Opinión

No es cristiano que los vivos echen a pelear a sus muertos grandes

El historial de Sandino y su colosal epopeya empequeñecían la mediocre presencia de Somoza sobre la Tierra

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Augusto C. Sandino |

Edwin Sanchez |

Con la política se encubren las miserias humanas más oscuras. Una de esas razones subterráneas por las que Anastasio Somoza García se prestó a ser el autor material del asesinato del General Augusto César Sandino, fue la envidia.

El viejo Tacho jamás tuvo una honorable participación en la Historia de Nicaragua. Su infame labor fue aportar la vileza que tanto le ha costado al país.

Factores muy lejanos a un insigne desempeño castrense y patriótico llevaron a Somoza ocupar los cimeros cargos que se procuró con argucias, intrigas y adulación ante la Legación Americana, los comandantes de las fuerzas de ocupación y el enviado del presidente Calvin Coolidge, Henry L. Stimson.

El historial de Sandino y su colosal epopeya empequeñecían la mediocre presencia de Somoza sobre la Tierra. Matarlo fue la solución compartida. La orden fue dada y él la cumplió con fascinación.

No era por el presunto problema que “representaban” los dos poderes en el país: la Guardia Nacional y el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Eran las notables virtudes de Sandino la que opacaba cualquier otra figura del ámbito civil y político, ya no digamos militar. En ese esquema trazado por los celos detrás de toda la tramoya de “preservar la paz y servir a los más sagrados intereses de la patria”, Sandino estorbaba tanto como el Sandinismo a la elite hiperderechista.

Sin embargo, el Héroe de Las Segovias jamás se ufanó del prestigio alcanzado en el frente de batalla, por haber salvado de una derrota segura al general José María Moncada que antes lo había despreciado; no se envaneció por sus novedosas y exitosas estrategias militares, ni por haber expulsado a las tropas interventoras USMC.

Tampoco enderezó uno solo de esos acontecimientos durante la guerra para apuntalar el culto a su personalidad o su derivado inmediato: la “autoridad histórica”.

Así que Somoza, quien vestía con uniforme y galones que nunca se los ganó, temía de balde a Sandino, quien a pesar de haber sido un general victorioso, rehusó los privilegios de la guerra. La figura y ejemplo se agigantaban por sí solos, más allá de lo que el Héroe mismo se hubiera propuesto. Mas como dice el refrán, el que las usa las imagina.

El problema de Somoza y sus acólitos de ayer y de hoy es que tras cometer el magnicidio, la inquina, en vez de desaparecer, aumentó exponencialmente. Ni siquiera permitió una cristiana sepultura, sino que ocultó la tumba del guerrillero. Además, escribió un libro para escarnecer su memoria. ¿Qué no hizo?

A través de los tiempos, esos bajos sentimientos de Somoza, se manifiestan: exterminar todo rastro de Sandino, y por consiguiente, los verdaderos rostros del sandinismo.

¿Quiénes fueron los responsables en la década del 90 de la tenaz persecución al Frente Sandinista? Cualquier manifestación del mismo les resultaba insoportable. Hubo caza de brujas contra los empleados públicos por su filiación rojinegra. Baste señalar que el gobierno de Violeta Chamorro, cuando La Prensa llegó al poder, quiso arrasar con los medios de origen revolucionarios surgidos en los 80.

Mandaron a la hoguera a Radio Sandino, Radio Ya, a El Nuevo Diario, entre otros medios. Quisieron rendirlos por hambre. Sacaron del aire el Canal 6, dejando en el desamparo a los trabajadores, incluida los de la sala de redacción, es decir, periodistas a quienes les quitaron el derecho de la libertad de expresión y de ganarse la vida.

Doble moral

Los conservadores en pleno, ahora tan sensibles en temas de libertad de prensa, derechos humanos y democracia hicieron mutis. No hubo romerías donde el Secretario General de la OEA, João Clemente Baena, para exponer la grave situación.

¿Quiénes eran aquellos ideólogos que desde los resortes del poder, en áreas claves como la Educación, demostraron la misma aversión de Somoza a Sandino y todo lo que invocara su nombre, ejemplo y legado?

No contentos con lo podían (des)hacer en el más acá, el rencor los llevó con su cacería inaudita al más allá: se dieron a la triste labor de lanzar su terrible inquisición contra el General Sandino, y otros hombres y mujeres que después lucharon por su patria.

La nueva narrativa era condenarlos, y en su lugar, colocar a sus “héroes sin fusil”. Es como si la trágica noche del 21 de febrero de 1934 se repitiera ad infinitum, con otros verdugos, aquellas víctimas y las nuevas que continuaron la senda de Sandino.

Una sola ilustración exhibe este desborde de la miseria humana: rehabilitaron en esos años a Máximo Jerez, contratista de William Walker y sus mercenarios, para desalojar del centro “Luis Alfonso Velásquez Flores”, el nombre y la memoria de esta criatura.
¿Una razón para semejante acto? La Junta de Gobierno aprobó la iniciativa del Consejo de Estado de declarar la escuela donde estudió LAVF, Patrimonio Nacional, por considerar “Que el niño mártir de nuestra Revolución, Luis Alfonso Velásquez Flores, contribuyó a la Liberación Nacional y cayó luchando por los ideales del General de Hombres Libres Augusto Cesar Sandino, Padre de la Revolución Popular anti-imperialista, y del Jefe de la Revolución Comandante Carlos Fonseca y que, por tanto, es deber del pueblo de Nicaragua proteger y conservar el lugar donde estudió y se inició en la lucha contra la dictadura” (Decreto No. 1182, 17 de Enero de 1983).

Recién falleció sor Emilia Rachela Rigoni, y otra vez se trató de insistir en una clasificación artificial de la historia, en articularla a partir de una visión esquizofrénica de Nicaragua.

Hasta donde hemos conocido, la gente normalmente defiende su estatus, modos y visión del país, frente a lo que considera amenazas a sus tradiciones y enfoques. Decir por ejemplo que no hay lucha de clases, como lo expone Marx, sino “odio de clases”, es una razonable discusión entre mortales de diferentes ideologías.

El problema es que nunca se había llegado al colmo de la sevicia política, de fabricar nuevas categorías socio póstumas. No contentos algunos en formar fracciones y coaliciones de grupúsculos, quieren sembrar la división hasta en el Panteón de los ilustres nicaragüenses: los “muertos buenos” y los “muertos malos”.

Los “buenos” por ser educadores, religiosos, músicos, médicos, etc., y los “malos”, por haber empuñado el fusil y, muchas veces, haber derramado su sangre por enfrentar a filibusteros, dictaduras y otras estupideces.

No es digno, no es justo, no es cristiano que los vivos echen a pelear a sus muertos grandes.
mem/es

 

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