Opinión

Lo que inquieta del discurso de Santos sobre la paz

El Presidente repite casi literalmente lo mismo en cuanto escenario nacional e internacional le es posible

Juan Manuel Santos
Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos | El Universal

Timoleón Jiménez |

Siempre incisivo, el Presidente repite casi literalmente lo mismo en cuanto escenario nacional e internacional le es posible.

Su contenido se ha vuelto un lugar común, frases machacadas para que cualquiera las pueda entender pero que dicen en realidad muy poco. Su versión de la realidad nacional podría sintetizarse en frases tan breves como país modelo en desarrollo económico y social, con los mejores índices en todo sentido, en crecimiento, en empleo, en reducción de la pobreza y la miseria, en la carrera contra la desigualdad, en escolaridad y lo que usted quiera agregar.

Desde luego que esa arrolladora prosperidad no ha sido una característica permanente. Se ha conseguido a partir de 2010, año en que comenzó su primer gobierno, estableciendo una especie de paralelo que podría definirse en términos sencillos como antes de Santos y después de Santos. El Presidente no deja escapar ocasión para contrastar las fabulosas cifras que está revelando, con los deplorables dígitos exhibidos en los períodos presidenciales anteriores al suyo.

El buen hombre pasa con humildad a reconocer que no vivimos en el paraíso terrenal. Tenemos problemas y los estamos enfrentando, con éxito, aunque nos falta mucho por hacer. Entonces se viene la relación de los extraordinarios proyectos de desarrollo en ciernes. El invalorable mérito de las concesiones de cuarta generación, el inatajable crecimiento de la inversión extranjera, las gracias del PIPE, el increíble desarrollo informático y de las comunicaciones.

No faltará la mención al último triunfo deportivo o artístico. Nairo, James, el que más haya resonado en los medios. Será el ejemplo de nuestra sangre, de nuestro empuje, de la capacidad de nuestro pueblo para imponerse sobre las adversidades. Aquí puede estar el engarce con el tema que ocupará el resto de la intervención. La mayor dificultad que encontramos los colombianos con el triunfo final, el conflicto armado, la tara que no nos deja avanzar como debíamos.

Comienza la relación del histórico gesto suyo de haber reconocido su existencia, así como la de las víctimas y los despojados de la tierra. Y lo que es más importante aún, su decisión de recurrir a la vía del diálogo para poner fin a tanta angustia. Vendrá la infaltable economía a respaldar la importancia de terminar el conflicto, lo que crecería el PIB, lo que significaría el desarrollo pleno del campo, la ausencia de obstáculos a la inversión minero energética.

Entonces seguirá el insoslayable reconocimiento al poderío bélico del Estado. Gracias a él se ha llegado hasta acá. La lisonja tranquilizante a las fuerzas armadas hablará de su heroísmo, lealtad y entrega, a lo que seguirá el juramento de no afectarlas para nada con el eventual acuerdo final. Ni en pie de fuerza, ni en recursos. Mucho menos por sus conductas ilícitas. Por el contrario, como tropas del imperio, se les abrirán abanicos de oportunidades en distintos lugares del mundo.

Habrá que defender el proceso de paz de los obtusos que no entienden su importancia, de los calumniadores de oficio, de la gente con interés de lucro. Y la mejor manera es explicando de lo que se trata en realidad. Una simple oportunidad a las guerrillas para que se desmovilicen y obtengan cierto grado de comprensión en su tratamiento punitivo. Mienten los que aseguran que se negocia la propiedad privada, la familia o el Estado, de ninguna de esas cosas se trata.

Las instituciones nacionales, las relaciones internacionales de cualquier tipo, el modelo neoliberal de economía, del que a propósito se trata de deslindar recurriendo al expediente de la tercera vía, apenas una variante frustrada del mismo, la doctrina de seguridad del Estado, las fuerzas militares y de policía, el régimen político y electoral, el latifundio o las relaciones de trabajo entre productores y propietarios, nada, nada de eso hace parte de la discusión en la mesa de La Habana.

Es más, el Presidente dedica unos párrafos a dejar completamente claro que ni siquiera la confrontación misma hace parte de los temas de la Agenda. Las fuerzas militares tienen la orden permanente de arreciar con todo su poder en contra de los insurgentes, de causarles el mayor número posible de muertos, heridos y deserciones, de desmoralizarlos, de empujarlos a la firma de su sometimiento en la Mesa. Por eso deja claro que no habrá cese el fuego bilateral.

Y para que ninguno lo acuse de blando, Santos repite en todos sus discursos que él ha sido el ministro de defensa y el Presidente que ha propinado los más duros golpes a sus enemigos. Él acabó con el primero, el segundo, el tercero y decenas y decenas de mandos más de las FARC. El censo de los reinsertados pasa de 50.000. Nada de eso va a detenerse, continúa y se acrecentará. Allá los que no quieran verlo. Allá la insurgencia si no se da cuenta de lo que le espera.

Lo que su gobierno ha hecho es exponer ante la insurgencia en la mesa sus proyectos para el agro, y ofrecerle que se vincule a su implementación una vez haya entregado sus armas. No se ha pactado ni pactará ninguna clase de reforma agraria. También les ha mostrado su disposición a permitir el disfrute de algunas garantías si acceden insertarse en el modelo de democracia vigente. Y los ha comprometido a renunciar al narcotráfico y a ayudar a combatirlo. Los cambió de bando.

Aclara también que ahora se abordará el difícil tema de las víctimas, en el que la insurgencia tendrá que comprometerse ante ellas y la justicia a responder por sus crímenes. Desde luego que policías y militares tendrán tratamiento privilegiado en esa materia. Y explica que prácticamente queda pendiente un tema, el de la entrega de armas, que ya pronto empezará a tratarse en una mesa técnica de la que harán parte dos generales activos para que no se piense mal por nadie.

No deja de alabar el creciente apoyo internacional que obtiene el proceso de paz y lo que puede significar en recursos para el pos conflicto. En realidad con todo ese discurso solo deja clara una cosa. Su evidente intención de tranquilizar al gran capital, a los poderosos propietarios de tierras, a los inversionistas, a las fuerzas armadas, a la ultraderecha que lo ataca. ¿Y para el pobre pueblo qué? ¿De veras cree Santos que con esas concepciones alcanzará la paz para Colombia?

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