Opinión

Una y otra vez, el viejo racismo

Anécdotas más o menos, los sentimientos racistas siguen atentando contra la dignidad humana en el mundo de hoy

Dani Alves
Futbolista Brasileño, Dani Alves | Perú 21

Joaquín R. Hernández |

El ilustre descendiente de Hernán Cortés que arrojó un banano al futbolista Dani Alves, ha desencadenado una larga andanada de protestas de personalidades del deporte, de la cultura, de la política o simples ciudadanos, que repiten la salida digna del brasileño: sin muchas palabras, circulan por las redes sociales sus fotos comiendo, cada uno de ellos,  un banano.

(Busque en Twitter #somostodosmacacos).

Dani Alves estaba preparado para algo así.  “Llevo once años en España soportando la misma cosa”. Y algo parecido expresaron jugadores de otras procedencias.

El único mérito del despreciable señor –además de provocar esta cadena de solidaridad–  es recordarnos, de manera directa y grosera, que el racismo sigue vivo en nuestro mundo, y de muchas formas.

Mientras se agotaban las provisiones de bananos, desde Estados Unidos llegaban otras dos anécdotas: el mismo fenómeno con otros ropajes.

Donald Sterling, propietario del equipo de baloncesto Los Angeles Clippers, fue suspendido de por vida en la NBA por sus comentarios racistas, que provocaron una oleada de protestas.

Sterling, si se quiere, no fue víctima de un gol en contra, sino de algo parecido: los celos.  Fue así cuando vio a su novia, la bella V. Stiviano con el gran jugador negro Magic Johnson,  en una foto que esta había subido a Instagram.

La furia de Sterling, magnate de bienes raíces conocido por su actitud discriminatoria contra las familias negras y latinas que rentan sus propiedades, quedó registrada en una grabadora oculta que llevaba Stiviano  (ella, por cierto, de origen latino).  “¿Puedes decirme por qué no quieres que ponga fotos de mis amigos negros en Instagram?”  A lo que Sterling respondió con una andanada racista y con oprobios sobre los negros y otras personas “de color”.

Debe recordarse que en Estados Unidos se distingue rígidamente entre blancos y ciudadanos  “de color”: latinos, asiáticos, negros, mestizos.  A pesar de que los descendientes directos de los peregrinos del Mayflower son solo uno de los componentes de los llamados blancos, o de que, digamos, los italoamericanos provienen de un país —Italia— que no existió hasta mediados del siglo XIX y por cuya composición étnica pasaron árabes, africanos y miembros de las más diversas etnias europeas.

Pero el palmarés de las anécdotas racistas se lo lleva el reaccionario ganadero Cliven Bundy.

Bundy se había hecho popular, sobre todo en los círculos neoconservadores, por sus negativas a pagar por el uso de tierras de propiedad federal.

Esta actitud, que en otro caso hubiera merecido cárcel, le valió un amplio respaldo de lo más retrógrado de los medios norteamericanos, es decir, de la cadena Fox, y en particular de uno de sus presentadores estrella, Sean Hannity.

Hannity había sido implacable cuando de inmigrantes indocumentados o de miembros de las protestas Occupy se trataba.  Sin embargo, hizo causa común con el anárquico ranchero, que durante veinte años ha enfrentado a la autoridad, no solamente del gobierno, sino judicial, que lo ha conminado a sacar su ganado de tierras que no le pertenecen.

En solo un mes, Fox News le dedicó cuatro horas y 40 minutos a la historia de Bundy, en horarios estelares.

Hasta que Bundy decidió filosofar sobre otros temas.  En una entrevista para The New York Times, mostró un nuevo rostro, previsible, pero hasta ahora no conocido:

“Los negros”, dijo, “abortan a sus hijos, llevan a sus jóvenes a la cárcel, porque nunca aprendieron a recoger algodón.

“Y como he dicho a menudo, ¿no les iba mejor como esclavos, recogiendo algodón y teniendo una vida familiar y haciendo otras cosas, que como les va bajo el subsidio del gobierno?

Las críticas, como era de esperarse, llovieron desde la izquierda, desde el centro.  Y desde la derecha: desde Fox y del propio Hannity.

Bundy intentó mejorar su explicación, ahora ante CNN.  Fue por supuesto peor:  en su criterio, al final la culpa era de Martin Luther King Jr., por no haber hecho bien “su trabajo”.  Y concluyó un poco hastiado del tema: “Debemos terminar con este asunto del prejuicio”.

Pero el racismo no solamente no ha desaparecido de la sociedad estadounidense, sino que no pocas políticas sobre la inmigración de origen latino tienen, ostensiblemente, un tinte racista.

La administración de Barack Obama tiende a establecer records en la deportación de inmigrantes, sobre todo latinoamericanos y caribeños (78 por ciento son mesoamericanos), sin contar los que son regresados en la frontera mexicana.

“Si sumamos a los deportados centroamericanos de Honduras y El Salvador nos da un total de 106 mil 420 en 2013; es decir, 29 por ciento del total, 10 veces más que el 3 por ciento que representan los deportados de tres continentes juntos (Europa, Asia y África)”, indica Jorge Durand en su artículo “¿Racismo en la administración Obama?”, en rebelión.org.

El racismo siempre acompañó las empresas imperialistas: desde las cruzadas hasta la colonización de América.  El racismo presidió los grandes exterminios, desde los millones de negros muertos en el Atlántico rumbo a la esclavitud, hasta el holocausto nazi.

Las anécdotas de estos días no son por lo tanto fruto de la casualidad ni de la coyuntura.  El fantasma de la discriminación, estigma de la humanidad, camina hoy, de la mano de las peores causas, por las sociedades más desarrolladas.

El señor del banano nos ha enviado un alerta.

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