Salud

Triunfos personales

Vivir implica estar siempre en movimiento, generando cambios, promoviendo logros, dando forma a una realidad que se ajuste a nuestros sueños

foto
Logros |

B. García |

El esfuerzo es movimiento, emoción y pensamiento. Pocas dimensiones movilizan tantos recursos y energía como esos pequeños avances y triunfos personales que hacemos a diario para conseguir un objetivo. Así, si hay algo verdaderamente importante es aprender a valorar el propio esfuerzo sin esperar a que otros lo hagan, sin tener en cuenta reproches o críticas que lejos de ayudar, desaniman.

¿Cuándo fue la última vez que lograste algo? ¿Tienes ahora mismo un proyecto en mente?

Si hay algo que todos sabemos es que vivir implica estar siempre en movimiento, generando cambios, promoviendo logros, dando forma a una realidad que se ajuste a nuestros sueños o necesidades.

Hoy podemos tener como objetivo preparar esa fiesta de cumpleaños para nuestro hijo, mañana entregar un proyecto en el trabajo y dentro de unos meses, quizás, nuestro mayor reto sea presentarnos a una oposición.

A lo largo de nuestro ciclo vital vamos trazando pequeñas y grandes metas que nos “obligan” a dar lo mejor de nosotros mismos. Y esto, como bien sabemos, no es precisamente fácil. Implica tiempo, dejar a un lado ciertas cosas, requiere sufrimiento en gran parte de los casos y, en ocasiones, hasta estar obligados a establecer ciertos filtros respecto al propio entorno para no decaer en nuestro sueño.

Es muy posible que conozcas la obra de R. Tait McKenzie. Este escultor, médico y atleta reflejó como nadie el concepto de “esfuerzo” en sus obras. No solo tenía dotes como artista, sino que gracias a él se establecieron las bases de la fisioterapia moderna.

Así, una de las ideas que siempre transmitía tanto en sus esculturas como a sus propios pacientes era que aunque todo sueño, meta deportiva o personal requiriese un gran esfuerzo y sufrimiento, el cerebro siempre debía estar alegre.

La mente es sin duda otro músculo poderoso que aprender a entrenar.

Aprender a valorar tu propio esfuerzo es el primer escalón del crecimiento personal. Es transitar por el sendero de la incertidumbre, soportando la pendiente que se dibuja no muy lejos de nuestros pies. Entender esto es más que necesario por una razón muy simple.

El camino para conquistar un objetivo puede ser infinitamente solitario, y es común recibir críticas, es habitual percibir la desconfianza de alguien cercano al darnos a entender que, tal vez, no seremos capaces de coronar esa cima.

De este modo, para no dudar más de uno mismo vale la pena comprender un aspecto relativo a nuestra neurobiología.

El cerebro humano está diseñado para “crecer” con el esfuerzo. De hecho, reconocidos neurocientíficos, como la doctora Kelly Lambert, de la Universidad de Richmond, publicaron un interesante trabajo para hablarnos de una región cerebral muy particular relacionada con este mismo aspecto.

Hay una red neuronal que conecta el núcleo accumbens con el cuerpo estriado y la corteza prefontal. Estas áreas conforman lo que la doctora Lambert llama “el circuito de recompensas impulsado por el esfuerzo”. ¿Qué significa esto? Básicamente que cuando se aúna la acción, el pensamiento y la emoción hacia un objetivo en concreto, el cerebro cambia, se motiva y empieza a gestarse algo que a todos nos puede sonar: la neuroplasticidad.

Por otro lado, algo que también nos revelan en este trabajo es que el valor del propio esfuerzo es clave para superar desde trastornos depresivos a otras complejas realidades psicológicas. Factores como el movimiento, implicarse incluso en tareas creativas y focalizar nuestro pensamiento hacia un objetivo claro (la recuperación), favorece a su vez ese despertar neuronal que puede ayudarnos a experimentar gratas mejorías.

Ahora, vayamos a un lema que, por repetido, parece mantra: “quien se esfuerza al máximo siempre logra su propósito”. Este mensaje que sin duda nos ha infundido la literatura de autoayuda tiene importantes matices.

En ocasiones, la propia sociedad no recompensa a quien más se esfuerza, sino a quien ella misma elige, a quien señala un dedo privilegiado o a quien es “bendecido” por la suerte.

A veces, fallamos, no llegamos o no conseguimos el éxito que creíamos en un principio. De hecho, estudios, como el realizado el doctor Raimond Kusurkar, de la Universidad de Amsterdam en el 2012, nos explican que la motivación y el esfuerzo mejoran el rendimiento de los alumnos.

Sin embargo, no garantizará al 100% que estos obtengan siempre buenas calificaciones. Hay muchos más factores que determinan una calificación. De ellos, además, el alumno no controla todos.

Asimismo, y más allá de todo esto, hay un aspecto central: valorar el propio esfuerzo es sembrar los cimientos de la autoestima y el amor propio. Es aprender a no depender de la opinión ajena para labrarnos nuestros proyectos. Asimismo, todo esfuerzo, sin importar el resultado obtenido es crecimiento, es aprendizaje y es valor añadido. Todo ello son competencias excepcionales que nadie nos puede negar ni quitar.

Al fin y al cabo, no importa si ese objetivo ansiado lo alcanzamos hoy o mañana. A veces, en ese viaje junto al esfuerzo y la motivación, hallamos otros senderos, otros propósitos que nos son más significativos en un momento dado. En este sentido, lo esencial es amanecer siempre con un sueño y no descuidar nunca ese amor propio donde enorgullecernos de todo lo logrado hasta el momento.

Mel/Bga

también te puede interesar