Opinión

Y el amor tomó Managua

Una Nicaragua Sandinista invadió cada rincón de la emblemática Plaza de la Fe San Juan Pablo II para festejar el aniversario 35 de la Revolución Popular

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Vista aérea de la Plaza de la Fe San Juan Pablo II | Jairo Cajina

Eric Gayol |

Poco antes de la caída de la tarde, Managua parecía pequeña para acoger la desmesurada invasión con que Nicaragua celebró el aniversario 35 del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el acontecimiento que cambió la vida y la historia del país, con el alumbramiento de las esperanzas de millones.

Más allá de los cálculos demográficos, los estimados preliminares y las dimensiones de la Plaza de la Fe San Juan Pablo II, una humanidad multiplicada respondió a la convocatoria del Gobierno Sandinista. Desde los más distantes puntos del país, buses, autos, motos y caminantes, coronados por un alud de banderas, pintó con los colores del mundo el corazón de la capital nicaragüense.

En los ojos de una muchacha brillaron banderas: la rojinegra que encendió la chispa, la blanca y azul de una paz conquistada entre el cielo y la tierra colmada de lagos extensos, las de los pueblos que sienten en Nicaragua el sitio donde las ilusiones germinan, porque aquí el dolor de otros duele y la sangre de niños palestinos asesinados por la barbarie sionista aplaca la alegría.

Tres décadas y media no han reducido la fuerza vital de la nación, cuya convergencia sobre Managua confirma la esencia popular de una Revolución verdadera, convertida en el abrazo fraternal que pocas horas antes solicitara la Compañera Rosario Murillo, en demostración de la capacidad movilizadora del Presidente Comandante Daniel Ortega y líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional, motor de una transformación que cambió dos veces la vida de la nación.

Porque si el triunfo del 19 de julio de 1979 cerró un capítulo trágico en la historia del país, también marcó el inicio de una ruta plagada de las crueles agresiones de la mayor potencia económica y militar de todos los tiempos. Sobre este adverso escenario, el Sandinismo emprendió contra viento y marea la senda del cambio, un esfuerzo incompleto, que precisó de 16 años de espera, para retomar las esperanzas postergadas por los cantos de sirena del neoliberalismo.

Muchos de los participantes en el acto conmemorativo no habían nacido 35 años atrás, cuando otros jóvenes transformaron el rostro de una Nicaragua golpeada por las calamidades de la naturaleza y de una tiranía saqueadora. Entonces, con el olor de la pólvora adherido a sus uniformes de campaña, un pueblo insurrecto entró en Managua con el compromiso de hacer realidad un aguacero de ilusiones.

En aquellos días, pese a la inexperiencia de sus protagonistas y a la incertidumbre de todos los comienzos,  Nicaragua enamoraba al mundo con la misma fuerza que el pueblo circula por las calles de Managua al llamado de una Revolución, y un torrente tomó las calles con una alta dosis de amor para celebrar la fecha de la victoria, pero también acoger la responsabilidad de asumir los retos de vencer las penurias de la miseria y construir la Nicaragua imaginada por millones, decisión reflejada en el apoyo multitudinario que colmó la Plaza de la Fe San Juan Pablo II, donde la semilla libertaria de Sandino, Carlos Fonseca Amador y otros tantos germina en la voluntad de una nación de escribir un futuro de alegrías.

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