Opinión

Desmonroeizar la mentalidad subalterna

La cultura de la libertad empieza por cambiar la indecente y vetusta mentalidad subalterna a la metrópoli

Centroamérica
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Edwin Sanchez |

I

En la Conferencia sobre Prosperidad y Seguridad en Centroamérica, celebrada en Miami la semana anterior, el Secretario de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, John Kelly, dio una mala noticia a la derecha visceral. Al hablar de la relación con el subhemisferio, dijo:

“Un punto esencial es que debemos ser aliados al mismo nivel, no una fuerza dominante, que lo sabe todo y les dice a los otros lo que tienen que hacer. Hemos de ser aliados iguales para resolver los problemas trabajando juntos”.

Estas sensatas palabras le movieron el piso a los que autodenominándose “democráticos”, son los peores enemigos de la Democracia. Y es que sonaron tan claras que no necesitan de “oráculos” para extraer esas conclusiones demenciales que caracterizan a la extrema derecha.

El 6 de diciembre de 1904, el presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, “proclamó abiertamente su derecho a tomar acciones de intervención preventiva” y que cumpliría el “papel de policía internacional” en el continente americano, apunta Frances Kinloch, en su Historia de Nicaragua. A eso se llamó el “Corolario Roosevelt” a la Doctrina Monroe.

El señor Kelly no es un improvisado. Se trata de un exmarine con 45 años de fogueo en el terreno militar y político. Él reconoce los aciagos calendarios de nuestros países, toda vez que fue Jefe del Comando Sur, de 2012 a 2016:

“…la experiencia muestra que la intervención de Estados Unidos no siempre ha dado los mejores frutos” y que, por ello, ahora Washington “debe dar un paso atrás en favor del respeto a la soberanía de las naciones latinoamericanas”.

La ciudad donde el general Kelly pronunció estas líneas políticas y el ambiente generado por la Conferencia, ratifican la redefinición de la política exterior del gigante norteamericano que no inició con el presidente Donald Trump. Sin embargo, hay secuelas que han quedado ahí.

La derecha más retrógrada, por ejemplo, nació como un incontrolable hongo de la Doctrina Monroe que plagó América.

A menos que los conservadores extremistas, sus fracciones y otros formatos disimulados bajo el paraguas de “sociedad civil” y “prensa independiente” experimenten una reingeniería “genética” para desmonroeizarse, intentarán obstaculizar la paz, la estabilidad, la ruta de la prosperidad, y por ende, la Democracia.

Con todo, será muy difícil que los representantes de esta derecha salgan por sí solos de ese estado de trance que le provoca la Doctrina Monroe.

También deben actualizarse en alguna sección latinoamericana del Departamento de Estado y de sus operarios en los países donde aún actúen al estilo Corolario. Porque parece que las órdenes superiores de los Secretarios del Gobierno de Estados Unidos tardan demasiado en bajar a ese taller de carpintería política, donde no pocos Pinochos blindados se han fabricado.

Por eso, cuando Nicaragua ha reclamado el respeto a su soberanía no es por proferir “otro furibundo discurso antiimperialista”, como acusa la derecha que secularmente ha zancudeado en Washington.

II

Las declaraciones del señor Kelly parten de lo enunciado ante la Organización de Estados Americanos por el entonces Secretario de Estado, John Kerry, en su Conferencia “Estados Unidos y América Latina: una relación de socios”. El 18 de noviembre de 2013, leyó el Acta de Defunción de la Doctrina Monroe:

“Hoy hemos seleccionado una opción diferente. La era de la Doctrina Monroe se terminó”, y se da paso “a una era en que todos los países del hemisferio cooperan como iguales para mejorar la calidad de vida de sus habitantes”.

Lo expuesto en Florida por el Secretario de Seguridad Nacional –Washington “debe dar un paso atrás en favor del respeto a la soberanía de las naciones latinoamericanas”– también debe ser asumido por esos hijos ilegítimos de la fenecida Doctrina.

El señor Kerry, al trazar las coordenadas del Departamento de Estado hace casi cuatro años, subrayó:

“La relación que vemos y la que nos esforzamos en mejorar no es una declaración estadounidense, sobre cómo y cuándo intervendrá en los asuntos de otros estados americanos, sino se trata de todos los países viéndose como iguales, compartiendo responsabilidades y cooperando en seguridad y adhesión no a una doctrina, sino a las decisiones que tomamos como socios para promover los valores y los intereses que compartimos”.

III

Cuando Kerry y Kelly –esas sonoras K tan distantes de“Mr. K” (Henry Kissinger)– riman su honorabilidad con la nueva política exterior, es porque los hechos son elocuentes. El giro de las relaciones históricas con el subcontinente es necesario.

Nicaragua ha padecido desde el Destino Manifiesto, el Gran Garrote, la política de Las Cañoneras, la Dictadura de los Somoza, hasta el Documento de Santa Fe (Ronald Reagan) y sus ediciones posteriores, bajo el ingrato espíritu de Jeanne Kirkpatrick.

Así sucedió en los siglos XIX, XXy aún en el XXI, cuando los embajadores Oliver Garza y Paul Trivelly ungieron al candidato presidencial de turno para que el FSLN no ganara, o bien intentaron socavar al Gobierno Sandinista, como lo hizo Robert Callahan.

Kellyacaba de decir: “Tienen sus democracias, sus presidentes, sus legisladores, sus cortes, su Policía. Estados Unidos es cercano a la cultura pero en cierto modo es diferente. No creo que haya funcionado nunca muy bien cuando Estados Unidos le ha dicho a alguien lo que tiene que hacer”.

De ahí que sea imperativo que la hiperderecha deba comenzar a deletrear el abecedario de la democracia, estrenarla siglas adentro y andar su propio camino, sin esperar “ninguna seña” de los que, por la nefasta costumbre, desobedezcan al Secretario de Seguridad Nacional.

La cultura de la libertad empieza por cambiar la indecente y vetusta mentalidad subalterna a la metrópoli, por la profecía dariana de la patria grande.

Esto no significa ser enemigo de Estados Unidos.
mem/es

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