Opinión

No maneje bajo los efectos de la falta de conciencia

Urge un cambio en el corazón: que el conductor sepa conducir su vida, para proteger las otras

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Conducir sin riesgos |

Edwin Sanchez |

I

Ya es parte del folklore interlocal, que en estas rutas lo menos que se hace es conducir. Si bien o mal, eso es otro asunto. Lo más importante es el celular, la joven que siempre se esmeran en llevar al lado, el radio, el alto volumen, las señas con los dedos –también cuentan con un lenguaje codificado– para ver si hay policías en el trayecto.

En ese mundo rodante, cerrado y autónomo, casi un islote sin leyes más que la del conductor, sus habitantes, es decir, sus pasajeros, viven un suplicio de más de una hora. En el caso de Carazo, en el tramo Managua – el Crucero o La Concha, los abismos, las curvas, las vueltas, las cuestas, la invasión de carril, completan un paisaje que puede ser mortífero. No serán todos, pero es la tónica de un áspero itinerario que ha provocado la organización y protesta de no pocos usuarios.

Estar ante el volante es una enorme responsabilidad. Así como el arma, el machete, el dinero, el licor, o los poderes de este mundo, también el automotor es moralmente neutro. Depende de quién lo maneje, así serán los resultados.

La Real Academia Española define Accidente como “Suceso eventual o acción de que resulta daño involuntario para las personas o las cosas”. Pero los académicos si bien es cierto que son policías del idioma, no lo son del tráfico. Por eso, su desinfectada acepción colisiona con la realidad.

Los académicos mejor deberían incluir en su léxico oficial lo que dijo el entonces Jefe de Tránsito, Roberto González, el 15 de marzo de 2016. Tras informar que alrededor de 140 personas habían fallecido a consecuencia de los encontronazos en lo que iba del año, dio en el clavo: “El comportamiento humano es la causa número uno”.

II

Por supuesto que quien arremete con un timón en la vía pública no va a provocar un “daño involuntario”. Es un mal y muy voluntario, sobre todo los que usan la velocidad como una droga. Y aunque por lo general la primera acusación es contra el licor, el alcohol no es responsable de las actuaciones delictivas.

Cuando muy temprano el 16 de diciembre, el chofer de un bus con trabajadores de la zona franca invadió un carril a la altura del kilómetro 17.5 de la Carretera Sur, nadie le sintió aliento a alcohol. Sin embargo, una vida muy joven fue cegada: el artista Eduardo Bolaños.

El comisionado Juan Valle Valle detalló: “Douglas Hernández Mendoza aventajó sobre doble línea continua e impactó de frente el automóvil que conducía Bolaños en dirección contraria”.

En esa ocasión, el jefe policial enriqueció lo que debería ser la palabra Accidente en el diccionario cotidiano, que de paso grafica el enorme tamaño de un problema que a veces se pierde en medio de la selva de estadísticas fatales: “En este accidente se observa una falta de conciencia de parte del conductor del bus”.

El tipo que conducía muy sobrio le valió la doble línea continua. No le bastaba su propio carril. Quizás un furgón lo hubiera disuadido de transgredir doblemente la ley. Era solo un “carrito” que venía en el lado correcto. “O te apartás o ahí mirás vos”.

III

Comportamiento humano y falta de conciencia. Ahí radica la causa que dispara las desgracias.

Un informe muy detallado sobre lo acontecido en la semana, que dio la Vicepresidenta Rosario Murillo el 6 de marzo, muestra que el corazón de algunos hombres palpita agresividad contra sus semejantes, pero sería un error limitar sus terribles secuelas al tema vial. El vehículo no transforma a nadie. Solo es eso: un vehículo que saca a luz la verdadera personalidad de un individuo.

“De los 802 accidentes, 241 no guardaron la distancia, 156 dieron vueltas donde no debían; 105 invadieron carriles; 95 no atendieron señales; falta de precaución, 91; falta de precaución al retroceder, 91; estado de ebriedad, 16”. Estas fueron las principales.

Desglosemos algunas. El mayor número de detonadores de choques fue “no guardar la distancia”. Nos damos cuenta de ello por la gravedad del caso, pero ir encima de los demás es una actitud que no se limita a las calles.

“Vueltas que no debían”. La naturaleza del individuo se manifiesta mejor cuando va al frente de una máquina que cuando camina. Sus malos movimientos acarrean consecuencias en otras áreas en las que se desenvuelve, pero donde ya el agente de tránsito no puede hacer nada.

“Invasión de carril”. Esta conducta invasiva, donde el que está con el manubrio y el acelerador despliega su arrogancia sobre ruedas, se da en otros niveles. Denigrar a una persona es otra forma de invadir un carril. No solo se atropella y se da muerte en las autopistas.

“No atender señales”. Recordando a Benito Juárez, es el respeto al derecho ajeno lo que genera la paz no solo entre las naciones como entre los individuos, sino también en las carreteras. Pero quien lo hace en los trayectos, solo enseña su trayectoria personal. Es su lamentable costumbre.

IV

Todas estas infracciones no las resuelve el manual de tránsito, mucho menos que el grave problema acabe con una multa. No es tampoco una cuestión de infraestructuras, de policías agazapados sin el cono reglamentario; de carreteras estrechas o un excesivo parque vehicular. Aunque influyen, es un asunto del corazón humano cuya solución no pasa por ningún simposio de ingenieros viales y de la NASA.

Bien hace el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional en convocar a las iglesias católica y evangélica para atender el tema. Urge un cambio en el corazón: que el conductor sepa conducir su vida, para proteger las otras.

No maneje bajo los efectos de la falta de conciencia.
mem/es

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