Cultura

Vigilia en Bismuna

En las planicies pantanosas del nordeste, a muy poca distancia de la frontera con Honduras donde arde una guerra no declarada, hay un ínfimo punto en el mapa: Bismuna, ruina de lo que fue un poblado de indios misquitos y teatro, hace apenas diez días, de un encarnizado combate entre los guardafronteras sandinistas y una […]

Julio Cortázar |

En las planicies pantanosas del nordeste, a muy poca distancia de la frontera con Honduras donde arde una guerra no declarada, hay un ínfimo punto en el mapa: Bismuna, ruina de lo que fue un poblado de indios misquitos y teatro, hace apenas diez días, de un encarnizado combate entre los guardafronteras sandinistas y una banda de contrarrevolucionarios que intentaron repetir otra de las frecuentes incursiones que dejan un elevado saldo de asesinatos de campesinos y saqueos de sus míseras aldeas.

Casi en el mismo momento un grupo de unos veinte norteamericanos de diferentes procedencias, confesiones y profesiones, desembarcó en Managua con el propósito declarado de llevar a cabo una «vigilia de la paz», o sea instalarse en algún lugar lo más próximo posible de la frontera para protestar con su actitud y su ejemplo contra las maniobras «Pino Grande» que estaban llevando a cabo tropas estadounidenses en combinación con las hondureñas.

La poeta salvadoreña Claribel Alegría, su esposo y yo decidimos partir con el grupo y compartir la vigilia; cuando llegamos, en la aislada y poco accesible Costa Atlántica, a Puerto Cabezas, etapa inicial del viaje (desde luego aprobado y facilitado por el gobierno sandinista), lo primero que nos dijo William Ramírez, comandante de la zona, fue que estábamos completamente locos.

—Hasta ayer se estaba combatiendo en Bismuna, y a ustedes se les ocurre precisamente ir allí. No sé si podré autorizar el viaje, mañana les daré la respuesta; pero si es afirmativa, sepan que iré con ustedes porque también yo soy loco cuando se trata de cosas así.

Tras esa declaración que todos encontramos de una gran cordura, hubo un compás de espera que nos permitió conocer Puerto Cabezas, segunda ciudad de la distante y crítica zona atlántica del país. El grupo de los norteamericanos conoció por primera vez en esos días amenazantes la actitud de los pobladores de la ciudad, que por las noches encienden grandes fogatas en las esquinas y se reúnen para cantar canciones revolucionarias y folklóricas, escuchar poemas de autores locales, y manifestar su apoyo a las tareas de defensa y vigilancia, más que nunca necesarias en una costa particularmente vulnerable a las infiltraciones del enemigo.

A la mañana siguiente partimos por fin a Bismuna, donde los guardafronteras sandinistas nos esperaban para asegurar nuestra protección y darnos las instrucciones necesarias en caso de algún ataque. Nos alojamos en las cabañas abandonadas de los misquitos —que viven ahora en uno de los nuevos asentamientos que a su vez les aseguran protección contra las incursiones—, y nuestro campamento donde los principales enemigos eran los insectos y el sol como de plomo fundido se volvió escenario de esa vigilia de paz a tan poca distancia del lugar donde se cumplían las sospechosas maniobras.

El contacto de los visitantes con los jóvenes combatientes sandinistas se llevó a cabo fácilmente gracias a los excelentes intérpretes con que contábamos, y todos pudimos conocer de muy cerca la situación fronteriza, visitar la zona donde se habían desarrollado los combates de los últimos días, con algunas de sus macabras huellas y los restos todavía humeantes de los incendios de cabañas y pastizales.

Muchas y a veces pintorescas anécdotas llenaron nuestros días de vigilia, y sus noches se vieron animadas por largas reuniones en las que los jóvenes combatientes pudieron escuchar las canciones de Norma Elena Gadea, incansable trovadora de la canción nicaragüense, conocer mejor a sus insólitos visitantes, dialogar con ellos y compartir vituallas y mosquitos con la misma fraternidad. Hubo alguna alerta la segunda noche, que nos obligó a dormir con las botas puestas y prontos a correr hasta la trinchera a la que teníamos orden de arrojarnos en caso de bombardeo; pero pronto se vio que la derrota sufrida por los contrarrevolucionarios en los días anteriores bastaba por el momento para mantenerlos a distancia.

En el interin se supo que la noticia de la vigilia estaba ya llegando a los Estados Unidos, donde muchos sectores de la población no habrán quedado indiferentes ante un acto, cuyo valor simbólico debió ser profundamente dramático, para muchos de ellos: del otro lado de la frontera en Honduras, imponentes despliegues de tropas, barcos, aviones y hasta submarinos norteamericanos maniobraban en la zona junto con tropas del ejército hondureño. De este lado, un pequeño grupo de veinte mujeres y hombres cumplían una vigilia silenciosa y pacífica, enarbolando distintivos contra la guerra nuclear y la intervención de su país en América Central. Una vez más el pequeño David se erguía ante el monumental Goliat, a uno, y otro lado de esa frontera diariamente violada por las incursiones de los ex guardias somocistas envalentonados por el apoyo de los que buscan desestabilizar el proceso liberador de Nicaragua.

Nunca las estrellas de la caliente noche tropical me parecieron más brillantes y hermosas, mientras, velaba junto con mis compañeros norteamericanos; nunca estuve más seguro de que el futuro centroamericano pertenece a sus pueblos en lucha, desde Guatemala hasta El Salvador. Se lo dije a uno de esos amigos a la vez momentáneos y permanentes: «El día vendrá en que aquí podremos mirar el cielo por el placer de contemplar estas estrellas y no para detectar los aviones que traen la muerte». El humo de nuestros cigarrillos era más dulce y más perfumado en ese silencio que nos envolvía en torno a la fogata de medianoche.

Nicaragua, febrero de 1983

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