Opinión

La vigencia de un libertador excepcional

Al llegar al aniversario sesenta de su natalicio, Hugo Chávez sigue irradiando vientos de libertad e independencia

Hugo Chávez
Venezuela, Hugo Chávez | internet

Joaquín R. Hernández |

El aniversario ha sido motivo de reflexiones que van mucho más allá de la simple conmemoración de un hecho histórico.

A 60 años del nacimiento del comandante Hugo Chávez, el respeto y la admiración con que se ha mencionado su nombre en las numerosas actividades conmemorativas celebradas en el continente reflejan la comprensión que tienen los latinoamericanos, los buenos latinoamericanos, sobre la gigantesca significación que tuvo su breve vida, no solamente para la gran Venezuela, sino para el continente.

La discusión sobre el debatido dilema del papel de los líderes y de las masas en la historia ha pasado de un cierto escolasticismo que tuvo en algún momento, a las luminosas lecciones que sobre el diálogo feraz entre el pueblo y sus dirigentes nos ha traído la historia reciente.
Venezuela estaba llamada a ser, desde hacía mucho tiempo, una proa en el empeño latinoamericano por alcanzar su verdadera y definitiva independencia.

Era obvio que en su vientre se gestaba un gran parto.  El neoliberalismo destructor llegó a sacar las masas a la calle en protesta como no lo habían logrado centenares de discursos al uso tradicional.  La alternancia de dos partidos era cada vez más un tenebroso vaivén entre el desastre y la decrepitud del modelo supuestamente democrático. Sin percatarse de ello, las oligarquías, con su mediocre juego político, iban asentando el nuevo camino de la auténtica participación popular en los destinos del país.

Hacía falta un líder.  Y en ese contexto, y de una manera inesperada e impensable, surgió el dirigente de un movimiento militar marcado por ambiciones de pureza y de consagración auténtica a los destinos del pueblo venezolano.

Pocos se dieron cuenta de lo que había ocurrido, a inicios de aquellos convulsos años 90, para el país de Simón Bolívar.  Estoy seguro de queni los más lúcidos entre los viejos combatientes, incluidos jefes guerrilleros, advirtieron las potencialidades del movimiento y de su joven y desconocido dirigente.

El caso paradigmático es el de Fidel Castro.

La historia posterior es bien conocida y de ella se han extraído numerosas enseñanzas, las que dejó el paso de Chávez por la historia y las que escriben sus seguidores, perpetuamente acosados por el enemigo de todos, continuando su ruta.

Pero los hechos están ahí.

La revolución chavista ha hecho más por el pueblo, por el auténtico pueblo de Venezuela, que lo que hicieron sus antecesores durante décadas.
Venezuela, que muchas veces y en virtud de sus increíbles riquezas, había sido convocada en vano a encabezar y colaborar en el desarrollo de los países menos protegidos de nuestra América, marcó bajo la égida de Chávez un rumbo altruista y solidario. Preguntemos, por ejemplo, a las economías de los países bendecidos por Petrocaribe qué hubiera sido de ellos sin la mano extendida por Venezuela durante los años más negros de la reciente y terrible crisis económica.

La Venezuela de Chávez, junto a sus hermanos que comenzaron sus revoluciones años antes, y que entregaron sus experiencias, las buenas y las malas, al dirigente venezolano junto con su apoyo irreductible, y junto a los que siguieron luego caminos en esencia similares, fue uno de los faros mayores de la integración latinoamericana. La soñada por los libertadores y por los revolucionarios del siglo XX.  En las realizaciones del ALBA, las logradas y las por venir, y sobre todo en las reuniones de la Celac, la presencia de Hugo Chávez ha sido tan palpable como fundadora.

Chávez y los países que antes y después de su ejercicio levantaron los estandartes de la dignidad y la independencia ante el tradicional dominio imperial, y consagraron sus políticas a la satisfacción de los más legítimos intereses de sus pueblos, hicieron moverse el centro de gravedad de la izquierda mundial hacia América Latina. El futuro de estos procesos que hoy atraviesan de norte a sur América Latina es el futuro y la esperanza de quienes, en cualquier lugar del planeta, aspiran a la existencia de una verdadera democracia, es decir, al poder real del pueblo para decidir sus propios destinos.

Chávez no tuvo tiempo de desarrollar a uno de los hijos principales de la revolución venezolana: el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).  Algunos reclaman a la organización un papel mayor en la tenaz batalla diaria que hoy libra el gobierno venezolano, encabezado por el Presidente Nicolás Maduro.

Pero un partido como este, encargado de encabezar y dirigir una revolución auténtica, requiere madurez y experiencia, y el PSUV gana ambas todos los días, a paso de carga.  El Congreso que se efectúa ahora coincidente con el aniversario del inolvidable Comandante, debe ser un paso de calidad en esa dirección. El PSUV, fortalecido y consolidado, será el máximo continuador del liderazgo y la obra de Hugo Chávez.

El humilde teniente coronel que inició hace veinte años el camino hacia una nueva Venezuela,  se convirtió en quien los venezolanos llaman Comandante Supremo.

Su pueblo le dio estos grados, reservados a los viejos guerreros por la independencia latinoamericana.

Con ellos se alza hoy su memoria, inspiradora para las luchas por venir, faro y guía, hacia nuevas victorias.

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