Opinión

La Nicaragua antes y después del 19 de Abril

Aquí no hay más salida que la constitucional que se convenga a través de un diálogo serio y responsable

Granada
Vándalos destruyen comercios de Granada |

Moisés Absalón Pastora |

Las torrenciales lágrimas que derramamos aquellos a quienes nos fue robada la paz son el resultado de una Nicaragua abismalmente distinta a la que conocimos antes del 19 de abril. Lo que tuvimos fue un país sin muertos, sin saqueos, sin quemas, sin tranques, sin odios, sin delincuencia y sin vandalismo. Aquella Nicaragüita crecía todos los días, los ciudadanos andábamos seguros por las calles, solos o en familia, disfrutando cada espacio creado para su distracción y entretenimiento y comentábamos orgullosos las bondades que el mundo decía de nosotros.

Esos once años de progreso sostenido que terminaron el 18 de abril fueron posibles por una visión de paz que hizo de la reconciliación una voluntad política de avance que sumaron y multiplicaron valores dispersos que pusieron en el radar la necesidad de una estabilidad concertada para atraer capitales, para promover inversiones, crear empleos, luchar contra la pobreza y a partir de ahí crear una economía para ir armando estructuras de desarrollo que habían logrado una expansión de propósitos sociales que crearon hospitales, escuelas, universidades, carreteras, acceso a electrificación, agua, comunicaciones, zonas francas, turismo y otras bondades logradas por la alianza tripartita de trabajadores, empresarios y el gobierno mismo.

Por lo anterior era comprensible determinar por qué las encuestas sostenidamente, fueran nacionales o internacionales, ubicaban al gobierno sandinista con altísimas calificaciones porque además de lo que domésticamente percibíamos, hacia afuera, el mundo nos miraba con admiración y curiosidad: Con admiración porque por fin los nicaragüenses nos estábamos poniendo de acuerdo dejando a un lado nuestros odios para salir adelante después de solo saber arreglar nuestras diferencias por la boca del fusil y con curiosidad porque quien estaba al frente de esa gran transformación era el mismo Daniel Ortega que en la década perdida de los 80s representaba la guerra y ahora, desde una palpable vocación de paz, había colocado al país como la tercera economía sostenible y creciente de américa latina, puesta en alto predominio por el Fondo Monetario Internacional, FMI, por el Banco Mundial, por el Banco de Interamericano de Desarrollo, BID, por el Banco de Integración Centroamericana, BCIE y por las agencias evaluadoras de riesgo que estaban a punto de ponernos una calificación tipo “A”, es decir dentro de un averaje envidiable para otros países que sin las contradicciones que nos han caracterizado a nosotros los nicaragüenses y sin las guerras que hemos peleado, están lejos de tener porque sus políticas económicas no han sido inclusivas como para entender lo que estratégicamente se hizo aquí de acabar con las luchas de clases y juntar a los empresarios y a los trabajadores para producir estabilidad desde una visión social.
En la Nicaragua de los últimos 11 años la brecha que nos separaba política e ideológicamente mermó sus antagonismos porque fuimos capaces de andar y crecimos todos los días en el esfuerzo sincero de ir superando las barreras tontas entra la izquierda y la derecha, de aplacar los ánimos por las luchas de clases y así establecer una línea de respeto por el pensamiento ajeno como plataforma de despegue de todo lo que se logró hacer desde la imperfección de los tomadores de decisión que al final son seres humanos que también se equivocan.

Tengo familiares en Canadá que en septiembre pasado vinieron a visitarme, fue una delegación de 30 seres queridos que estuvieron en el país después de 36 años de ausencia. Se fueron en 1982 a Costa Rica, después a través de un programa especial partieron a Vancouver, donde actualmente residen y cuando pusieron el primer pie en nuestro territorio lo hicieron con las caracterizadas reservas, producto de las distorsiones que del país habían creado malos nicaragüenses que sin saber la realidad de entonces se saben en un estado de confort. Primero que todo se sintieron sorprendidos del cambio que había tenido Nicaragua, de cómo había avanzado, cómo sus conciudadanos, negaban en cada conversación las fatalidades que de su nación se decían afuera y cómo el progreso se miraba por doquier. Cuando regresaron a Canadá lo hicieron con la promesa de volver pronto de la linda Nicaragua que habían dejado, aunque por supuesto habiéndosela llevado en el corazón.

Ayer leyendo las líneas de los correos electrónicos que nos enviamos en los últimos días, más la narración que de los acontecimientos que les hice, se mostraron estupefactos de la Nicaragua oscura, ensangrentada y destruida que proyectan los medios internacionales de lo que el odio y el resentimiento nos impuso. Esa familia que tengo en Canadá ama efectivamente a su país y sufre, aunque desde lejos, la pesadilla que todos aquí vivimos aquí e igual que nosotros se pregunta cómo llegamos a esto, qué paso, qué puede justificar semejante barbarie, quienes son los culpables, qué podemos hacer para poner un freno brusco a esto y que tanto de lo poco que queda podremos rescatar.

En mi opinión descuartizada generalmente por quienes creen saberlo todo desde una visión absoluta y que seguramente actúan así porque nunca aprendieron nada, sobre todo de lo que la historia nos muestra para no repetir los errores que la escribieron, lo material se repone y lo económico puede corregirse, aunque nos tome algún tiempo, pero lo que seguirá en caída libre a pesar de lograr un alto inmediato a la violencia es el daño que el odio nos causó, es la desconfianza que nos va a quedar, es la distancia que abrió, entre amigos y hasta familiares muy cercanos, la intolerancia por el pensamiento ajeno porque eso en esencia es lo que nos tiene como estamos, devastados, aterrorizados y prácticamente bajo un estado de guerra de aquellos que odian la paz, el progreso, el desarrollo, la estabilidad y la seguridad que por no haberla logrado ellos entonces decidieron volarla en pedazos para congraciarse con el poder imperial.

