Opinión

Revolución en el Mapa espiritual de Nicaragua

El poder soberano lo ejerce el pueblo a través de sus representantes electos

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Gracias al Altísimo |

Edwin Sanchez |

I

Hay tradiciones que perdieron su base real. Solo quedan en la armazón emocional de las personas, sobre todo en aquellas aferradas al pasado, dispuestas a no abrir las puertas al nuevo día. Son víctimas o beneficiarios del monopolio de la costumbre. Otros podrían denominarlo, “el imaginario colectivo”.

Dar por sentado que porque algo fue así, así será siempre, no es sensato. Hay una gran diferencia entre una tradición nacida con cimientos auténticos y consensuados, que se prolongan en el querer de la colectividad, que aquella manufacturada o impuesta, digamos por esas familias de “rancio abolengo” que se sienten “ungidas” por Dios para gobernar per saecula saeculorum (por los siglos de los siglos).
Y si el verdadero Dios, YHVH, que quita y pone reyes, y muda las edades y los tiempos, decide otro curso de la Historia de los hombres, entonces la élite conservadora hará todo lo que pueda con tal de recuperar lo perdido, disfrazando sus ambiciones, egos y odios con la bandera que más esté de moda, digamos, la “democracia”. O “los derechos humanos”.

Las ideas recalentadas en el fuego lento de las tradiciones que frenan el desarrollo, son muy perjudiciales en las relaciones entre los individuos como entre las naciones. Es lo que sucede con el asunto religioso, por sus implicaciones sociales, económicas y políticas.

II

Hoy día, hay gente que sigue encasillada en informes desfasados de los años 50 o 60 del siglo pasado, y expresan con solemnidad que la Iglesia Católica “es la religión de la mayoría de los nicaragüenses”.

Publicaciones de otros países dan cuenta que en América Latina, las iglesias evangélicas ascienden, mientras la católica desciende. Se habla de Estados donde ya hay un promedio de 20% de la población que asiste a los cultos, sin embargo, en Guatemala, Honduras y Nicaragua, los protestantes superan el 40 %.

Con todo, los adictos al monopolio de la costumbre rechazan lo evidente y se refugian en ese discutible imaginario superado ostensiblemente por los hechos.

Es entendible, pero no justificable, el afán de los jerarcas de mantener el establishment religioso porque de ello derivan su poder y su peso en la sociedad, en tanto le confían toda la carpintería de los “temas mundanos” a su entenada, la alcurnia –heredera del pensamiento colonial– y sus hijos de casa. Bueno, hasta el 18 de abril de 2018 fue así, porque ahora se encargan directamente algunos obispos, como lo aseguró el señor Silvio Báez.

Empero, ese supuesto “poder” y “autoridad” que le “confiere el pueblo”, se instala más en la parafernalia de la tradición, en la manía de la repetición y en la infaltable desinformación, que en la dinámica de la realidad.

Gracias al Altísimo, los nuevos tiempos traen crecimiento, avivamiento espiritual y victorias para unos, y mengua, yerros y derrotas para otros.

Desgraciadamente, son pocos los que tienen la capacidad de reconocer que nada de lo que respira es estático ni petrificado. Si de veras algunos obispos y curas contaran con el benigno poder de las almas piadosas, no hubieran necesitado recurrir al maligno poder de las armas para desafiar a las autoridades, como lo demostraron entre abril y parte de julio, cuando atentaron contra la Constitución de la República y la concordia.

Ya no podemos darnos el lujo de seguir salando el presente y el futuro de Nicaragua con la paralizante perspectiva de la mujer de Lot: “Pertenece a la fe católica el 94.1% de la población; al protestantismo, el 3.9%” (Almanaque Mundial 1968).

En 2005, el éxodo de fieles era para haber declarado la Alerta Roja eclesiástica: el 57.5 % de la población profesaba la fe católica; el 21,6%, era “protestante evangélica”, según el censo del Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide). Que Conste: la investigación oficial se hizo en el penúltimo año de la gobernante derecha conservadora.

