Opinión

Gaza: la frágil bandera de las Naciones Unidas

El resguardo que buscaban inocentes pobladores de Gaza en una escuela de las Naciones Unidas no existió. La agresión israelí ignoró otra vez la bandera de la organización internacional

escuela onu gaza
Israel bombardea un colegio de la ONU lleno de refugiados palestinos | EFE

Joaquín R. Hernández |

El genocidio en Gaza, que ha causado ya más de 800 palestinos muertos por la implacable maquinaria militar de Israel, ha alcanzado a las propias instalaciones de las Naciones Unidas.

La organización internacional tiene una actividad considerable y de larga duración en el escenario palestino. La dependencia dedicada a la atención a los refugiados -la UNRWA- tiene instalaciones en diferentes sitios de Israel y países vecinos, donde abundan los refugiados de los varios episodios de este interminable conflicto. Entre ellas, una escuela en la localidad de BeitHanoun, en el norte de la pequeña y sobre poblada franja de Gaza.

En medio de la pesadilla que vive el más de un millón de habitantes de esta castigada región, un grupo de ellos decidió buscar refugio en la escuela. Allí se dirigieron con todas sus pertenencias, procurando encontrar la protección a la que no podían aspirar en sus hogares.  Allí marcharon hombres, mujeres y niños.

Los israelíes alertaron que ese centro podía ser un objetivo bélico.
Lo importante de esta advertencia no era su carácter previsor, porque quienes se refugiaban en el lugar no tenían otro donde guarecerse de la campaña de tierra arrasada del ejército sionista.

La advertencia revelaba que los mandos israelíes conocían que en aquella escuela había civiles indefensos, que buscaban refugio al amparo de la bandera de las Naciones Unidas.

Vana esperanza. El brutal ataque -se habla de varias explosiones- dejó un saldo de dieciséis muertos y veintenas de heridos, en su mayoría mujeres y niños, que están siendo atendidos de urgencia en los hospitales cercanos.

Inmediatamente, el vocero militar que advirtió que la escuela no estaba a salvo de los ataques puso en duda el origen de las explosiones. La prensa occidental, que busca afanosamente y con poco éxito repartir entre israelíes y palestinos las responsabilidades de la guerra que se libra hoy en Gaza, se hizo eco de la duda.
Hay pocas razones para creer al portavoz castrense y a la prensa acompañante.

Los ataques en el interior de Gaza provienen prácticamente todos del lado israelí y con una fuerza descomunal: es difícil actualizar las cifras, y probablemente los más de 800 muertos  -sin contar miles de heridos- palestinos sean muchos más cuando se publique esta nota. Los israelíes han reportado 32 bajas militares y tres civiles.

Tampoco es mucho el respeto demostrado por Israel hacia las escuelas de Naciones Unidas: es la cuarta atacada criminalmente durante los casi veinte días que dura el conflicto.

Pero hay otro poderoso elemento para no creer en la inocencia que alega el vocero militar israelí.

Las masacres de Qana

A unos cien kilómetros solamente de donde ocurrieron estos hechos está el poblado libanés de Qana. Es un villorrio humilde, a poca distancia de la frontera entre los dos países, con modestas viviendas a un lado y otro de la carretera que serpentea la zona montañosa en que está enclavado.

Allí hay una cueva de evocaciones bíblicas, y en las rocas que conducen a ella aparecen escenas del Nuevo Testamento esculpidas toscamente a relieve por cristianos primitivos. No muy lejos, en territorio israelí (palestino) está el otro poblado de Qana, donde se asume que Jesús convirtió el agua en vino.

Pero en el imaginario de los pobladores de la Qana libanesa no hay mucho lugar para al mito bíblico. Su memoria la ocupa el horrible bombardeo que en 1996, al calor de una operación punitiva israelí contra el Líbano -contra su población civil, como es ya tradición-cientos de sus pobladores se refugiaron en una gran instalación de la ONU que existía en el poblado.

No cabía duda. Todavía hoy, en las ruinas del edificio, se aprecian las enormes letras con las siglas de la Organización de Naciones Unidas, visibles desde los aviones que descargaron su cohetería infernal contra lo que se había convertido en un auténtico almacén de ancianos, mujeres y niños.

De tal forma que hoy el cementerio donde yacen las víctimas de la masacre es desproporcionado para las reducidas dimensiones del pueblo.  Y a quien no se le encoja el corazón visitándolo, y viendo en las ruinas del edificio las escalofriantes imágenes fotográficas de las víctimas del bombardeo, se le encogerá cuando escuche los lamentos inevitables de viejos que, con la razón perdida, le explican a usted cómo ellos, por pura casualidad, fueron los únicos sobrevivientes de sus familias. Fueron 106 los muertos y otro centenar más los heridos.

Diez años después, los pobladores del lugar sintieron nuevamente sobre sus cabezas el rugir de la aviación israelí. Durante la invasión frustrada de 2006, la ira racista del sionismo se volvió a concentrar en el castigado villorrio. Esta vez fueron destruidos edificios de vivienda, sin significación militar alguna, y 28 personas resultaron víctimas de la agresión.

Entonces también un vocero del ejército sionista dijo que a los habitantes del sur del Líbano se les había invitado a abandonar la región. Macabra advertencia: solamente podían hacerlo a través de carreteras que eran hostigadas incesantemente, por aire y tierra, por los invasores.

El salvajismo entonces, como hoy, estuvo acompañado por la hipocresía.

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