Los cerebros intelectuales de toda esta tragedia podrán decir misa si quieren, pero ninguno de sus argumentos valdrá para convencer al sentido común de que valió la pena destruir todo un país solo para satisfacer sus insaciables apetitos políticos, a propósito de aquellos que desde su retorcida y ahuecada cabeza te dicen que “NO IMPORTA CUANTOS MÁS TENGAN QUE MORIR PERO QUE HAY QUE LLEGAR AL FINAL”, y claro son los que no arriesgan a sus hijos porque los tienen estudiando en las mejores universidades del imperio y porque ellos mismos no se van a arriesgar a morir.

La Nicaragua después del 19 de abril dejo atrás once años de paz, de libertad para hablar, para movilizarse, para trabajar, para invertir, para pensar diferente, para organizarse; La Nicaragua después del 19 de abril nos arrebató la alta, mediana o baja felicidad que teníamos para imponernos el miedo y el terror tras la llegada de cada atardecer hasta la consumación de la diabólica noche en la que aparecen los demonios; La Nicaragua después del 19 de abril está llena de tranques y en cada tranque delincuentes armados y encapuchados que se drogan, que matan, que hieren, que despedazan la dignidad humana cuando te golpean, te ofenden y te lanzan a correr para exhibirte desnudo bajo una letal lluvia de morteros; La Nicaragua después del 19 de abril es sádica y violentamente criminal y quienes así la tienen juran hasta con los dedos de los pies que luchan por una Nicaragua libre cuando la verdad es la que hemos perdido, la que no tenemos, la que nos hace falta, la que clamamos a Dios nos sea devuelta por aquellos que nos la quitaron y si los que nos la quitaron son los que la pretenden entonces me pregunto cómo será lo que viene.

Hay dirigentes gremiales dentro del COSEP, que, sin ser necesariamente empresarios, después de ocho años de haber tomado forma la alianza tripartita en la que además están los trabajadores y el gobierno, que ahora dicen que se equivocaron con Daniel Ortega. Durante todo ese tiempo cogobernaron y les fue muy bien con sus exoneraciones, libres y otros favores a fin de facilitar la inversión de sus jefes internos y externos, pero todo les comenzó a saber mal cuando no quisieron ser amables contribuyentes de la mejoría salarial para sus trabajadores y cuando en el encendido de mecha de toda esta situación no quisieron ser parte de la solución al problema del seguro social que solo querían que recayera en el gobierno y la clase trabajadora. Por este capricho hasta diciembre de este año pagarían 40 millones de dólares 50 días después de la crisis ya perdieron 300 millones de dólares, mientras los banqueros han visto pasar frente a sus narices y de salida 200 millones de dólares de sus hasta ahora cuentahabientes y eso es también parte de la Nicaragua después del 19 de abril en la que además nicaragüenses que sí tienen empresas, medianas y pequeñas, perdieron lo que tenían, porque nadie les compra, porque se quedaron sin materia prima, porque tuvieron que despedir a sus empleados, porque fueron saqueados, porque fueron quemados o porque los que hablan de la Nicaragua del futuro impusieron un paro obligado.

Si hoy los nicaragüenses están aterrorizados, por una escena que ni el Dante Templario, hubiese sido capaz de escribir en su descenso al infierno, para salvar el alma de su amada, me pongo a imaginar que vendría después de consumarse hipotéticamente el golpe de estado, aunque la verdad aquí no hay más salida que la constitucional que se convenga a través de un diálogo serio y responsable.

De persistir esta negación a la libertad que representa la Nicaragua después del 19 de abril lo que yo veo es una Nicaragua llena de sangre en una guerra entre la imposición y la defensa de la vida. Entre los que quieren establecer el odio y la venganza cómo filosofía de gobierno y entre los que por propia sobrevivencia asumirán su defensa y hastiados de tanta barbarie, por parte de grupos que son siempre los mismos y que aparentan estar en todos lados, se lanzaran a disolverlos, a quitar las barricadas como un mecanismo legítimo contra el crimen y la mafia organizada que mantiene agónico y en cuidados intensivos a un país que pese a todo resistirá morir a manos de los malos hijos que lo apuñalaron.

Nosotros sabemos y el mundo también del baño de sangre que nos ahoga y de la misma forma que toda solución pasa por dos cosas que son impostergables e irrenunciables; primero el esclarecimiento de la verdad a través de organismos, instituciones y personas idóneas para determinar qué fue lo que realmente pasó y segundo la aplicación de la justicia con todo su rigor para que los responsables de las muertes, de los heridos, de los saqueos, de las quemas, de las torturas, de los secuestros y de toda violación a los derechos humanos castigue a los responsable intelectuales y materiales independientemente de sus nombres, condición económica, social o política.

El daño que ya se le causó al país es irreparable, pero será peor si no se detiene ahora, de ipso facto, para evitar esa caída libre que aún no encuentra el fondo. Logrado este objetivo que se hable de cualquier tema que conduzca al perfeccionamiento de la democracia y que los mecanismos institucionales nos conduzcan a elecciones que devuelvan a todos la confianza para seguir adelante y hacer menos doloroso la involución entre la Nicaragua antes y después del 19 de abril.

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mem

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