Ciencia y Tecnología

Cambio climático: el tenebroso legado de la Revolución Industrial. Parte I

Desde mediados del siglo XVIII la humanidad cambió su forma de vida con la industrialización de todos los procesos. En medio de eso, comenzaría la aceleración de un fenómeno que hoy hace saltar numerosas alarmas

Cambio climático: el tenebroso legado de la Revolución Industrial.  Parte I
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Alejandro Guevara |

Hasta el siglo XVIII el desarrollo humano estuvo estancado. La economía de casi todos los países se basaba en la agricultura por tracción animal, minería rústica y la creación de servicios donde fuera posible. No existían producciones en serie y ningún bien se asemejaba a los que hoy conocemos. La manufactura imperaba.

La situación cambió luego de 1750. Una serie de avances tecnológicos, como la máquina de vapor, inventada por el británico James Watt —a quien debemos la unidad de medida eléctrica que lleva su apellido y los “caballos de fuerza”—, dieron paso a un período que se extendió hasta el inicio del siglo XX, conocido como Revolución Industrial.

Si bien los historiadores todavía no trazan las líneas exactas que delimiten los períodos en que puede dividirse la Revolución Industrial, y algunos hasta prefieren no utilizar el término de “revolución”, sí es seguro que estos cambios masivos en la forma de producir tuvieron un efecto contundente en la configuración geopolítica del mundo que hoy conocemos.

Y es que la Revolución Industrial, a largo plazo, tuvo y tiene consecuencias económicas, políticas y sociales nunca antes conocidas. Ningún imperio en la Historia, ningún fenómeno natural vivido por la humanidad, ninguna guerra anterior, reconfiguró nuestra existencia. Esta “revolución” sí lo hizo, y de qué manera.

El legado de la Revolución Industrial no quedó solo en lo económico, político o social. También aceleró un fenómeno que hoy muchos mencionan y —desgraciadamente— pocos entienden: el cambio climático.

Reconfigurando la Tierra

La Revolución Industrial inició en Inglaterra por el sector textil, donde una serie de invenciones condujeron al perfeccionamiento de esta actividad económica.

Al mismo, tiempo, la máquina de vapor comenzó a aplicarse en no pocas industrias, y permitió acelerar el desarrollo del transporte. Barcos y ferrocarriles utilizaron estos motores, acortando distancias. Aparecerían luego en la segunda mitad del siglo XIX el motor de combustión interna y la energía eléctrica, lo que permitió fortalecer aun más el proceso industrial.

Con estas mejoras, los productos alimenticios ganaron, por ejemplo, en inocuidad. Así se conservaban más, viajaban más rápido a sus destinatarios y permitían mejorar el nivel nutritivo de las personas. Por esta causa, comenzó la humanidad a experimentar una explosión demográfica nunca antes conocida. Se redujo de forma significativa la mortalidad infantil, y los procesos industriales se comenzaron a aplicar para todas las ramas de la vida.

La Tierra “se reconfiguró”, especialmente en Europa, donde se expandieron las ciudades de forma acelerada, un cambio que luego cruzaría el Atlántico hacia Estados Unidos. Estos países iniciaban el camino para convertirse en el llamado Primer Mundo. La colonizada África poco pudo avanzar, Asia era un mundo explorado a medias y también con atrasos tecnológicos, y América Latina estaba en un proceso emancipatorio y de conformación de identidades nacionales. Todas estas regiones quedaron entonces a la zaga y fueron meros proveedores de materias primas para las crecientes industrializaciones.

Las consecuencias medibles… y las invisibles

En lo económico, la Revolución Industrial permitió incrementar el redimiento laboral, redujo el costo de producción y reportó un enorme crecimiento a la riqueza de las naciones industrializadas. Así comenzó a acumularse capital que dieron paso al desarrollo de compañías hoy convertidas en oligopolios internacionales de gran poder.

En este período se diseñaron, desarrollaron y perfeccionaron las vías de comunicación y los medios de transporte, haciendo posible el intercambio entre las naciones. Nacieron además las Cámaras de Comercios, las compañías de seguro y creció la banca.

La artesanía y la manufactura no pudieron competir con la gran fábrica capitalista y fueron desapareciendo paulatinamente.

El impacto social de este proceso llevó a la desaparición del campesinado en Inglaterra. Aparecieron las grandes ciudades, luego transformadas en centros industriales.

Cambió radicalmente la estructura profesional de la población: a cuenta de la población agrícola se incrementó el número de personas ocupadas en las diferentes ramas de la industria.

Los obreros, sin organización alguna, comenzaron a experimentar problemas crecientes. Esto llevó a la aparición de gremios y sindicatos. Surgieron además dos clases bien diferenciadas en la sociedad capitalista: la burguesía industrial y el proletariado. Así nacerían entonces corrientes de pensamiento que buscaron solucionar los problemas crecientes de los menos favorecidos, entre ellas el socialismo.

Por ese camino la burguesía, además de acumular riqueza, se afianzó en la política, y el Estado comenzó a ser relegado a un segundo plano. Sería la antesala del nefasto neoliberalismo que acá conocemos bien.

A medida que la humanidad industrializó su vida, las emisiones de gases contaminantes a partir de la quema de combustibles fósiles crecieron de forma exponencial. En ese entonces nadie conocía del término cambio climático, o calentamiento global. De hecho, los estudios que se hicieron por parte de unos pocos científicos avezados, quedaron en el olvido por muchos años.

Mientras el carbón ardía, y luego el petróleo se quemaba en las grandes chimeneas, un enemigo silencioso comenzó a formarse. La acumulación de estos gases en la atmósfera aceleró un proceso climatológico que si bien se da en la Tierra cada cierto tiempo, tiene un registro espacial tan amplio que la humanidad ni siquiera lo conocía.

La Revolución Industrial, además de sus beneficios para la mejoría de la vida, tiene también un legado tenebroso.

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