Ciencia y Tecnología

Impresoras 3D, entre bondades y peligros

La tecnología de impresión en tres dimensiones, un campo totalmente “verde”, tiene usos fabulosos como la creación de nuestros propios alimentos. En contraste, también permite producir artículos peligrosos como armas de fuego funcionales

Impresoras 3D
Impresoras 3D |

Alejandro Guevara |

Es un hecho: la impresión en tres dimensiones llegó para quedarse. Este campo, aún no explotado en toda su potencialidad, comienza a mostrar las dos caras de todas las cosas del mundo: el bien y el mal. Y de no regularse a tiempo, podría ser bien peligrosa.

Por un lado, con las impresoras 3D podemos crear casi de todo: casas completas, prótesis para personas con amputaciones, herramientas, obras de arte, juguetes, adornos, ¡hasta comida real!

Pero en cambio también es posible fabricar un elemento que comienza a hacer saltar las alarmas: armas de fuego totalmente funcionales, con balas incluidas.

Esta dualidad de “usos”, pone en la palestra cuestiones éticas y de regulación para el uso de estos productos, con una gama de equipos muy diversa, acaso en su fase de proto exploración.

¿Cómo surgió esta tecnología? ¿Llegará al alcance de todos pronto o es un proyecto destinado a las élites económicas? ¿Es posible regular lo que se “crea” con una impresora 3D?

Impresión en X, Y…..y también Z

Cuando estudiamos Matemáticas en el colegio nos enseñan que el mundo se compone básicamente de tres dimensiones: alto, ancho y profundidad. A esta se añade luego una cuarta, la temporal, pero con las tres primeras, que generalmente se denominan X, Y y Z, percibimos el mundo que nos rodea a diario.

Este mundo tridimensional ha sido recreado a lo largo de la historia por dispositivos tecnológicos, en un esfuerzo de los desarrolladores por hacer que sintamos una experiencia más real al utilizarlos.

Hoy el mundo de los videojuegos combina esta tecnología con gafas especiales para hacer que los entornos 3D dentro de la pantalla lleguen a nuestra sala de forma vívida. Igualmente ocurre con algunos intentos de dar vida a las fotos, con marcos electrónicos donde estas pueden reproducir bucles de video pequeños al estilo de las que vemos en los filmes del mago más famoso del mundo, Harry Potter.

Este desarrollo 3D comenzó a gestarse en el mundo de las impresoras en 1983, cuando Chuck Hull, un inventor destacado en el campo de la óptica iónica, idea el primer método, la estereolitografía.

Un lustro más tarde la compañía 3D Systems, fundada por el propio Hull, comercializa las primeras máquinas de impresión estereolitográficas.

En la década de 1990 del pasado siglo continuaron desarrollándose estos métodos y aparece la impresión 3D por deposición de material fundido (fused deposition modelling o FDM), y la impresión por láser.

En 1993 un grupo de estudiantes del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Boston, Estados Unidos,  concibe la impresión 3D por inyección.

Pero no es hasta 2005 que en la Universidad de Bath, Reino Unido, se desarrolla la primera máquina 3D capaz de replicar modelos previamente diseñados. La RepRap, como se le conoce, supuso un salto adelante en la normalización y acceso a las impresoras tridimensionales.

De ahí en lo adelante esta tecnología se ha comercializado fuera de las grandes compañías, aunque el costo de un equipo es tan alto aun (sobre los 700 dólares mínimo), que no es algo que tenga el vecino más acaudalado en su estudio.

Entre la bondad y la maldad

Como describí al inicio del artículo, las bondades de una impresora 3D son ilimitadas. ¿Acaso construir una casa mediante uno de estos equipos no es maravilloso?

Igualmente lo es Foodini, una creación 3D capaz de imprimir comida. Creada por la empresa Natural Machines, este prototipo utiliza materiales de comida orgánica para replicarlos y conformar la comida final.

Es decir, con harina, crea pan, y con carne, hamburguesas, por ejemplo. Las aplicaciones prácticas de la máquina en cuestión podrían ser interminables.

Pero quiero que nos enfoquemos en el problema que han acarreado las impresoras 3D: la creación de armas de fuego.

Estos equipos, con el diagrama y programación adecuados, permiten imprimir un arma plástica. De inmediato seguro llegaste a la conclusión que un arma de este tipo es un problema. En los escáneres de los aeropuertos, por ejemplo, es indetectable.

El problema para los creadores de tamaña monstruosidad, es la munición.

Pero Michael Crumling, un mecánico de 25 años que reside en Pensilvania, Estados Unidos, ya logró desarrollar un modelo de pistola que tiene la parte superior descubierta, donde se aloja el cartucho. Así no daña la bala, utilizando un cartucho especial.

Esta bala de calibre 32 se encuentra a una pulgada de profundidad dentro de un casquillo de metal grueso, lo que hace que la fuerza de la explosión se absorba por el cartucho y no por la recámara del arma. De esta forma evita daños a la misma y es capaz de disparar.

En las primeras pruebas Crumling logró 19 disparos sin dañar el arma. Lo peor, es que el inventor puso on-line los planos para que sea replicada. Afortunadamente la creación de municiones requiere de un trabajo especializado, pero no deja de ser preocupante.

Esta nueva Caja de Pandora pone al descubierto que al no existir una regulación o algún tipo de restricción, alguien con el suficiente tiempo y recursos pueda hacerse de un arma de fuego capaz de provocar una tragedia sin dejar rastro. Igualmente, estudiosos del mercado prevén que desde el próximo año el abaratamiento de la tecnología de impresión tridimensional permita disponer de equipos mucho más asequibles y con ello la explosión de uso masivo.

Quizá se impone entonces revisar de inmediato el futuro de la impresión en tres dimensiones, de lo contrario las fuerzas de seguridad de todo el mundo bien pronto podrían tener serios dolores de cabeza.

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