Opinión

Disparates, disparates y más disparates

El necio es amante de las reglas inflexibles, de lo igual, de lo repetido y de los esquemas cerrados

Disparates-disparates-y-mas-disparates
Disparates |

Moisés Absalón Pastora |

Un necio es alguien que es insensato, es incrédulo y desobediente. La necedad es lo contrario de la sabiduría y en consecuencia es brutalidad. En todos los tiempos hubo una obstinación, por parte de los necios para ignorar la autoridad como si fuera posible pasar por encima de la ley, pero no es verdad.

Las evidencias sobran y hay gente tan necia y tan soberbia que no ve más allá de ellos y se creen “sabios, libertadores y salvadores” cuando solo son pobres hombres y mujeres desventuradas que quedaron desnudos delante de la inteligencia que los observa hasta con lástima y con pesar porque al final lo más fácil de detectar es la miseria humana. “No hay peor sordo que el que no quiere oír” y la Biblia en los Salmos dejó escrito: “Tienen oídos y no oirán; tienen narices y no olerán”. Estas frases son para los necios que no se cansan de desbaratar a nuestro país, es para los puchitos, las minucias, bagazos, charbascas, reductos, fantasmas, matraqueros o como usted quiera llamar a esos tristemente célebres oposicionistas.

La conducta necia de quienes ahora andan en los centros comerciales de payasos violentando el deseo familiar de quienes buscan desesperadamente espacios para la paz, paz que les fue arrebatada por los matraqueros, solo nos dice que ya hay locos entre los necios y que tienen el cerebro tan petrificado que aún no perciben, por la miopía que les afecta, la indiferencia del pueblo para con ellos porque mientras pegaban gritos y le daban a la matraca, en Galería y Metro Centro la gente estaba inmutable viendo el triste papel de gentes como Juan Sebastian Chamorro y Michael Healy acompañados de unos chateles que no saben ni cómo se llaman y que generaban pena ajena porque ya no saben qué inventar para llamar la atención.

Esta gente de la que hablo perdió el juicio porque sabiendo los nicaragüenses que estamos del lado de la paz y el desarrollo lo que hicieron, siguen insistiendo en desbaratar al país porque cuando aparecen en un centro comercial para pegar gritos contra una dictadura que les permite hacer tantas locuras a molestar la paz dominical de las familias, que visitan los módulos de comidas rápidas, lo que pretenden hacer es crear sicológicamente el efecto de anormalidad en el país para que nadie salga de sus casas y lo que están haciendo es buscar cómo esos pequeños negocios quiebren y si eso pasa afectarán la economía, sí, como ya la afectaron, pero también socialmente al que ahí trabaja porque una empresa que quiebra lo primero que hace es decir a sus empleados “te fuiste, hasta aquí llegamos” y ninguno de esos desadaptados que están muy bien económicamente, que visten bien, que viven en cómodas mansiones, le puede devolver el la plaza de trabajo a quienes por ellos las perdieron.

Pero la necedad de Juan Sebastián Chamorro no tiene límites porque luego de ser parte importante y destacada de la causa del mal causado se atreve a decir que nos preparemos porque los nicaragüenses vamos a sufrir más porque no le ponemos atención, porque quiere que nos cortemos los pulsos con sus locuras y sueños de opio solo porque quiere soluciones con las mismas recetas vencidas de hace seis meses, donde estén los mismos necios y los mismos sargentones de la iglesia católica diciendo que median echando fuego a la hoguera.

Hasta cuando esta gente va a entender que perdieron, que se enredaron ellos y enredaron a un montón de gente más, que en su aventura arrastraron hasta el gran capital para el cual trabajan porque les prometieron que asaltado el poder la visión de gobierno sería para la oligarquía y para los ricos.

Entre esta gente disparatada en su demencial desenfreno hay supuestos varones que se pintan los labios de rojo, que andan soltando globos no se sabe para qué, que viven llamando a marchas a las que nadie llega y para atraer clientela les ponen nombres estrambóticos que incluyen la reivindicación de la gran totalidad de gentes que asesinaron, son los mismos que se adueñaron de los de los templos religiosos hasta que el Vaticano, a través del Nuncio Apostólico, llamó al orden a los obispos que aquí son más políticos que pastores, son los puchos que se creen absolutos y quieren andar sueltos por las calles sin pedir permiso a la policía.

