Opinión

35/19: El día en que Nicaragua entró en la historia

Más que un azar del calendario, el 19 de julio de 1979 la voluntad del pueblo cambió el derrotero de una nación y abrió las puertas a las esperanzas de millones

Revolución Sandinista
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Eric Gayol |

Desde los primeros días de julio de 1979 los diarios y noticieros de todo el mundo comenzaron a repetir nombres ignorados de una nación tal vez poco conocida. Nicaragua era noticia, pero esta vez no se trataba del azote de un huracán o las coléricas sacudidas de un sismo, y aunque la muerte viajaba en textos e imágenes, los relatos transpiraban la hazaña colectiva del fin de una prolongada tiranía y el renacimiento de millones de ilusiones sepultadas.

Masaya, Chinandega, Estelí, Rivas, empezaban a ser familiares y con la ayuda de un mapa se imaginaban amplios combates entre el ejército privado de la dictadura y un pueblo empeñado en torcer el rumbo y acabar con las abismales desigualdades. Una Revolución de rostro joven desfilaba con muchos sueños, aunada en la voluntad de escribir el futuro encabezado por un Sandino rojo y negro.

La Revolución popular cortaba la dictadura personalista y feudal del clan Somoza, construido sobre la miseria y dolor de una nación por más de cuatro décadas, en las que una farsa de Estado saqueaba al país sin ningún reparo, mientras en el centro de Managua, la estatua ecuestre del viejo Tacho certificaba la voluntad del asesino de Sandino y fundador de una dinastía, cuyo cinismo llegaba al extremo de proclamar al país como su única propiedad.

Y aunque los más viejos aseguran que el paso del tiempo lo borra todo, en esta tierra de lagos y volcanes no se olvidan las secuelas del somocismo y sus más allegados, beneficiarios de una plutocracia solo comparable con las dictaduras de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana o de Alfredo Stroessner en Paraguay.

Al triunfar la Revolución Sandinista, la nefasta herencia de los Somoza gravitaba como una ofensa. El índice de analfabetismo —uno de los mayores de América Latina— superaba el 50 por ciento y en algo más de dos años fue reducido a menos del 15. En la misma dirección, la atención sanitaria y el acceso a las universidades comenzaron a cambiarle el rostro al país, donde las campañas de vacunación masiva y la adopción de medidas sanitarias básicas limitaron los efectos de enfermedades y disminuyeron la mortalidad infantil.

Pero antes que se aplacara el ruido de las armas, los padrinos de la dictadura derrocada tramaban la venganza contra los que aspiraban a transformar el lucro minoritario en realidad colectiva. En poco menos de un año, Estados Unidos desató una agresión sostenida y sistemática contra una de las naciones más pobres del hemisferio occidental.

De nada valieron la enmienda Boland, los principios del derecho internacional o los más puros postulados religiosos, pues Nicaragua se convirtió en un objetivo estratégico de la política del Pentágono y ex represores somocistas en peones de una guerra sucia contra un pueblo privado de recursos.

Por una década, una guerra sucia desangró al país, la cual, organizada y financiada por la mayor potencia en la historia de la humanidad, intentó reducir a cero la existencia de millones de nicaragüenses, por el simple delito de esgrimir como bandera la rebeldía del Sandino vencedor de los invasores yanquis.

Según la sentencia dictada por un tribunal de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, integrado por 14 jueces de diferentes nacionalidades, incluido un norteamericano, la guerra desatada por el gobierno de Washington contra Nicaragua causó la muerte a 38 mil personas y daños en ataques a puentes, torres de transmisión de electricidad, represas, centros de salud, educación y producción agrícola por valor de 17 mil millones de dólares, cifra superior al actual producto interno bruto del país.

Las operaciones subversivas realizadas por la Agencia Central de Inteligencia contra Nicaragua incluyeron una larga cadena de atentados contra objetivos vitales, entre ellos el minado del puerto de Corinto, de lo cual el oficial CIA Duane Clarridge aseguró que, tras la acción,  la inteligencia norteamericana notificó al mercado de seguros británico Lloyd’s de Londres que advirtiera a todas las navieras mantenerse distantes de las costas de esta nación centroamericana.

Pese a la situación bélica impuesta por la agresión externa, el Gobierno convocó a elecciones en 1990 y, aunque los pronósticos eran favorables en las encuestas, el Frente Sandinista de Liberación Nacional perdió los comicios ante una coalición de 14 partidos de la más diversa filiación ideológica. Violeta Barrios de Chamorro alcanzó la presidencia, las demandas contra Estados Unidos fueron retiradas y una oleada de recomendaciones neoliberales cayó sobre Managua.

Pero el sueño de una Revolución posible siguió latente en el corazón de un pueblo que siempre tuvo confianza en el regreso -logrado en 2007-, ese que hace perenne el 19 de julio como el día en que Nicaragua entró en la historia.

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