Cultura

“Torito” no pudo ser escrito sino por un argentino

Argentino y latinoamericano con erre y sin erre: así era Cortázar

Julio Cortázar
Portadas de "Nicaragua tan violentamente dulce" y "Rayuela" |

Redacción Central |

La leucemia se lo llevó a los 69 años según reza el certificado de defunción emitido poco después del mediodía del 12 de febrero de 1984 en el hospital Saint Lazare, de París. Luego se ha afirmado que fue de las primeras víctimas del sida, enfermedad entonces aún desconocida y contraída debido a una infortunada transfusión de sangre contaminada; e incluso se ha dicho que murió de amor, dos años después que lo hiciera Carol Dunlop, su última esposa y compañera, cuya relación databa de 1970.

El autor de “Nicaragua tan violentamente dulce”, compilación de sus experiencias personales en las múltiples visitas que hizo a Nicaragua desde 1976 fue un comprometido con la revolución latinoamericana.

Pero la anécdota de hoy no está directamente relacionada con su ideario revolucionario ni político, sino con su fuerte arraigo argentino, que él diferenció y defendió del chovinismo impensado. Muchas veces le preguntaron por qué vivía en el extranjero y no en su patria, y otras tantas le achacaron su peculiar manera de hablar arrastrando la letra “R” a un “afrancesamiento” de su cultura.

Nada más lejos de la realidad. En una entrevista concedida al periodista peruano radicado en Argentina Julio Guerrero saltó una vez más la curiosa interrogante, a lo que respondió el escritor: “Es curioso: mucha gente piensa que este acento yo lo he adquirido en Francia, y eso les resulta molesto. A mí también me molestaría si fuese cierto, porque sería la prueba de que me estoy olvidando del español y que el francés influye incluso en mi paladar y cuerdas vocales. Bueno, yo hablo así desde que empecé a hablar. Por una razón muy sencilla: nací en Bélgica… Durante cuatro años mi familia se vio obligada a quedarse en Europa…Y entonces hablé mucho en francés; es decir, el primer idioma que me enseñaron las criadas… Casi todas eran francesas y suizas; de modo que, prácticamente yo hablaba sólo francés. Luego, cuando a los cuatro años vine a la Argentina, como todo pibe me olvidé del francés en una semana y comencé a hablar español. Pero me quedó el acento: en esa época, esa ciencia maravillosa que se llama foniatría existía en un estado un poco larvario. De lo contrario, en quince días de ejercicios, un foniatra me hubiera quitado esta «r» tan incómoda…Usted sabe que eso no es afrancesamiento. Además, ¿le parece que un afrancesado hubiera podido escribir «Torito»?”

Y me saltan a la mente algunos pasajes de ese relato “Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas… Y es así, ñato. Más largas que esperanza’e pobre.” que sólo un argentino podía haber escrito, aunque viviera y muriera en París.

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