Opinión

¿Mediadores y testigos?

Desde la misma instalación del tan demandando diálogo las intenciones de algunos obispos no se hicieron esperar

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Moisés Absalón Pastora |

El pasado 19 de julio ante una eufórica plaza llena el Presidente de la República Daniel Ortega hizo una cronología desde la “A” hasta la “Z” de cada una de las circunstancias y etapas que el pretendido golpe de estado agotó a fin de hacerse del poder ante la incapacidad de lograrlo cívica y electoralmente.

El mandatario marcó como inicio de la conspiración el incendio forestal de la Reserva Indio Maíz y después las reformas del INSS que fueron retiradas, los muertos que nunca debieron darse, pero tragedia que era necesaria para los que manejan el complot, la campaña cibernética y mediática alentando el caos, el impresionante recuento de los policías muertos, el relato, hasta ese momento inédito del suceso vivido por la embajadora norteamericana Laura Dogu, cuyo gobierno es el jefe y además financiero de esta confabulación, la destrucción, los incendios, las torturas, el irrespeto a la dignidad humana, la profanación de cadáveres y otras cosas más que se ejecutaron con saña contra todo nicaragüense que estuviera marcado por el gran pecado de ser sandinista.

El Presidente Ortega, además de haber dejado muy marcado que las cosas de Nicaragua se deciden aquí y no en Washington, abordó como centro de la narrativa de los acontecimientos un tema que a todos los nicaragüenses nos ha quedado más que claro, incluso para el oposicionismo, qué sin representar absolutamente a nadie, está sentado en una mesa de “diálogo” donde todo el mundo sabe que hay dos partes y no tres porque claramente hay jerarcas de la iglesia católica, que diciéndose “mediadores y testigos” son en realidad no solo activistas políticos definidamente al lado de los intereses del golpe de estado sino que lo más grave, nos lucen tan bien perfilados como el Momotombo, como los grandes instigadores del golpe de estado.

Desde la misma instalación, del tan demandando diálogo, que fue propuesto por el presidente Ortega, las intenciones de algunos obispos no se hicieron esperar y uno de ellos, Juan Abelardo Mata, sin ser parte oficial de la mediación, arrebató y asaltó el micrófono, pues no estaba en el guión, para decirle al mandatario que nos encontrábamos frente a una “revolución social y pacífica” y que mejor se fuera porque todo era cuestión de días.

Yo que estaba ahí, como dialogante invitado por el gobierno, vi en la escena la imagen de un pitbull o un rottweiler, qué, habiendo probado sangre, aquella que derramó el muchachito de Lester Alemán, cuando dijo absolutista y precozmente que aquella no era una mesa de diálogo, sino de capitulación, capté además de Mata, que apellido, por algo amenazó de muerte al presidente, a Silvio Báez y a Rolando Álvarez, destrozando la yugular y sacudiendo frenéticamente el cuello de la víctima porque se les ocurrió que las tenían todas consigo y que había que matar en puerta.

No estoy diciendo que los profesionales de la fe, llámense católicos, pastores, rabinos o monjes, no tengan que ver desde el lente político los acontecimientos del país, pues tienen derecho a ser ideológicamente lo que quieran, pero otra cosa es hacer política partidaria, porque su rol debe ser conciliador y porque en sus iglesias hay, en el caso nuestro, sandinistas, liberales, conservadores u otros que se llegan a ofender y a cuestionar profundamente a guías espirituales que más bien alientan al odio y de ahí la reacción contra algunos obispos de la iglesia católica que por sus actitudes han vaciado sus templos porque sus feligreses se retiraron de las iglesias.

Muchos nicaragüenses, que públicamente nos manifestamos en las redes sociales o en los medios de comunicación, siempre supimos del actuar de algunos obispos en política y aunque ciertos de que no son dioses ni santos, se les guardó respeto por la investidura que representan, pero fue tanto el descaro partidario y de negación a su apostolado, que ya se les menciona con nombres y apellidos como agitadores, como golpistas y desestabilizadores de un país que quisieron reducir a cenizas a nombre de Dios.

Lo venían haciendo desde antes del complot, pero al emplazar sus cañones contra la paz del país, desde una actuación totalmente parcializada, se deslegitimaron como mediadores y testigos no solo desde el diálogo sino desde muchos templos, incluso la Catedral de Managua, convertidos en cuarteles, por sacerdotes que nunca fueron capaces de interceder por los sandinistas que fueron secuestrados, amarrados y torturados, sino que solo gestionaban por aquellos que desde los tranques y barricadas asesinaron con morteros, armas hechizas, pistolas, rifles, escopetas y armas de alto poder contra una policía que según las estadísticas es la que más ha puesto los muertos.

Yo creo sinceramente que ni Silvio Báez, más preocupado por demonizar a través de las redes sociales, ni Rolando Álvarez que en vez de un báculo debería andar un fusil, deberían ser mediadores ni testigos y menos aún pensar que cualquiera de ellos pueda ser sustituido por Abelardo Mata cuya primera frustración política fue no haber logrado la unidad del liberalismo contra el sandinismo.

Yo no apruebo la violencia venga de donde venga, pero la indignación manifiesta contra algunos obispos de la Conferencia Episcopal es el resultado del odio que sembraron Báez, Álvarez y Mata y hoy están cosechando las tempestades que les arrebata las sotanas y los expone como hombres comunes y corrientes llenos de profundas debilidades y pecados que cargan sobre sus hombros porque ellos son responsables de lo que hemos vivido en los últimos tres meses y ese es un expediente que difícilmente lavaran aunque de cuerpo entero se lancen sobre un océano de agua bendita.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.
mem

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