Opinión

Rubén Darío: el Canal de Nicaragua, obra de patriotas

El Canal Interoceánico forma parte de Nicaragua igual que el Sistema Solar de la Vía Láctea

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Ruta definitiva del Gran Canal de Nicaragua | RT

Edwin Sanchez |

I
Rubén Darío no solo es verso, musas darianas y Margarita-está-linda-la-mar: es nuestro propio Universo. Y dentro de ese vasto espacio, en la Región Patria de su expansión creativa, el Canal Interoceánico forma parte de Nicaragua igual que el Sistema Solar de la Vía Láctea. Su ejecución, sobra decirlo, sería el más justo homenaje al portaliras celeste.

El Príncipe de las Letras Castellanas sabía que Nicaragua estaría incompleta en tanto no se realizara la colosal empresa, por eso exalta, en más de una ocasión, su privilegiada ubicación geográfica.

Visionario y profeta, este Almirante de nuestro idioma común comprendió ineludible abrir“la puerta de los mares” y alabó como hombres patriotas y memorables a los que en su momento también contaron con sus mismos sueños.

Solo se turbó cuando los intereses imperiales apartaban los nacionales. Sin embargo, estaba claro que esa sería la ruta del “adelantamiento nacional”.

Si bien no logró mirar su construcción, el autor de “Azul…”deja establecido que solo quienes sueñan en grande a la patria, son capaces de demoler las montañas del no-se-puede y decidirse por el Canal.

Donde nosotros atisbamos una carretera o, hace más de 20 años, mirábamos los rieles del tren perdiéndose entre los cafetales, el liróforo advierte la conexión Pacífico-Caribe. Así, cuando valora al presidente Adán Cárdenas (1883-87), escribe: “…ha cubierto el territorio de líneas férreas que junto con la navegación de los lagos forman una verdadera comunicación interoceánica” (Escritos políticos, p. 141).

Durante la era de corte conservadora, 1990-2006, se descartó el proyecto. La prueba evidente del rechazo al desarrollo fue la del inicial gobierno de “las pálidas indolencias”, cuando desmanteló el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua con el cuento de su económica “insolvencia”.
La extensión de los operarios, ingenieros, locomotoras, raíles y estaciones es característica de presidencias progresistas. Rubén así lo veía. Pero si ya a la Administración Chamorro le resultaba intolerable un durmiente en el inventario del Estado, ¿cómo entonces iba a darle un chance al país con el Canal?

Siempre estuvieron pendientes de la “señal” de la metrópolis. Les importaba el pueblo. Nunca lo consultaron sobre la suerte del FC del PN. Es que en las descarriladas democracias bananeras, los memorándum de la Embajada son la Constitución, y su Estado de Derecho, diría nuestro ilustre metapeño, el “oscuro servilismo al oro yanqui” (Refutación al presidente H. Taft).

II
Darío pensador. Darío de Nicaragua. Darío que ansía todo el Arco Iris de las ciencias dándole forma al destino de nuestra nación. Darío que ve un gran Jefe de Estado a quien es capaz de poner manos al siglo. Es Rubén resuelto que advierte, en el náutico trayecto, la propia voluntad del Dios de Israel en la Tierra.

Voluntad y pragmatismo. Algunos conservadores de antaño revelaron esas virtudes. “Cárdenas desciende del poder con una gloria envidiable. El Canal de Nicaragua ha sido uno de sus más grandes sueños de patriota y gobernante”, elogia.

Libre de prejuicios, nos dice que el presidente saliente “puso sus esperanzas” en Estados Unidos, que Joaquín Zavala firmó en Washington con su homólogo norteamericano, el ministro Frelinghuysen, un documento sobre el Canal.

Pero el Senado no aprobó entonces el Tratado. Pese a la tristeza que le causó el Capitolio de “barbas blancas muy tercas”, pronto Rubén cambia su ánimo y se exhibe jubiloso por la buena nueva que llega: ¡Habrá Canal!

Solo un entusiasmado por la megaobra podrá reflejar así su alegría, aunque luego hayan sucedido otros atrasos, incluso, organizados en partidos, y lo que sea, para impedirlo.

“Mas, al bajar del poder el presidente Cárdenas, ha querido la Providencia mostrársele propicia; y como coronamiento de la obra de sus fatigas, ha circulado por el mundo, cinco días antes de subir el nuevo jefe de la nación nicaragüense, el siguiente cablegrama: ´Washington, febrero 23. El Senado Americano acaba de autorizar la compañía del canal interoceánico de Nicaragua´”.

III
Rubén clama gozoso por todo lo que significa el acontecimiento: “Se llevará, pues, a efecto, ante que el de Panamá, LA OBRA por Centroamérica TAN DESEADA”.

No se agota el espíritu dariano del Canal. Hay algo más. Rubén demuestra su sideral influencia literaria en los escritores latinoamericanos. Si en Gabriel García Márquez es innegable su presencia, la conglobación característica de Jorge Luis Borges en sus ficciones ya la leemos muy temprano con la real Historia alrededor del Canal:

“Aquella con que pensaron los primeros conquistadores, de la que habla (fray Juan de) Torquemada en su Monarquía Indiana y el viejo fray Toribio (de Benavente Motolinía). Aquella que en el siglo de Pedro de Alvarado, ´un cosmógrafo vecino de México, varón de deseos, estuvo determinado de ir a ver y a pesar el altor de una mar y de la otra, y esto reserváronselo diciéndole: Que tal obra solo al Rey pertenecía, porque solo el Rey tiene posibilidad´; la que preocupó a Squier y a Baymond; la que hizo escribir un opúsculo al emperador prisionero de Ham (Napoleón III) y un libro al sabio (Michael) Chevalier; la que será el cauce del comercio del mundo, la puerta de los mares, la senda del progreso, en aquella tierra fecunda y bella, reina de las olas con corona de volcanes”.

Coincide con el historiador Alejandro Marure, al no objetarlo, que Manuel Antonio de la Cerda, inaugural Jefe de Estado de Nicaragua (1825-26), “tuvo la gloria de ser el primer centroamericano que promueve (julio de 1823) el asunto del Canal” (Escritos…, p.128).
Rubén es el hombre al cual se le ha encerrado en círculos literarios, y tenido por un tipo metido en su aséptica torre de marfil. Es decir, el extraordinario disminuido a lo ordinario, a simple pieza para la disección académica, cuando estamos ante el compatriota más interesado en la descomunal obra de ingeniería.

Aun cuando EEUU resolvió canalizar Panamá, Rubén no perdió su fe en universalizar Nicaragua, porque no provenía del reino de los efímeros egoístas. Quería su Gloria completa y con las dimensiones exactas del Canal.

Por ejemplo, celebró a Crisanto Medina, “antiguo ministro de varias repúblicas de Centroamérica en Europa”, que “conocía perfectamente la cuestión del canal…”. Válidas son hoy sus palabras de hace 114 años:
“No es el señor Medina de los dudosos, él cree probable que llegará, tarde o temprano, la necesidad para el comercio del mundo de los dos canales, el de Panamá y el de Nicaragua”. (Escritos, pp. 123-124.)

Es lo que aspira Nicaragua, con la histórica decisión del presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo. El perdurable nicaragüense ya lo dijo: “el movimiento se ha demostrado andando”.

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