Opinión

Periodismo y tolerancia

En el periodismo contemporáneo hay evidentes líneas que son muy distintas unas de otras

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Moisés Absalón Pastora |

En Nicaragua tenemos un periodismo que puede decir y dice lo que quiera. No hay límites, no hay frenos ni obstáculos para que cada periodista y cada ciudadano diga lo que quiera, de la forma que quiera y con toda la libertad que quiera porque no hay censura y porque no hay medios cerrados y eso es un importantísimo avance de la de la tolerancia como base fundamental de la democracia.

Hay quienes desde un interés profundamente político quieren debatir sobre la existencia o no de la libertad de expresión, pero francamente no hay espacio para ello porque aquí, en esa materia, habitamos el reino del libertinaje donde periodistas y opinólogos dicen hasta lo irrepetible contra quienes quieran si el objetivo, más que un adversario, es visto como un enemigo al que se acabar si este piensa diferente a quien le ataca.

Desprendido de ese absurdo debate algunos periodistas que pregonan ser “independientes” y se auto llaman “democráticos” se han dado a la tarea de considerarse más que aquellos a los que llaman oficialistas y que desde la óptica, de su nunca conferido rol de jueces, dejan de ser periodistas porque no publican las pestes, los hedores, las fatalidades y el apocalipsis al que nos tienen acostumbrados Radio Corporación y La Prensa como vanguardia de otros no menos peores.

En el periodismo contemporáneo hay evidentes líneas que son muy distintas unas de otras. Sin embargo la contra posición editorial no representa de ninguna manera que se deba calificar al colega periodista de bueno o malo, de independiente u oficialista, de demócrata o progobiernista porque lo que hacemos inmediatamente es negar la esencia de una democracia que gracias a Dios nos permite tener de Nicaragua dos visiones propuestas a un pueblo que no necesita de políticos para determinar lo que realmente le conviene al país y quien desde las diferentes posiciones conocidas se acerca más a la realidad.

Hay quienes al abordarme me preguntan que por qué yo no hablo nunca de las cosas malas que hace el gobierno, entendiendo por “cosas malas” decir que esto es una dictadura, que aquí nada sirve, que aquí no hay democracia, que los empresarios están ahora del lado correcto, que los trabajadores por no protestar están domesticados, que el pueblo está cañoneado, que el ejército y la policía están sometidos, que los poderes del estado no son independientes y otras cosas que obedecen a un cliché político que repiten en ráfaga para proyectar la imagen de la más rancia fatalidad.

Otros se me han acercado para decirme que vuelva al “periodismo bueno” entendiendo por periodismo bueno al que proclama la extinción del sandinismo; el que decía que el liberalismo era una maquinaria de hacer votos; el que aseguraba que el PLC era la locomotora y los demás vagones; el que imponía que la democracia era solo para aquellos que no pertenecíamos al FSLN y que en la misma tonalidad del buen periodismo yo debía estar apoyando hoy a la oposición actual para decir de ella que es poderosa, que arrastra multitudes, que sus líderes son inmaculados y que los Estados Unidos son los mejores aliados de los falsos libertadores porque aprobarán la Nica-Act, que ampliarán la Ley Magnitsky y que con ello la “democracia” vuelve al poder.

Estas cosas cuando se comentan parecen locuras, propias de otro planeta, pero son derivaciones de la intolerancia y de la negación a ubicarnos en el tiempo que vivimos hoy y no ayer. Cada periodista tiene una responsabilidad con el medio al que sirve y por mucho que diga no puede ser independiente de lo que sus jefes, propietarios y editores del medio, le ordenen sobre el manejo de la noticia que sí o sí debe obedecer a la línea editorial de la empresa para la cual trabaja, y eso equivale a decir que si el gobernante está haciendo cosas buenas pues hay que pintarlas como malas; si el país avanza hay que decir que retrocede; si el mundo dice que Nicaragua es un ejemplo para otras naciones pues hay que decir que quienes así lo afirman no viven aquí; si hay democracia poner que hay dictadura; si la oposición pierde elecciones que hay fraude; si socialmente el pueblo se siente correspondido que lo que existe es populismo y así muchas otras cosas más que conducen a la negación de todo.

Por eso mismo, si ellos tienen derecho a pintar de negro al país hay otros que tenemos derecho a pintarlo de blanco, a quererlo estable, en paz y con abundante seguridad; a ser consecuentes con la alegría que representa una convivencia distinta a la del pasado y a ser parte del crecimiento y desarrollo del país saludando y alentando la reparación y construcción de nuevas carreteras, hospitales, escuelas, comunicaciones, electricidad y pozos de agua; estimulando el desarrollo económico que permita a través de la inversión que genere empleo la industrialización, la expansión del comercio, el turismo, la edificación de nuevos centros comerciales, parques y estructuras deportivas, es decir, todo lo que se venía haciendo hasta antes del 18 de abril.

No quiero decir con ello que al nicaragüense no le interese el tema político pero los políticos de hoy, esos que hacen de los que se auto llaman “periodistas democráticos” una escalera para subir y perfilarse para su propio beneficio, no ofrecen absolutamente nada al elector que no sean malos ejemplos, porque mientras hablan de unidad se desbaratan entre ellos mismos, hablan de relevos y no dejan que suban otros, hablan de tolerancia y no se soportan unos a otros, dicen que el pueblo está con ellos y sus piquetes de diluyen cada día más, te hablan de nuevas opciones y se fundan y refundan en diferentes siglas pero siendo todos los mismos rostros de siempre arrugados y expuestos como fotos amarillentas carcomidos por cucarachas chinas; te hablan de respeto a la bandera y regalan la patria al interventor y al invasor que históricamente es el mismo.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.
mem

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