Opinión

Grandes Latinos en las Grandes: Roberto Alomar

El boricua sumó 10 Guantes de Oro y es miembro del Salón de la Fama

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Puertorriqueño Roberto Alomar |

José A. Quintero |

El boricua Roberto Alomar disfrutó como pocos jugar la segunda base en las Grandes Ligas. Se divertía, reía y hacía reír. Todos nos regocijábamos con su desempeño. Sus 17 temporadas al máximo nivel lo ubicaron entre uno de los mejores camareros de la historia. No en vano alcanzó la muy respetable cifra de 10 premios Guantes de Oro. Todo un cerrojo por la parte derecha de un diamante de béisbol.

Desde el punto de vista defensivo, tal vez su característica deportiva más excelsa, destacó por encima de la mayoría. Imagine que hoy día ostenta el récord para la MLB de desafíos consecutivos sin cometer error (104).

Debutó con los Padres de San Diego en 1988, y para nada hizo quedar mal a quienes confiaron en sus posibilidades. En su campaña inicial conectó para average de 266, nueve jonrones y 41 impulsadas en 143 encuentros, al tiempo que brilló en el campo con promedio de .980. No obstante, la reafirmación de su nivel aconteció en su segunda temporada, cuando madero en mano lo hizo para 295, autor de 185 cohetes y estafó 42 bases en 54 intentos.

Para 1990 la franquicia decide canjearlo a los Azulejos de Toronto, selección con la cual llegó al estrellato. Un año después promedió para 295, antesala de sus 300 puntos en la campaña posterior, aderezada con 41 biangulares, 11 triples y nueve bambinazos. Fueron los primeros pasos de un lustro repleto de excelentes sensaciones, donde siempre resultó el principal exponente alrededor del segundo cojín.

Hijo del ex Mets de Nueva York Sandy Alomar y hermano mayor de Sandy Jr., receptor de las Grandes Ligas, igualmente fue determinante en las coronas alcanzadas por el equipo canadiense en las Series Mundiales de 1992 y 1993. En ambas postemporadas conectó por encima de 400, actuación que le mereció el premio MVP en el primer año mencionado.

Tras 1995, el latino se convirtió en uno de los agentes libres más codiciados. Así, los Orioles de Baltimore hicieron los movimientos pertinentes y obtuvieron sus servicios. Ya en la lid inicial en esa ciudad, culminó con 328 AVE, reforzado por 193 indiscutibles, casi un centenar de impulsadas (94), y 132 anotadas. A la defensa tampoco, como era habitual, mostró fisuras. Cometió solo 11 errores en 735 lances para sumar, en aquel instante, su sexto Guante de Oro consecutivo.

En las temporadas siguientes cerró con 333 y 282 de puntaje al bate, antes de ser enviado a los Indios de Cleveland en 1999. No por esto se amilanó el boricua que eslabonó tres torneos envidiables. Sus desempeños para 323, 310 (2000) y 326 (2001) siempre en más de 155 partidos lo hicieron merecedor de los elogios de todos, quienes olvidaron el día cuando Alomar escupió la cara del árbitro John Hirschbeck al cantarle un tercer strike. Mientras que a la defensa tuvo 26 marfiladas en nada menos que ¡2.183 lances!

Con el paso del tiempo actuó para los Mets, Medias Blancas de Chicago y cerró su trayectoria en la Gran Carpa con Arizona. Culminaba así casi dos décadas de gloria, con 12 Juegos de Estrellas y cuatro nominaciones como Slugger de Plata (segundo mejor promedio ofensivo).

En sentido general, este bateador ambidextro compiló para 300 puntos a la ofensiva, 2.700 imparables, 210 jonrones, 1134 propulsadas para el home plate, 504 tubeyes, 1.508 anotadas y 474 estafadas. Todo ello lo hizo merecedor de ingresar al Salón de la Fama, el 5 de enero de 2011, para tocar así tierra de gigantes, zona prohibida para la mayoría y privilegiada para aquellos que nacen con el don de la grandeza. Alomar es uno de esos bendecidos por la naturaleza.

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