Salud

Influencias sobre la educación del niño

La educación del niño no solo debe proponerle un saber conforme a su razón y adiestrarlo en determinadas habilidades, sino debe influir de manera favorable en el desarrollo de su personalidad

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Niños en la escuela |

Redacción Central |

Dos instituciones educativas tienen especial importancia en la edad preescolar, la escuela y la familia, vista esta última como el primer agente socializador y de desarrollo de los sujetos.

En la primera infancia, el niño es particularmente sensible a las impresiones “teñidas” de afectividad. Su imagen objetiva del mundo contiene “tonos”, “valencias”, “cualidades agradables, “asociaciones afectivas”, que pueden seguir ejerciendo su acción durante años, hasta décadas. Es por ello que la educación del niño no solo debe proponerle un saber conforme a su razón y adiestrarlo en determinadas habilidades, sino debe influir de manera favorable en el desarrollo de su personalidad.

Las impresiones afectivas positivas en el niño estabilizan el desarrollo psíquico futuro.

Hoy día muchos adultos pueden decir que las influencias educativas recibidas en su infancia fueron para ellos fuente de energía inagotable, que les dio firmeza y seguridad en muchas situaciones difíciles de su vida.

La atmósfera familiar debe irradiar calor de hogar. Los padres deben encontrar tiempo para jugar con sus hijos, de vez en cuando, ya sean obreros, técnicos o profesionales. Deben participar en sus necesidades y preocupaciones, deben orientarlos positivamente respecto a las conquistas de su patria. La resonancia emocional de esas vivencias de contacto es indispensable para el desarrollo normal del niño.

En ocasiones se observan padres que no están seguros de sí mismos, la confianza en sí mismo, que debe ser habitual, se ha quebrantado. Viven con el temor siempre de perder su autoridad, su prestigio, su superioridad sobre el niño. La obsesión del prestigio les impide tener un espíritu humorístico, no entienden de bromas, lo cual repercute negativamente en la educación del niño.

Si el niño no cumple enseguida un encargo a los padres con “obsesión de prestigio” les asalta el temor y acto seguido procede a infligirle otra dosis excesiva de castigo. Es así como en ocasiones se toma demasiado a lo trágico faltas del niño en realidad innocuas e inocentes, que debían ser vistas con más benevolencia, si se quiere proceder de manera razonable.

Es también desfavorable para el sano desarrollo psíquico del niño que se exija más de lo que este puede hacer, dada su edad cronológica. Se trata al niño como si este fuese un adulto. El retozo del juego le parece injustificado. Quizás los padres hayan tenido una niñez difícil y sin alegrías y justifica su actitud exigente con respecto al niño con estas palabras: “tampoco a nosotros cuando éramos niños se nos permitía jugar horas enteras”. Pero, ¿es qué estamos justificados en exigir con exceso a nuestros hijos, por el simple hecho de supuestamente haber sido nosotros tratados así?

No, por cierto. Hay que tener en cuenta los peligros de exigir demasiado y de manera sistemática. La exigencia excesiva conduce al fracaso, a la derrota, el niño tiene la impresión de que no da la talla para cumplir lo que se le exige, se le creará un temor habitual y pensará que todo lo que se le pide es dificilísimo.

En edad preescolar la actividad rectora del niño es el juego, mediante éste aprende siempre que tenga experiencias y las toma en cuenta para sus actos y su conducta.

En la escuela se aprende de un modo especial, pero es en el hogar donde se forjan con mayor ímpetu los valores de los individuos que, desgraciada o felizmente, van estrechamente ligados a la crianza recibida.

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