Opinión

Ecos de los BRICS: más allá de Fortaleza

La consistencia que va alcanzando la nueva agrupación internacional preludia cambios de mayor envergadura

Banco del BRICS
Banco del BRICS y un fondo alternativo al FMI | RT

Joaquín R. Hernández |

Voces atentas a lo que ocurre en los países del sur, y en particular a su impacto en la geopolítica mundial, han saludado y han analizado con esperanza los importantes acuerdos adoptados en la reunión cumbre de los llamados BRICS celebrada en la ciudad brasileña de Fortaleza.

En las declaraciones finales adoptadas en la Cumbre, los participantes hablan con voz propia sobre los problemas económicos y políticos que aquejan a los países en desarrollo.

Abarcan, por supuesto, los temas económicos, otorgando primacía a las necesidades y los reclamos de los países que se ven representados por ellos. Pero alcanzan también a las situaciones más acuciantes de la política internacional, en especial los conflictos que cobran a diario vidas inocentes. A la necesidad de fortalecer las vías multilaterales para el enfrentamiento de estos y otros problemas de la vida política actual. A la urgencia por trazar políticas de crecimiento sostenible, compatibles con otra de las aspiraciones suscritas, la preservación del equilibrio ecológico y la protección del medio ambiente.

Desde hace cinco años, cuando se produjo la primera reunión de sus actuales componentes –con la excepción de Sudáfrica, que se sumó dos años después–, los representantes de las cinco grandes economías emergentes no habían alcanzado nunca un pronunciamiento tan coherente y elaborado como el que adoptaron en su sexta Cumbre.

Con él, y con sus iniciativas más importantes -la creación de un Acuerdo de Reservas de Contingencia para enfrentar desajustes financieros de sus miembros y de otros países, y el nuevo y prometedor banco de desarrollo-, que se unen a otras anteriores de carácter regional estimuladas y puestas a prueba por China y los países asiáticos, se ha abierto una nueva puerta hacia la independencia respecto a los viejos y gastados mecanismos, políticos y financieros, que sustentan la dominación de Estados Unidos y sus aliados en los escenarios mundiales.

En esto reside, a mi juicio, la relevancia estratégica de la reunión.

Más allá de cuán pronto estas iniciativas desempeñen un papel de peso en la economía mundial, no hay duda alguna de que representan una cuña clavada en el viejo maderamen de la dominación imperialista.

El mundo en el que todavía vivimos fue diseñado al concluir la segunda guerra mundial. Todo en él -la estructura y las reglas del juego de las Naciones Unidas, los organismos financieros creados, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial- tenían como fin último garantizar la hegemonía estadounidense y de sus aliados, en un mundo además organizado según el paradigma de la guerra fría.

Lejos estaban las colonias africanas de imaginar que en dos décadas accederían a una compleja independencia, pero independencia al fin.  Solo en los sueños de los grandes latinoamericanos estaba una América Latina despojada del servilismo que presidentes sumisos y crueles dictadores uncían al carro de las decisiones yanquis.  Vietnam enfrentaba al que parecía invencible imperio francés, y China comenzaba el ciclópeo empeño de llevar la justicia social a sus centenares de millones de habitantes.

El imperio del dólar era además indiscutible.

El mundo naciente

El mundo de hoy, por supuesto, es otro mundo. Solo los países que se reunieron en Fortaleza representan el 40% de la población mundial, el 26% de la superficie de la tierra, el 27% de la producción y 21% del PIB mundial.

Las viejas estructuras de dominación comienzan a cuartearse.  Sin embargo, a pesar de voces lúcidas, de derecha e izquierda, que dentro de los propios Estados Unidos alertan sobre el importante cambio de época que amenaza la tradicional hegemonía estadounidense, las solicitudes de reforma al orden mundial reciben un sonoro portazo como respuesta.

El reclamo por la democratización de las Naciones Unidas cae en oídos sordos; las críticas al Fondo Monetario Internacional y los anuncios de la posibilidad real de que, en un tiempo que pudiera ser más cercano que lejano, caiga en la irrelevancia, son desatendidos:  el Congreso estadounidense, en el cual según Gallup cree solamente el 10 por ciento de los norteamericanos, se ha negado a cualquier idea de reforma.

Los BRICS representan la decisión del nuevo mundo que surge a ojos vista del imperio decadente, de encontrar un camino propio, y con la unión de sus considerables posibilidades colaborar en  la construcción de una nueva alternativa.

El camino es aún largo. Un error imperdonable sería sobrestimar los tiempos necesarios para el logro de sus objetivos y mucho más subestimar las potencialidades remanentes del viejo sistema:  las cuantiosas masas de dinero que pone en movimiento el Fondo Monetario y el Banco Mundial,   la perniciosa vigencia del abundante dólar, las aún considerables capacidades de presión política imperiales.

Pero las tendencias corren a favor de un nuevo mundo.

La reunión de Fortaleza ha sido un ejemplo, un poderoso ejemplo.  Su declaración final y la consistencia que en esta Cumbre demostró la aún joven agrupación, y sus capacidades de crear prometedoras sinergias con otras iniciativas  -como la promovida por Nicolás Maduro entre el Banco del Sur y el nuevo banco del BRICS-, llenan de esperanza a quienes sienten crujir las cuadernas del viejo buque imperial y ven, no sin ansiedad, desplegar las velas de un mundo mejor.

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