Opinión

En recuerdo del Van Van

Una figura central de la música popular latina acaba de morir en La Habana, su ciudad natal.

Funeral del músico Juan Formell
Funeral del músico Juan Formell, en el Teatro Nacional - La Habana, Cuba | El Nuevo Herald

Joaquín R. Hernández |

Juan Formell, una de las figuras icónicas de la música cubana y latina, murió en La Habana mientras la población de la capital se recuperaba del masivo desfile del primero de mayo, que se acababa de celebrar.

El velorio de sus cenizas se realizó en el vestíbulo del Teatro Nacional, en la Plaza de la Revolución.  Nunca he visto honras fúnebres con tantas flores, salidas de nadie sabe dónde, mientras filas enormes de músicos y figuras de la cultura nacional, pero sobre todo de gente de pueblo, aguardaban para pasar por delante de la sencilla caja que contenía sus cenizas.

“No ocurría nada igual desde la muerte de Benny Moré”, dijo un actor del cine y la televisión.

El símil era exacto: señalaba la simetría entre los dos hechos fatídicos.  Benny fue la figura más alta de la música popular no solamente cubana, sino de la que hoy llamamos “latina”.  Nacido treinta años después de Moré, Juan Formell erasu relevo.

Formell nació en un barrio humilde y vigoroso del centro de La Habana.  El mismo del que había salido el percusionista Chano Pozo, uno de los grandes mitos del jazz, asesinado en New York cuando Juan Formell era un niño.

A inicios de los sesenta lo escuchaba tocar el bajo, los sábados, en unas fiestas universitarias, sistemáticas y aburridas, integrando una orquesta que con mucho trabajo se abrió paso en la música nacional: la orquesta de Elio Revé.

Avanzada la década, Formell y su música se cruzaron con las tensiones de la Revolución cubana.

El proyecto de hacer una cosecha de azúcar de diez millones de toneladas en la zafra de 1969 a 1970 era un reto mayúsculo, pero que podía aportar la acumulación de capital necesaria para emprender obras de envergadura para el desarrollo de la isla.

Cuba entera hizo del compromiso productivo un caso de honor.  La propaganda política se desplegó con fuerza y originalidad. Un lema se hizo popular: “¡De que van, van!”

Era 1969. Formell decidió nombrar así a la orquesta que acababa de fundar: Los Van Van, sin imaginar que estaba dando nombre a uno de los grandes emblemas de la música popular latina de nuestro tiempo.

La orquesta fue una prueba para la creatividad musical de Juan Formell.  A partir de una formación llamada charanga, básica en esta música, introdujo instrumentos en funciones insólitas: los violines, generalmente consagrados a la expresión melódica, fueron parte ahora de las armonías. Otras innovaciones ocurrieron con el uso de la flauta o con la incorporación inusitada de trombones.

Surgió lo que se llamó desde entonces “sonido Van Van”.

La sensibilidad popular

Las letras de sus canciones provinieron muchas veces de la sensibilidad de Formell para la expresión popular.  Locuciones creadas por el pueblo, llenas de humor y expresividad, pasaron a ser sus estribillos.

Pero en otro momento fue el genio de Formell quien hizo que sus estribillos pasaran a ser dichos del pueblo.

Sus cantantes a veces decidían abandonar la orquesta para iniciar su carrera propia.  No era el final de Van Van.  Surgía otro, tan bueno como el anterior. Y los que se habían ido, regresaban ocasionalmente a cantar con la orquesta: respetaban, admiraban y querían a Juan Formell.

Y así, a lo largo de 45 años.

Formell no fue solo un músico exitoso.  Fue un defensor de nuestras culturas y de nuestras identidades.  Su orquesta nació cuando hacían furor otras agrupaciones foráneas de poca calidad.  La música de Formell ayudó a volver a colocar en el centro del gusto popular la buena música de su país.

Su fama sobrepasó la isla.  En Cali, Colombia, pedí una entrevista a un político local.  Era un viernes, y me citó en un estadio donde se presentabaVan Van.  El estadio, abarrotado, era una virtual locura, y la conversación con el político, otra.

Mientras el señor, no bien dotado para el baile, se contorsionaba como un poseído, yo trataba de hacerle llegar mis razones en medio de la música generosamente amplificada.

En el aeropuerto le conté la anécdota a Juanito.  Fue la última vez que nos encontramos.

En Miami fue recibido con pitazos y amenazas de los adversarios de siempre.  De los adversarios de la cultura.  De los adversarios de nuestros pueblos.  Ni el agasajo de los premios Grammy fue suficiente para que la cordura se impusiera entre aquel bando de energúmenos.

Ahora hemos sabido que desde el lugar donde guardaban prisión entonces, varios de los cinco héroes cubanos que estaban siendo juzgados por luchar contra el terrorismo, hostilizados ellos por las mismas hordas, conocían del agravio contra Van Van y contra Juanito Formell.

No sé si él lo supo.  Pero no fue necesario para que sostenidamente expresara su deseo, con la fuerza que le añadía su reconocida personalidad, de que los antiterroristas cubanos fueran liberados de su injusto encierro. O de que el atroz bloqueo yanqui contra su patria fuera eliminado.

Quizás todo eso lo cargó tanto, que cuando el cantante colombiano Juanes promovió un monumental concierto por la paz en la Plaza de la Revolución habanera, televisado internacionalmente, Juan Formell hizo preceder la actuación de su orquesta con lo que sonó en su voz como un grito de airada dignidad: “¡Está bueno ya de tanto abuso!”

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