Opinión

El fascismo ataca en Ucrania

Los asaltos a las posiciones de los separatistas ucranianos tienen tintes típicamente fascistas

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Incendio provocado por radicales ucranianos en Odesa en el que decenas de personas murieron calcinadas | RT

Joaquín R. Hernández |

Las imágenes son estremecedoras. Seres humanos saltan desde las ventanas huyendo a la muerte por incineración, hacia la otra muerte, la que les producirá el impacto contra el pavimento.

No son las imágenes de las torres gemelas el 9 de septiembre del 2001, cuando una execrable acción terrorista no solo destruyó las edificaciones, sino que generó inolvidables escenas de desesperación como la descrita en el párrafo anterior.

Ahora fue la acción de otro fundamentalismo, de otro signo, en Odessa, cuando las hordas partidarias del gobierno golpista de Kiev asediaron a separatistas de origen étnico ruso y los obligaron a refugiarse en un edificio perteneciente a los sindicatos locales.

Los manifestantes lanzaron cocteles molotov contra la instalación. El incendio se propagó rápidamente y los refugiados intentaron ganar los pisos altos. Algunos no lo lograron. Las llamas se ven claramente en la filmación del trágico episodio.

Y se ven los cuerpos cayendo desde las ventanas hacia el exterior. Son los cuerpos de quienes tuvieron la rara oportunidad de escoger la forma menos trágica de morir.

En 1918 este lugar, la plaza Kulikovo, fue escenario de un enfrentamiento durante la guerra civil rusa entre las fuerzas partidarias de la Revolución de Octubre, de la reacción blanca y de los independentistas ucranianos.

Allí, en la plaza donde se alza un monumento y existe una fosa común que guarda los restos de las 118 víctimas de aquel combate, se ha vuelto a repetir el enfrentamiento fratricida.

Solo que el incidente actual no tiene solamente el sello de una contienda civil. Tiene la marca indudable de los progroms nazis contra las poblaciones judías de Europa oriental. Es decir, que las fuerzas fascistas que integraron la avanzada fundamentalista de los golpistas de la plaza Maidán, siguen la huella de sus antecesores no solamente en las ideas extremistas, sino en su práctica asesina.

Los testigos cuentan que los atacantes cantaban: “!Quémate, colorado, quémate!” (en alusión a los colores del brazalete que utilizan los separatistas). Según la información del New York Times, símbolos con la suástica aparecieron pintados en las paredes del edificio, junto a graffitis que decían “Galician SS”, en recuerdo de los grupos que se unieron a los nazis durante la segunda guerra mundial.

La prensa hostil a Rusia y a los sectores pro rusos, por supuesto, no ha pasado de exponer con cierta distancia y sin adjetivos el hecho criminal. Antes bien, se pierde en un galimatías lexical donde ya no sabemos quiénes son los radicales, los activistas, los militantes y otras denominaciones con las que se intenta opacar las visibles y tristes realidades.

Con el eufemismo de “ruso parlante” también se obvian elementos fundamentales de las filiaciones identitarias de quienes hoy desean separar sus territorios del resto de una Ucrania que mira hacia el oeste.

Un recuento necesario

La verdad hay que buscarla en el pasado remoto.

Tan temprano como en el año 882, los que podríamos llamar primeros rusos, descendientes a su vez de vikingos nórdicos, establecieron la llamada Rus, que tuvo como capital inicial a Novgorod y luego a Kíev.

Fue el primer estado ruso, una federación de tribus eslavas orientales, que existió desde finales del siglo IX hasta mediados del siglo XIII, cuando cayó bajo la hegemonía de los mongoles.

Rus era también el nombre que se daba a sus pobladores. El estado dirigido desde Kiev controló la ruta desde el mar Báltico al mar Negro, sus fronteras norte y sur, y hacia el Oriente, y acrecentó su poderío por la abundancia de sus producciones internas.

Pugnas entre los distintos principados que integraban este estado ruso antiguo y el desvío del comercio de la ruta que dominaban, como resultado de las Cruzadas, influyeron en su decadencia.

La influencia bizantina marcó el desarrollo de su arte y de su arquitectura. La catedral de la Asunción de la ciudad de Vladímir, una de las principales iglesias de la Rusia medieval, es hoy patrimonio cultural de la humanidad.

La Rus de Kíev es el ascendiente histórico y cultural del que se sienten herederos los pueblos de Rusia, de Bielorrusia y de la propia Ucrania, y su impronta traza una clara línea de parentesco entre las poblaciones que comparten la misma raíz étnica.

Fue también predecesora del otro estado ruso originario, la llamada Rus de Moscú o principado de Moscú, que existió desde el siglo XIV hasta el XVI, y que se alzó sobre las ruinas de una ciudad original que había sido arrasada por los mongoles.

Hay otros antecedentes históricos. Hubo comentarios alarmados cuando Putin llamó a la zona oriental de Ucrania y ribereña con el Mar Negro, Novorrosiya. Fue su nombre real, cuando Catalina la Grande conquistó la región en el siglo XVIII.

No se puede comprender la vocación independentista de los rusos de Ucrania si no se conocen estos antecedentes. El pueblo ruso, en un país u otro, siente un orgullo ilimitado por su historia y sus orígenes. Acrecentado en la historia del siglo XX, cuando venció a las hordas nazis, madrinas ideológicas de algunos de los protagonistas principales de la situación actual.

El orgullo ruso, en Rusia, en Ucrania, en Bielorrusia, ha sobrevivido a los años de humillación posteriores a la eclosión de la Unión Soviética.

Mucho de él, además de otros factores, mueve hoy a los separatistas en Ucrania.

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