Opinión

Radicalistas, artesanos del bandazo

En el radicalismo confluyen la pasión, la furia, la irracionalidad y la arrogancia: los demás están equivocados

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Radicalistas |

Edwin Sanchez |

El año pasado le preguntaron a doña Ana María Chamorro Cardenal que si creyó en un cambio cuando triunfaron los sandinistas en 1979. Ella respondió a su periódico:

“Sí, yo pensé, pero cuando oí los discursos de la Dora María Téllez y de todos esos, pensé que estaba equivocada, porque lo que había aquí era otra cosa, era el comunismo que venía. Me decepcioné”.

Los radicalistas se cuelan a como sea para imponer su agenda. Son abanderados de sus propias causas, si es que la tienen. Eso sí, de ningún apuro han sacado al país, todo lo contrario.

En el radicalismo confluyen la pasión, la furia, la irracionalidad y la arrogancia: los demás están equivocados. Hay que apartarlos. Denigrarlos. Perjudicarlos. “Solo vale nuestra verdad”. Su credo es tan crudo como rudo: sectarismo es su nombre.

En Nicaragua hay radicalistas que no pueden vivir si no es en las antípodas. Es su hábitat natural. No evolucionaron. Si alguna vez se les encontró en el Polo Sur de la Izquierda, con una frialdad absoluta bajo cero antes las penurias de un pueblo que solo quería paz, trabajo y una vida digna, ahora se hallan en el Polo Norte de la Derecha. Pero su menosprecio a las mayorías sigue intacto.

Con tal de tener poder, les importa que por sus campañas congelen los financiamientos externos para el desarrollo nacional.

Les vale un bledo que la ciudadanía salga de la pobreza. Lo que para los radicalistas cuenta es que desde el exterior les hagan “el volado” de lo que por sí solos no pueden hacer por falta de credibilidad y de pueblo.

Su genética política rechaza con fervor lo mismo el Ecuador que el bienestar común. No están dispuestos siquiera a moverse un poco a los Trópicos de Cáncer y Capricornio de la sensatez.

Rodrigo Borja, precisamente expresidente de Ecuador, en su Enciclopedia de la Política, define el radicalismo: “Esta palabra se refiere hoy, en política, a la persona que tiene arraigadas convicciones o que sostiene principios hondos y germinales. Una persona así suele mantener una actitud intransigente e inflexible en sus principios o en su política y va hasta las últimas consecuencias sin hacer concesiones. Generalmente está enfrentada al sistema, mantiene una actitud crítica frente a las instituciones existentes y propugna la abolición o reforma de ellas”.

Es obvio que en cualquier lugar donde se manifieste esta conducta no es para favorecer a la nación y beneficiar a la población, sino para instalar su particular versión de país.

Aunque degustaron el poder y por su fundamentalismo contribuyeron a hacer más dramática la situación de la población nicaragüense, fueron incapaces de pedir perdón a la sociedad. Más bien maldicen la Reconciliación, y todo aquel que prefiere la Concordia merece la hoguera mediática.

Si algunos sectores que se enfrentaron política o militarmente al Sandinismo durante la década de los 80 –e incluso los que fueron adversarios en los 90-2000, pero ahora trabajan con el FSLN por el país– los radicalizados les difaman de “vendidos”, “zancudos”, etc.

Más que pensamiento político, el radicalismo es una enfermedad. La enfermedad del disparate. ¿Por qué las colectividades de carne y hueso no siguen a este tipo de políticos? Porque los pueblos son personas centradas, pensantes, dialogantes.

Para el radicalista el pueblo es un ente abstracto, una categoría sin rostro, sin identidad, sin nombre, que solo será útil en la medida que sea una escalera para alcanzar sus propósitos, según la bandera de moda. Antes era “el comunismo” que tanto espantaba a doña Ana María; hoy es el “Estado de Derecho”.

Son magníficos artesanos del bandazo.

El doctor Borja dice: “En todo caso, el radicalismo no es propiamente una doctrina política sino una postura o una actitud dentro de ella, de acuerdo con las circunstancias de lugar y de tiempo.

“El radicalismo, en su sentido amplio, no está necesariamente ligado a las ideas de izquierda, como a veces se cree. Puede haber, y de hecho hay, un radicalismo de derecha. Lo radical no se refiere realmente a la orientación de las ideas sino a las raíces de ellas y a la forma de sustentarlas. El fascismo fue, por ejemplo, un radicalismo de ultraderecha”.

Vemos que el enciclopedista ni siquiera les eleva la parada a los extremistas de que son inspirados por las ideas de izquierda, lo cual hace más peligrosa esta sintomatología: todo hace indicar que el diagnóstico más claro es que son un tutti frutti de ultraderecha completa, decorado con merengue de seudo izquierda y una cerecita de democracia.

Recientemente, el mismo diario dio a conocer que a finales de 1977, en la última actividad política a la que asistió el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, en el Norte del país, no le permitieron hablar.

Se trataba de un acto de la Unión Democrática de Liberación, Udel. Atribuyen el hecho a “una turba” de la tendencia “Guerra Popular Prolongada”.

Conviene apuntar que el principal líder de esa diezmada fracción del Frente Sandinista era Henry Ruiz. El fundador del FSLN, Tomás Borge, desde febrero de 1976 guardaba prisión en “La Modelo”, donde permanecía aislado junto a Marcio Jaen. Ambos fueron liberados por el comando que asaltó el Palacio Nacional el 22 de agosto de 1978.

El doctor Chamorro ya no brindó, aquel 18 de diciembre, lo que pudo ser su discurso de despedida. No lo dejaron los gritos, ruidos y la imputación más hiriente que pueda usarse cuando alguien, aun dentro de las limitaciones humanas, está haciendo mejor su trabajo que otros: “Pedro y Somoza son la misma cosa”.

Ahora los extremistas, sin ninguna creatividad, asumen como originales los viejos clichés. Lo único nuevo es que emigraron al otro Polo, donde se unieron con los nativos de la derecha conservadora para lanzar disparatadas acusaciones como esa de que “hay una dictadura igualitita a la que se enfrentó PJCh”.

Igual que ayer, cuando a Pedro Joaquín Chamorro lo sabotearon y trataron de desprestigiar, hoy repiten que “los Sandinistas y Somoza son la misma cosa”.

Los radicalistas son incorregibles.
mem/es

 

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