No voy a negar que el partido de gobierno tiene gente que le adversa y en consecuencia reconocer que ni Daniel Ortega ni Doña Rosario Murillo son moneditas de oro para caerle bien al universo de los nicaragüenses. Por supuesto que el presidente y vicepresidenta tienen enemigos y enemigos que no duermen ni tienen paz, que se revuelcan desesperados en la oscuridad de su mundo porque solo viven maquinando qué maldades hacer sin importar que dañen al país, pero es ahí donde está el asunto porque lo que le hicieron a Nicaragua, al hermoso país que veníamos construyendo hasta el 18 de abril, está en la conciencia adolorida de los que despertaron, de los que se supieron utilizados, de los que fueron envueltos en una gigantesca nube piro plástica de mentiras que envolvía en sí las patrañas oportunistas de la politiquería criolla, la perversidad mediática, la hipocresía eclesial y por supuesto el alto interés perverso de un imperio que no nos deja en paz y que insiste, igual que sus lacayos nacionales, en marcarse con la derrota de ser vistos por el mundo como cobardes que ya no saben ni qué decir, ni qué hacer.

No sé con qué locura nos quieran sorprender ahora, pero sí que lo que quisieron hacer ayer ya no lo podrán hacer mañana porque ni el país, ni sus ciudadanos, queremos volver a vivir aquellos días y noches oscuros donde el terror tuvo licencia para hacer lo que quiso sin imaginar que llegaría el presente donde aquellos que la hicieron la están pagando y que aquellos que se fueron, huyendo solo ellos saben de qué, algún día volverán para responder ante la justicia de acuerdo a la ley cuya letra es inalterable.

La necedad es prima de la intolerancia, pues a toda persona que no piense como nosotros la acusamos de necia. En este caso, el intolerante padece de una constante necedad.

Dice Cicerón que “Es propio de los necios ver los defectos ajenos y olvidarse de los suyos”, y a tal grado, que, en el caso de los errores, toda persona cuando comete un error procura no volver a incurrir en él, mientras que el necio, conscientemente, lo vuelve a cometer.

Estos necios e inadaptados que arrugados y vencidos por el tiempo hacen el ridículo como si fuesen chateles como Lester Alemán, Víctor Cuadras o aquella que pegaba gritos diciendo “¡Mamá, mamá perdóname!”, quieren que los martiricen, que alguien se les acerque y los insulte o mejor aún que los golpeen para salir llorando y decir que la dictadura los reprimió, pero no pasa nada, nadie los determina, los ven como loquitos, como gente vaga que no tiene nada que hacer y el ciudadano que no los ignora y que les toma fotos y vídeos para subirlos a las redes sociales y burlarse de ellos, sabe que el menor castigo que les pueden dar es no verlos ni con el rabo del ojo porque entonces los reductos comienzan a experimentar conflictos de existencialismos como que los ven pero nadie les habla, están ahí pero nadie los ve, hablan pero nadie los oye, hacen muecas y la racionalidad se les aparta, porque eso es lo que la gente cuerda hace frente a la necedad.

Para Cicerón, la necedad es la madre de todos los males. Generalmente, la necedad se da en aquellas personas que sufrieron una educación severa e inflexible en su infancia. Por lo general, toda persona necia fue castigada severamente, ya fuera de palabra o de manera física por sus padres. Toda persona rígida muestra comportamientos nada creativos, pues no cuenta con opciones, pues fue educada de manera estrecha. La persona necia le tiene un gran miedo y respeto a todo lo que signifique “una figura de autoridad”.

El necio le tiene un miedo difuso a la vida, pues no ha sido capaz de elaborar para sí una auténtica y genuina “ciencia de la vida”, de su particular vida, y de la manera como interactúa en la vida de los demás. El necio padece de una pobre capacidad para detectar y comprender la realidad, pues su realidad interna, tan estrecha siempre, la quiere sobreponer a la realidad “real”. El necio es amante de las reglas inflexibles, de lo igual, de lo repetido y de los esquemas cerrados. El necio no sabe quién es ni qué es, como tampoco sabe quién es y cómo es su prójimo por eso son lo que son, estorbos en una sociedad que se cansó de ellos y que no quiere nada de ellos.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.
mem

también te puede interesar