a escribir.

 

La princesa Isabel, hija de Catalina I de Rusia (1684-1727), asistía junto con otras muchachas de la corte a bailes de travestidos para emborracharse. En aquella época, las mujeres no podían beber alcohol en las fiestas.

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