En el censo del 2010, la diáspora de católicos aumentó, al punto de identificarse con ese credo un 47,5%. En tanto, la población evangélica se elevó al 37,6%.

Ocho años después, refiere Wikipedia, “los grupos católicos se encuentran en el 41% y los protestantes o evangélicos en una cifra similar”.

Este es el Dato: en 2018 el Mapa Espiritual de Nicaragua ya no es de un solo color. Hace muchas lunas terminó el monólogo confesional.

El reverendo Miguel Ángel Casco no se deja llevar por su euforia pentecostal, sino por las estadísticas de las que sabe mucho, cuando informa que el 50% de la población de Nicaragua es evangélica.

El poder absoluto sobre las almas no existe.

Como bien dice el compositor de origen judío, Julio Numhauser: “Cambia, todo cambia”.

III

No se trata de tomar a la ligera estos informes. Puede que en el firmamento de la tradición de algunos, el catolicismo sea considerado la “estrella de Nicaragua”. Lo lamentable es que de esa forma errónea de creer se desprenden lineamientos, posiciones, declaraciones, análisis, decisiones, juicios y prejuicios que, objetivamente, no cuentan con fundamentos fidedignos.

Durante los meses cuando se perpetraron las más terribles atrocidades que se hayan ejecutado desde la barbarie importada de William Walker –gracias a la “invención extraordinaria” de los tranques como glorificó el señor Báez–, se mantuvo el estancado discurso: “la Iglesia Católica es la voz del pueblo”.

Y en los tranques se quemó a personas vivas, se ultrajó la dignidad humana, además de un extenso etcétera de violaciones a los derechos humanos.

Desde esa mentalidad que no se mueve, en tanto firmamento, se trata de sostener festinadamente que a estas alturas del siglo XXI, la Iglesia Católica “representa” a los nicaragüenses.

“El pueblo exige su renuncia”, demandaron en tercera persona algunos miembros de la Conferencia Episcopal, cuando pretendieron, en primera persona, dar un ultimátum al Presidente Constitucional, como si fueran dueños de la verdad revelada, y Nicaragua un atrasado Estado Parroquial.

Es muy grave que una persona, así sea arzobispo, o reunión de personas, usurpe y actúe en nombre del pueblo de Nicaragua, en abierto desacato a la Constitución. El poder soberano lo ejerce el pueblo a través de sus representantes electos.

La Iglesia Católica hace rato no representa al pueblo de Nicaragua, si acaso alguna vez lo fue simbólicamente. Otra cosa es ser la voz de un sector de la población: la del 46%, o menos de los nicaragüenses.

Al desmenuzar el anterior porcentaje queda más claro quién es quién en Nicaragua. La última encuesta de M&R Consultores indicó que del universo de católicos que hay en el país, apenas el 6% son religiosos, el 49% de precepto (que van a misa solo en ocasiones) y el 45% son nominales (solo dicen ser católicos, pero no practicantes).

Si así entró la Iglesia Católica al año del Señor de 2018, esas cantidades deben volver a ser revisadas, luego de las monstruosidades “bendecidas” por la Trinidad de las Tinieblas: Báez, Álvarez y Mata.

No basta decir misa con un fingido y afectado tono de voz angelical como si nunca hubiesen matado ni una mosca ni quebrado un plato. ¡Qué no hacía el “prestigioso” cura con cara de mansa paloma, Fernando Karadima, contra los niñitos! ¡Por amor de Dios!

Hay que cumplir, en primer lugar, la exhortación que más repudian los tres obispos del desafuero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Y es que para fabricar el desencuentro y quemar personas, en la liturgia del terror del Bajísimo no cabe la regla de oro de Cristo, menos su innegociable llamado de “amad a vuestros enemigos”.
mem/es

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